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TRIBUNA

Democracia, elecciones y regresiones

Alejandro San Francisco
martes 09 de agosto de 2016, 20:02h

Una de las novedades más extraordinarias de “la tercera ola de democratización” de la que hablaba Samuel Huntington era, simplemente, la capacidad de votar, de elegir gobernantes y legisladores, de que los ciudadanos eligieran el gobierno que preferían para sus respectivas naciones. Como consecuencia de las transiciones políticas, hoy podemos ver que en diversos lugares del mundo hay elecciones regularmente, y que tienen repercusiones mucho más allá de las propias fronteras: así ha ocurrido con Perú, cuyos resultados estrechos terminaron siendo una prueba de la fortaleza democrática de ese país; lo mismo pasa con Estados Unidos, donde el enfrentamiento Clinton-Trump despierta interés que se extiende a otros lugares del planeta. Algo similar se podría comentar del excepcional caso de España, que tuvo elecciones el 20 de diciembre de 2015, tuvo que repetirlas el 26 de junio de este año, mientras ya se anuncia la posibilidad de un tercer llamado a elecciones, ante la incapacidad para formar gobierno.

El resultado de un proceso democrático puede ser un triunfo o una derrota, pero en ambos casos eso forma parte de las reglas del juego. La alternativa a esta obviedad democrática, durante el siglo XX, fueron las dictaduras que -se decía- permitía evitar males tremendos o riesgos mayores, como el comunismo. Desde la izquierda, por su parte, la visión era parecida, aunque menos transitoria: el socialismo real, o la dictadura del proletariado, era la expresión histórica del “gobierno del pueblo”, mientras las democracias eran meras entelequias, que en realidad eran una forma externa de un gobierno de unos pocos, una oligarquía, un sistema al servicio de la burguesía. No tener elecciones o prescindir de ciertos derechos era parte de los costos que había que asumir para avanzar hacia una sociedad de iguales, como la prometida por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista de 1848. Muchas generaciones vivieron y murieron esperando aquella sociedad que nunca llegó, como ocurrió en Cuba con la dictadura de Fidel Castro, y luego de su hermano Raúl, que se extiende desde 1959 hasta el presente.

¿Tiene sentido realizar nuevas elecciones en España? Después de todo, se ha dicho muchas veces, los problemas de la democracia podrían resolverse con más democracia. Algo así planteamos en febrero pasado en el artículo “España a las urnas”, donde señalamos: “Quizá es hora de que se tome la decisión difícil, pero que dará más legitimidad al próximo gobierno, de pensar seriamente en llamar otra vez a los españoles a la urnas”. ¿No estamos frente a una situación parecida? Si bien el tema es complejo y admite argumentos en diferentes direcciones, todo indica que la situación ha cambiado y que sería más conveniente formar gobierno que convocar a nuevas elecciones.

En esto hay diferentes argumentos. El primero es bastante claro: se suponía que las elecciones del 26 de junio tenían el objetivo de dirimir el proceso que quedó abierto en diciembre pasado. Si después de esa primera elección no resultaba claro quién debía gobernar, los resultados de las últimas elecciones fueron contundentes: fue un mandato a Mariano Rajoy para gobernar, considerando que el Partido Popular subió sus votos y escaños, mientras el Partido Socialista Obrero Español fue incapaz de remontar, Podemos fracasó en su intento de dar el “sorpasso” y Ciudadanos bajó su representación. Una manifestación clara de voluntad de los españoles.

El segundo argumento es complementario. Las encuestas actuales estiman que los resultados de unas eventuales próximas elecciones serían prácticamente iguales que las obtenidas en diciembre y en junio, al menos en lo que se refiere a las tendencias generales. Un estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), publicado este 8 de agosto, muestra que el PP obtendría un 32,5%, el PSOE un 23,1%, Podemos llegaría a un 19,6%, mientras Ciudadanos se quedaría en 12%. De todos ellos el único que lograría un pequeño aumento son los socialistas, sin que este resultado sea relevante para cambiar la situación actual. Así los terceros comicios, lejos de solucionar el problema de la falta de acuerdo de gobierno, abriría exactamente el mismo frente que desde diciembre pasado tiene sumidos a muchos españoles en una mezcla de desazón, rabia y vergüenza.

Se dice que estamos frente a un problema político, aunque es muy probable que la cuestión sea más profunda y estemos ante un serio asunto institucional. Lo lógico es que las elecciones resuelvan quién gobernará y quién será oposición, pero en el caso español ambas elecciones -y una eventual tercera vuelta- han hecho imposible lograr este objetivo básico. Y esto conduce a otro dilema, cual es el valor de la democracia y de los procesos electorales, tan ansiados en el mundo en tiempos de dictaduras, pero que podría llegar a ser un problema de “exceso de dosis” frente a la enfermedad.

Es bien sabido que la democracia actual -no solo en España, sino en distintos lugares del mundo- enfrenta importantes desafíos, que han llevado a la ciudadanía a un desencanto creciente, que mezcla el ruido de la calle, ciertos anhelos de democracia directa y no representativa, con una desconfianza hacia los políticos, los partidos y las instituciones. ¿Podría llevar esto a la muerte de la democracia? Es difícil que así ocurra, estamos lejos del contexto de la crisis de los liberalismos que azotaron a Europa entre las dos guerras mundiales, así como no se advierte el ambiente polarizado, revolucionario y terminal de los años 60 en América Latina. Como ha señalado Daniel Innerarity de modo sugerente, “no estamos en la antesala de una crisis de la democracia sino en una etapa nueva de su asentamiento” (en La política en tiempos de indignación, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2015).

Esto requiere inteligencia para reconocer los nuevos desafíos que se presentan, capacidad de comprensión respecto de la sociedad y sus complejidades, sabiduría para distinguir lo relevante y lo accesorio, decisión para saber resolver las cuestiones a tiempo y no dejar que las dificultades crezcan, los errores se repitan y se inicie un desgaste que conduzca a la desidia o a una mayor indignación. La democracia demostró -en el siglo XX- ser una buena forma de resolver los problemas sociales y políticos de manera pacífica; también se mostró superior a las alternativas que se le presentaron en el camino. Las elecciones también resultaron ser una manera adecuada de participación popular, permitieron la alternancia en el poder y la formación de alternativas políticas.

Por lo mismo, quizá conviene hacer una pausa y pensar que no se puede seguir jugando, ni con la democracia, ni con las elecciones ni con los ciudadanos.

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