El equilibrio psíquico se desvive por vivir lo mejor posible a largo plazo, mientras amortiza el dolor, la intolerancia y la soledad, de manera inmediata. La agonía de vivir es como la línea del horizonte: ni tierra, ni cielo; ni amargura insufrible, ni felicidad exultante; dura y aristosa en la cercanía, pero suave ondulación en lontananza.
Todos los yos que acumula el ser humano (yo material, yo subjetivo, yos sociales, espíritu objetivo, yo espiritual) configuran un inmenso proceso estocástico, en el que cambia todo, como en el caleidoscopio, cuando hay una modificación, aunque sea irrelevante, en alguna de las partes. Es decir, que cada persona vivimos permanentemente en zozobra. O lo que es igual, siempre estamos enfermos (in firmus, sin firmeza), luchando por preservar el equilibrio, o al menos, su apariencia. Conviene mantener los pies en tierra.
Unas veces, es preciso afrontar el temporal de la ambición propia y ajena; otras, andamos de sorpresa, tras descubrir nuevas realidades; por aquí, surgen insuficiencias y por allá, nos vemos obligados a evitar témpanos de hielo a la deriva, como la intransigencia y la insolidaridad, que amenazan con echarnos a pique. Es decir, mantener el equilibrio, a poco que nos descuidemos, resulta un misterio.
El principio de estabilidad descansa en el proyecto existencial de la persona. Esto es, como el ciclista, descansa en el movimiento. Sin proyecto existencial, no es posible vivir. La muerte psíquica de la persona, su tedio, el cansancio de vivir, el asco del aburrimiento llegan del vacío estéril, del sinsentido de no saber qué hacer con la vida propia. El hundimiento de las defensas orgánicas, consecuencia del estrés apagado, sordo y acerbo, que produce el nihilismo vivido, promueve después la enfermedad y la muerte corporal. Primero muere el yo subjetivo y, a continuación, el yo material…
Así pues, parece obligado moverse, andar por sendas trilladas o roturar otras nuevas, y dejar que el proyecto personal fluya. Para lograrlo, antes de echar a andar, es preciso que la persona disponga de un crédito de confianza en sí misma, que crea en sus posibilidades, en su potencial, en el poder que le es inherente. Es obligado conocerse, antes de iniciar la andadura: quién y cómo soy, qué me gusta y qué quiero hacer con mi vida. Son preguntas ineludibles, aunque las respuestas sean confusas, imprecisas e incluso engañosas.
Esta es una de las paradojas del vivir humano: si no hay movimiento, nos caemos. Pero, antes de movernos, hemos de tener sosiego para imaginar, pensar, desear y sonreírle al éxito con anticipación. Otra es que, aunque el crédito de confianza sea realmente incierto, puede ser movilizador y eficaz si es mentalmente convincente, porque todo lo que ocurre en la mente humana comienza a ser real en la realidad.
El proyecto existencial es el motor de arranque del equilibrio. Pero, el crédito de confianza hay que renovarlo periódicamente. A diario, es más asequible. ¿Cómo? Mediante la integración de aprendizaje. Cada día nos deja cientos de enseñanzas, si sabemos sacarle partido. Es más. Cada acto aislado está trufado de aprendizajes múltiples.
Y volvemos a las aporías: para integrar aprendizaje, es necesario pararse a reflexionar, volver a flexionar la mente sobre la realidad inmediata pasada. Como si para avanzar, hubiera que tomar impulso apoyándose en algo de atrás, en la experiencia adquirida, la sabiduría que va dejando el vivir. Vamos hacia adelante, pero con tracción trasera.
Renovando el crédito de confianza, que ya sabemos que consiste en integrar aprendizaje, reajustamos el proyecto sobre la marcha. Metanoia se llama esta operación, cuya traducción al pié de la letra, viene a ser “lo que está más allá de la inteligencia”, que se refiere al buen sentido, la sagacidad, la prudencia en definitiva.
Nos falta el combustible para que la singladura nos lleve a buen puerto. El proyecto se habrá puesto a punto si levanta ilusión, si el protagonista prevé que puede incrementar su autoestima, que, una vez concluido el proceso, pueda considerarse una persona querible por su singularidad, estimable por su creatividad y acreedora del reconocimiento ajeno por el valor del modelo de conducta que deja. Las emociones eufóricas son la fuente alimentadora de la energía positiva que exige el equilibrio.
Sin emoción positiva, surge la disforia que lleva al caos, donde la zozobra será máxima y garantizará llegar al precipicio. Los individuos, pueden ser sólo nescientes y bisoños, en cuyo caso, son inofensivos, porque hacen fuegos fatuos. Pero, a los bobos la disforia los pone locos, les hace delirar empecinándose por salirse de la realidad y, a golpe de alucinación, pueden ser muy peligrosos. Encima de faltarles inteligencia, pierden la cordura…, y pueden dar al traste con el sistema.
Si un grupo, o una nación, pierden el equilibrio, el líder que los acompaña estará más enfermo de lo normal. Por supuesto. Si además, tal líder se emperra en meterse en la sentina del barco, allí no va a encontrar horizonte, porque sólo hay podredumbre, oscuridad y ratas. ¡Ojalá hubiera sido comadre del Patio de Monipodio! Porque el carácter regresivo de este comportamiento no augura buen pronóstico. Quien se refocila en la sentina va para catatónico o, en cierto sentido, ya lo es.
Los individuos, los grupos y la sociedad necesitan darse crédito, tener un proyecto, administrar el entusiasmo, estar dispuestos a aprender y disfrutar de la acción en curso. Sus líderes lo son por su creatividad, por imaginar un futuro realizable que mejore el presente agónico. Luego, han de acompañar la marcha. Cada quien ha de hacer su camino. El líder es un mero baquiano que acompaña; está seguro de que el puerto al que se dirige es practicable; pero, tiene que cuidar la marcha. Ésta es lo más importante: prever dificultades, integrar las enseñanzas del día y cuidar que haya combustible, el tono emocional. Al final, el éxito será posible.