Pablo Iglesias se ha convertido, para muchos, en un icono de la rebeldía, en el valiente gladiador que lucha a pecho descubierto contra el poder establecido, contra las élites, contra los ricos, contra la casta. Representa la rabia de los indignados, el odio a las élites, el grito contra las injusticias sociales y políticas, contra la corrupción. Se ha erigido en el mesías de los desfavorecidos. En un caudillo.
El único propósito que tiene cuando sube a la tribuna de oradores del Congreso es escandalizar, llamar la atención, provocar, agitar a las masas que le siguen como a un ídolo. Por eso, grita y gesticula como un mal actor de telenovela. Cuando habla no deja títere con cabeza: la cal viva del PSOE, la corrupción del PP, los capitalistas de Ciudadanos. Ha insultado con saña a todos los líderes de los principales partidos españoles. Y nadie tiene el coraje de responderle, de quitarle la máscara.
Solo Rajoy, al que hasta le hace gracia, le endilgó un pellizco de monja por el puño en alto que alza con asiduidad al contestarle que no le importaba “siempre que no fuera obligatorio”. ¿Y no importaría que un diputado hiciera el saludo romano desde la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados? Sería un escándalo. Y con razón. Pero el brazo en alto de los fascistas simboliza lo mismo que el puño en alto de los comunistas: el odio a la libertad y a la democracia. Las dos ideologías más letales de la Historia.
Hannah Arendt escribe en “Los orígenes del totalitarismo” que el nacionalsocialismo y el estalinismo eran doctrinas básicamente similares, pues su objetivo era eliminar mediante el terror cualquier forma de oposición al poder del Estado. Una ideología concebida para “asaltar los cielos” ( el lema de Podemos) y, lo que no es menos importante, conservar el poder, aniquilando cualquier brote “contrarrevolucionario”. O como decía Oriana Fallaci,” en vez de rescatar a la plebe, el comunismo convierte a todos en plebe y mata a todos de hambre”.
Resulta desconcertante que Pablo Iglesias hable de libertad y democracia cuando, en realidad, simboliza y representa lo contrario. La ideología de Podemos se basa en la dictadura del proletariado, en el gulag de Stalin, en el comunismo más letal. Ha asesorado y cobrado del régimen chavista, que aplica sin contemplaciones el manual de los totalitarios: detiene y tortura a los opositores, impone la censura a los medios de comunicación, se enroca en el poder, pese a perder por goleada las elecciones y, como buen comunista, arruina el país provocando la miseria y el hambre de los ciudadanos. Mata a todos de hambre.
Irán, el otro aliado de Podemos, que paga hasta el móvil de Pablo Iglesias, lapida a las mujeres que desobedecen a sus maridos, a sus padres o a sus hermanos y encarcela a los homosexuales. Eso sí, les une el antisemitismo. Como a los nazis. Pero el líder populista tiene la desfachatez de declararse feminista, apoya con besos en la boca al movimiento gay y presume de ser el mayor demócrata de España. Hipocresía consentida.
El nuevo partido, al final, resulta ser el más viejo, pero camuflado tras las coletas, las rastas y la omnipresencia en las redes sociales desde donde adoctrinan con gran eficacia a los pardillos que se tragan sus manipulados mensajes a favor de la revolución. Una revolución que si algún día logra su objetivo de alcanzar el poder convertirá España en el basurero del mundo, en una nación sin libertades, sin democracia. Y los que con tanto alborozo votan a Podemos se quedarán sin trabajo y pasarán hambre como los venezolanos que se tragaron la revolución chavista y ahora tienen que ir a Colombia a comprar el pan y las medicinas que no encuentran en su país.
Pablo Iglesias es el nuevo caudillo de los indignados. Un Hitler con coleta y vaqueros. Un peligro para la libertad, la democracia y la estabilidad económica y social. La bomba de relojería que puede destruir España. Sí, levantar el puño es lo mismo que el saludo romano. Porque comunismo y fascismo son, en esencia, lo mismo. ¿Por qué, entonces Rajoy no reacciona cuando Iglesias le acusa de franquista? ¿Por qué Rivera pone cara de lelo cuando le llama la marca blanca del PP? ¿Por qué Sánchez se quedó mudo cuando desenterró la cal viva?
Cualquiera podría poner a Podemos en su sitio y demostrar el peligro de los populistas para la libertad y la democracia. Pero se quedan como noqueados en sus escaños mientras Iglesias les humilla. Quizás le tienen miedo, quizás intuyan que en una lucha a cara descubierta, el líder de Podemos tire de demagogia y les tumbe en la lona del Hemiciclo. Así, se adueñó Hitler del Bundestag; luego, encarceló a los cobardes diputados de la oposición que no supieron plantarle cara. Y el terror se apoderó de Alemania y destruyó el mundo.