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TRIBUNA

El dilema del PSOE

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
domingo 02 de octubre de 2016, 19:30h

En el Congreso Federal del PSOE de 1996, Felipe González sorprendió a los delegados cuando anunció que dejaba la secretaría general del partido. Desde entonces, el PSOE ha buscado otro Felipe González, y lógicamente no lo ha encontrado, y lo más importante, no lo encontrará nunca.

Felipe González ha sido uno de los políticos más importantes del pasado siglo, pero su carisma no es sólo virtud individual suya, sino que se explica porque él estaba esencialmente identificado con el acontecimiento irrepetible de una España que había logrado por fin una democracia avanzada, y que actuaba como socia o aliada en los organismos internacionales, propios de las grandes naciones democráticas del mundo. El carisma de González surgía de que él representaba, incluso simbolizaba, el éxito de una España que había sido capaz de superar sus problemas históricos, y que como gobierno influía en la Comunidad Europea lo mismo que Francia, Gran Bretaña o Alemania, aunque por población y riqueza estuviera distante de esas potencias europeas. La capacidad personal de Felipe González, y tener detrás un partido disciplinado, que ganaba ampliamente las elecciones, le granjearon el respeto nacional e internacional, y ese fue uno de los vientos favorables para que España hiciera su travesía desde un país aislado, a otro influyente en el mundo, un ejemplo de que la democracia podía, además de garantizar libertades públicas, aumentar la riqueza y la igualdad de sus habitantes.

Pero una vez que Felipe González abandonó la dirección del socialismo español, el PSOE, en lugar de institucionalizar su funcionamiento como partido, ha seguido durante veinte años buscando otro dirigente carismático. Para lograrlo, la única innovación que ha hecho el PSOE ha sido cambiar sus sistemas electorales internos, cada vez que el partido consagraba un nuevo líder (Borrell, Zapatero y Sánchez), o cada vez que el líder fracasaba (Almunia y Rubalcaba).

Desde entonces, el PSOE, lo mismo que la mayoría de los partidos políticos españoles, creyó que aún servía “el modelo de gran líder”, tipo Felipe González, sin darse cuenta que ese modelo hacía aguas ya en los años finales de su liderazgo. El carisma tendía a ser desplazado por un dominio de tipo racional, siguiendo la terminología de Max Weber, en los principales partidos políticos de las democracias europeas y americanas. El carisma ya no era operativo, ni siquiera en la España de Felipe González, quien dejaba sin resolver, cuando abandonó en 1996 la dirección del PSOE, la división entre guerristas y felipistas, y más importante aún, cuando su liderazgo fuerte ya no era capaz de asegurar una dirección común o federal de España, desbordada por una política que iba convirtiendo al PSOE en un partido con características confederales, un partido suma de partidos y liderazgos carismáticos regionales.

Se llegó al disparate cuando su sucesor, el presidente Aznar, intentó que su liderazgo carismático, y su partido gobernante, fuese el único elemento de integración y de unidad estatal. Los que advertimos del riesgo que tenía esa teoría para nuestro sistema constitucional, éramos una minoría en nuestros respectivos partidos políticos, y aunque no fuimos unos antiguos, como entonces se nos acusó para no escuchar nuestras razones, ahora sí que somos bastante más viejos.

Para encontrar otro líder carismático, el PSOE del sucesor de Felipe González, Joaquín Almunia, inició la práctica de las primarias para elegir, primero, sólo al candidato electoral, y recientemente, también al secretario general del partido. Esa práctica se ha convertido en el no va más de la pureza democrática en casi todos los partidos políticos españoles. Veinte años de errores y de desastres, y los partidos, con PSOE en la vanguardia, siguen ciegos buscando un líder carismático, en vez de reformar sus estructuras y los mensajes adecuados a este tiempo, y coherentes con nuestro sistema político constitucional e insertos en la Unión Europea.

El tipo de primarias partidistas, que nada tienen que ver con las norteamericanas, producirán una y otra vez problemas que no podrán resolverse con los partidos actuales. Los partidos políticos no son representativos de la compleja sociedad en la que ellos actúan. Los militantes no buscan representar a los demás ciudadanos, ni siquiera a sus votantes, sino que son personas que quieren cambiarlos, algo que es definitorio de los militantes socialistas. Además, el voto de los militantes está condicionado por el aparato, como sucedió cuando Susana Díaz apoyó a Pedro Sánchez, en contra de su competidor, Eduardo Madina. Por último, las primarias partidistas producen que quienes las pierden, desaparecen como minorías activas, lo que explicaría que el partido sea cada vez menos plural y con menos contenido ideológico y político.

Pedro Sánchez, a causa de la poco meditada iniciativa de Eduardo Madina, fue elegido por los militantes, una innovación en la centenaria historia de un partido que funcionaba con democracia representativa. Aparecieron dos legitimidades, la procedente de los militantes, y la de los órganos representativos. Si se enfrentan en un país, sabemos que éste está en revolución o en guerra civil. En el PSOE todo apunta a la escisión o a su destrucción. Vistos los graves problemas que arrastra ese partido, la iniciativa de Sánchez de resolverlos con unas primarias y un congreso extraordinario express, es una propuesta irresponsable. El PSOE no tiene otra salida, en la circunstancia que Pedro Sánchez le ha dejado obturado (y por el oportunismo del Comité Federal durante meses de negarse a negociar nada con el PP), que intentar evitar las terceras elecciones. Y creando una gestora, durante al menos un año, para llevar a cabo las tareas de modernización que están pendientes desde 1996, quizá pueda resucitar como alternativa de gobierno.

Corolario para aquellos que disfrutan con el hundimiento del PSOE: si el pilar del socialismo democrático falla, y viendo que el otro pilar, el liberal-conservador, está corroído también, el sistema político español entrará en crisis.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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