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TRIBUNA

Identidad, anomia y liberalismo

miércoles 14 de septiembre de 2016, 20:09h

Le debemos a Cayetana Álvarez de Toledo, en su artículo Contra la identidad (El Mundo, 5 de Septiembre) que haya vuelto a llevar a debate público una cuestión muy importante.

En el artículo se oponen las dos ideas de nación. La idea romántica, que apela a lo comunitario y por la que la nación transciende a sus miembros. La nación es mucho más que la suma de sus nacionales. Parecido a aquello de unaunidad de destino en lo universalque los viejos del lugar recordarán. Una idea propia del siglo XIX, que dividía el mundo en naciones desde los principios de la historia. Cayetana aclara como esta tesis ha sido abrazada recientemente por la izquierda como ariete para reventar los estados más establecidos. Apunta que existe algo de artificioso en este salto mental que hace la izquierda desde el cosmopolitismo hacia lo particular. Un artificio que le ha dado algunos réditos en el juego político.

La idea de nación que apoya Cayetana es la liberal, la que considera a la nación como una suma de sus individuos unidos por una serie de instituciones y leyes. No es totalmente ajena a las identidades nadie se escapa- pues sus referentes pueden llegar a tener cierto anclaje con la identidad, al menos en las sociedades más cohesionadas. En el Reino Unido, por poner un ejemplo, el juego limpio, la división de poderes, la tolerancia hacia los que piensan o actúan distinto son verdaderas señas de identidad, pero y en ello lleva toda la razón Cayetana- éstas no se pueden comparar con las zafias señas de identidad que propugnan nuestros peculiares nacionalismos más vociferantes, por mucho que nos atosiguen con que están elaborando un nacionalismo del siglo XXI.

Creo que este auge del nacionalismo y del populismo tiene varias lecturas. La primera y más evidente es el ataque al liberalismo político. La larga y dolorosa travesía desde la Revolución Francesa hasta el estado liberal asentó una serie de principios del liberalismo político que pocos ponían en duda. La libertad, el respeto a los derechos humanos, el individualismo, el principio de legalidad, la tolerancia hacia las minorías, que incluye el respeto a la diferencia siempre que ésta no se use agresivamente -y me refiero al falso debate del burkini- han sido las bases sobre las que se han asentado las sociedades más ejemplares.

Hoy vivimos una furibunda ola anti-liberal. Nacionalistas y populistas coinciden en ello. Pero para comprender las razones del indudable éxito de estos movimientos, tenemos que indagar sobre uno de los problemas más profundos de nuestras sociedades.

Hay una paradoja que se da habitualmente cuando conversamos con personas de cierta edad que han vivido en regímenes totalitarios, como los chinos o los rusos. Gentes que suelen afirmar que eran mucho más felices entonces que ahora. Este contra Franco vivíamos mejores una ilustración de la conocida aportación de Durkheim sobre la insuficiencia cultural de nuestras democracias para dar una orientación consistente a sus ciudadanos. Es la anomia que trae como consecuencia altísimas tasas de depresión y otros problemas mentales en las sociedades más avanzadas.

Además, la anomia afecta más a quienes más oportunidades tienen. El viejo dicho que afirma que los pobres no tienen tiempo para deprimirse es una realidad.

Pero la anomia no sólo causa un número muy alto de problemas mentales, también es la causa de la era del pesimismo en la que vivimos.

La paradoja es que nos ha tocado vivir una auténtica época dorada. Nunca se ha vivido mejor en el mundo, pero la percepción es la contraria. Las encuestas nos dicen que sólo alrededor del cinco por ciento de la población piensa que el mundo progresa. Pero las cifras que prueban que vivimos mejor que nunca son apabullantes. La pobreza ha caído en cincuenta años de casi la mitad de la población a algo menos del diez por ciento. La mortandad y el trabajo infantil, el analfabetismo o la desnutrición descienden de forma muy rápida. Las clases medias siguen aumentando. La expectativa de vida crece y seguirá creciendo. Hay menos guerras, menos crimen y menos violencia que nunca. La democracia se extiende a dos tercios de los países del mundo. El planeta se reforesta y hay un 99% menos de vertidos de petróleo o basura en nuestros mares. Mi abuelo decía que se habían perdido todos los ríos y hoy casi todos están recuperados. El acceso al agua potable es un hecho para el 90% de la población, cuando hace sólo 30 años lo tenía garantizado menos de la mitad; podemos ser hasta optimistas y creer que la tecnología nos ayudará en la lucha contra el cambio climático.

Además hay que citar las prodigiosas oportunidades que nos da hoy la tecnología. El ocio, el consumo, los viajes e incluso la cultura viven una auténtica revolución que sólo mejora nuestra calidad de vida.

Nacionalistas y populistas se alimentan de la anomia. Sus certezas, por muy artificiales o falsas que sean, alivian por exasperación el alma. Este oxímoron debemos combatirlo los liberales con nuestro propio arsenal de certezas y apelando a la responsabilidad individual. Con liderazgos e ideas claras que propongan nuestro sosiego. Para empezar, como decía Oakeshott, denunciemos a los políticos que prometen solucionar todo desde el estado, porque es sólo una fuente inacabable de frustración. En conclusión, seamos responsables en nuestras promesas, orientemos la labor del estado para que el individuo madure y para que la sociedad civil se refuerce, sin falsas esperanzas, sin generar innecesarias frustraciones. Liberales.

Luis Asua Brunt

Abogado, empresario

Abogado, empresario. Estudio en la Complutense y London School of Economics . Ejerció la abogacía en Londres y a su vuelta, 13 años en la cosa pública: 12 como concejal en Madrid y 1 como Viceconsejero de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio. Su último comentario: “Ah y no vuelvo ni a tiros a la política”.

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