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TRIBUNA

Ser demócrata

viernes 30 de septiembre de 2016, 20:05h
Actualizado el: 30/09/2016 20:10h
Residir conjuntamente en una sociedad debería culminar en las sergas de una civilización. Lo civilizatorio llega una vez sucedido el hurricane de la historia. Creo que ya hemos sido testigos del terror de un pasado en que violentamente se buscó la forma exacta en que los hombres convivieran en la espuerta de la dignidad, del honor, de los derechos civiles. Hemos concurrido a todo tipo de harenes políticos. Se han realizado los pantocrátors en todos sus ensayos. No citaré aquí por falta de espacio lo que la historia probó o aprobó con los dedos llenos de miel o hiel, según los casos. El presente es una fosa que hay que cubrir de tierra.

Hemos, entonces, arribado a que la mejor forma de gobierno da la simetría de los Estados democráticos. ¿Acaso no es así? Desde la arboricultura de la justicia social se precisa la igualdad, la libertad y el repartimiento de los bienes obtenidos por un núcleo institucional entre la gente que habita, como el juego del ajedrez, dentro de unas fronteras. La modernidad pos nos conducirá a la apertura maravillosa de todos los mapas. Mientras tanto, seguimos esperando.

Ser demócrata es ser un ideograma de humildad, de ruptura de la poltrona, de generosidad, de reforzamiento de las diferentes culturas. Cultura es la evolución de toda civilización artesonada en la bonhomía. Todo jefe de cualquier instante político debe ser de entrada buena persona. Culturalmente el carácter de los justos siempre -diacrónicamente- ha gozado del silogismo de la razón. El romanticismo puede gobernar un pueblo, pero siempre desalojando los idealismos y los tiempos pasados.

El bien del eje de las estrellas verifica que toda democracia debe basarse en la ley siempre que ésta sirgue la completud de toda circunferencia. Dentro del círculo deben repartirse justamente todos los panes y todos los peces. La cristología de la legislación debe cumplir con los deseos de cualquier sociedad que esté totalmente igualada, alimentada, sanada, educada y progresista. Todo conservadurismo no es más que la sinusitis de un orden piramidal.

Ser demócrata es subir las aguas desde el mar hasta el manantío de los ríos, que es donde nació el “demos” y la “cracia”. Quiero decir con esta metáfora que a la hora de integrar la justicia social debe ocasionar el privilegio de una existencia que se calce desde abajo hacia arriba, y no a la viceversa.

Los derechos democráticos de todo ciudadano deben sustraerse de los errores cometidos en los milenios de ayer. Hoy es comenzar a forjar en presente toda equivalencia de civilización que rezume paz, evolución, perdón y libertad. Todo lo demás no es más que reiteración de los seísmos. La democracia no es sordomuda, sino los años de una joven a la que llamaremos “Lolita”. El pueblo siempre debe ser efébico. Toda civilización es una noticia que jovialmente anuncia cualquier heroicidad.
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