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PENSANDO EN VOZ ALTA

Respirando felicidad

Manuel Sánchez de Diego
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msdiegoucmes/7/7/11
viernes 12 de agosto de 2016, 20:44h

No sé si les habrá pasado alguna vez. A veces la pereza o una cierta indolencia nos hace afrontar un viaje, una película o una boda con una desgana mayor de la habitual. A mí me ocurrió en una boda a finales de julio. Es verdad que para llegar a ella tuve que tomar varios aviones, taxis y esperas en los aeropuertos; diez horas nada apetecibles para llegar a mi querida Galicia. Sin embargo, mereció la pena.

En las Rías Bajas cuando el sol decide ser justo, el calor se hace sentir debajo de las chaquetas y pamelas, sin embargo, nada comparable al bochorno de la capital. Una brisa suave se colaba entre camelios, majestuosos eucaliptos y setos de boj. La ceremonia al aire libre con un altar bajo una pequeña carpa y como telón de fondo un cuadro de la Virgen. Sombrillas blancas para aquellos a los que no les llegaba la sombra de magnolios de más de trescientos años. Como testigos: un pazo centenario de la familia de novia, conservado con los esfuerzos y desvelos de su propietaria; un cura comedido y preciso; un coro afinado; plantas y amigos, muchos amigos. Como protagonistas: dos jóvenes, Bea y Álvaro con la vida por delante. Para finalizar la ceremonia, una canción a la Virxe Rianxeira, en memoria del padre de la novia. Seguro que Rafa desde el cielo se ajustaría las gafas y haría algún comentario sobre Rianxo, Brión o, sobre lo mucho que le gustaba la canción.

Ya desde el principio se puede comprobar el cariño como se han hecho las cosas: la acuarela que ilustra las invitaciones, las flores y mil detalles más. Majestuoso aperitivo con pulpeira incluida servido por Bokete. Bien, muy bien, magnífico en servicio, calidad, cantidad y presentación, hasta el punto que no se puede poner ningún pero. El comentario generalizado es que después del aperitivo poco sitio quedaba para el almuerzo. Pero una carpa blanca y grande acogía a los invitados que fueron sorprendidos con un sobre en donde los novios agradecían uno a uno y de forma personalizada la asistencia a la boda. A veces con una o dos fotografías de la infancia o juventud de alguno de los novios. Un detalle que hizo a más de alguna persona evocar el pasado y emocionarse. Otra pincelada de cariño y buen hacer.

Los novios entraron en la carpa al ritmo de rock and roll, bailando y con el público en pie ovacionando a los protagonistas. ¡Cosas de jóvenes! Ahí empezó un almuerzo con un alvariño fresquito como estrella, acompañado por un buen rioja y un champán francés. Una crema fría de patata y puerros con bogavante que hace palidecer a la vichysoisse . Un solomillo que se corta con el tenedor, con una excelente presentación y salsa de hongos, sorbete de frambuesa y mousse de chocolate, avellanas y caramelo. Un menú de esa nueva cocina gallega que innova sin llegar a ser ridícula como en otros lares y, que ha superado el caldo gallego y las filloas. Filloas que se sirvieron a principios de la noche para reponer las fuerzas de los que no paraban de bailar.

No sé si sería por el ambiente, por el clima, por la gente, por todos los detalles, porque era el comienzo de las vacaciones de verano o, simplemente porque los novios contagiaban su felicidad, pero lo cierto es que a los invitados, a los amigos, se les veía felices.

Dos detalles más del final del almuerzo, cuando todos sorprendimos a los novios cantando “Mi querida España”, adaptada la letra a Bea y Álvaro que se marchan a trabajar a San Francisco. También fue emotivo el reparto del ramo de novia de hortensias a su hermana Lucía, a sus amigas y a su madre. Simpatía y buen gusto para compartir.

Por la tarde, Ignacio Muñoz Ozores y su mujer Zaida nos enseñaron los jardines del Pazo de Rubianes en esas horas en que la luz impregna al campo gallego de algo mágico. Sorolla, el gran pintor de la luz, llegó a decir que de toda España lo más difícil había sido pintar Galicia, pues no tenía suficientes verdes en su paleta y los colores del paisaje gallego cambiaban minuto a minuto, por esa luz especial.

Cuando se está en buena compañía, el tiempo vuela y, ya solo queda desear a Álvaro y Bea un matrimonio dichoso. Desde luego si fueron capaces que sus invitados respirásemos felicidad, seguro que ellos conseguirán una familia feliz.

Manuel Sánchez de Diego

Abogado y Periodista. Profesor de la UCM

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