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TRIBUNA

Colombia y la paz

Alejandro San Francisco
martes 04 de octubre de 2016, 20:04h
Actualizado el: 05 de octubre de 2016, 14:32h

El plebiscito del domingo 2 de octubre en Colombia tuvo un resultado inesperado por decisión mayoritaria y por lo estrecho de las cifras. Se trata de un país que ha sufrido por décadas los efectos del narcotráfico y la violencia política desatada, pero que el domingo dio un paso decisivo en el camino hacia a la paz.

El presidente Juan Manuel Santos, que arriesgó gran parte de su capital político en los acuerdos con las FARC, señaló tras conocer la votación adversa: “Todos, sin excepción, quieren la paz. Así lo han dicho expresamente. Mañana mismo convocaré a todas las fuerzas políticas, y en particular a las que se manifestaron hoy por el no, para escucharlas, abrir espacios de diálogo y determinar el camino a seguir. Siempre he creído en el sabio consejo chino de buscar oportunidades en cualquier situación. Y aquí tenemos una oportunidad que se nos abre, con la nueva realidad política que se manifestó a través del plebiscito”. Con ello, junto con reconocer el veredicto popular de los trece millones de colombianos que sufragaron, abre las esperanzas para superar uno de los temores del triunfo del NO: que se produjera una especie de vacío, de ausencia de plan B. Y, además, permite clarificar las posturas, ante las descalificaciones previas -y algunas posteriores-, que suponían que el plebiscito enfrentaba a los partidarios de la paz frente a los que no querían ese gran bien para Colombia.

Felizmente, Santos ha rehuido de la pequeñez política con su decidido “Todos, sin excepción, quieren la paz”. El ex presidente Álvaro Uribe, que se ha levantado como el gran ganador de la jornada, por haber encabezado las manifestaciones y argumentaciones contra el acuerdo Gobierno-FARC, expresó muy claramente: “Comprendemos su ilusión de paz, que hoy sea motivo de reflexión para construirla en la solidez de la libertad, que es lo único que hace posible el avance de la ciencia, también de grados superiores de verdad, a partir de cada aporte de cada uno”. En nombre de sus partidarios señaló escueta y claramente: “Queremos contribuir a un acuerdo nacional”.

Ambas declaraciones son un excelente comienzo para el día después del plebiscito colombiano, porque permite abrigar esperanzas hacia una resolución más estable del problema del terrorismo en Colombia. Son muchos los que han comenzado a insistir después del 2 de octubre que más que un acuerdo entre el gobierno y las FARC, se requiere un entendimiento entre Santos y Uribe, como paso necesario para llegar a una solución aceptable por la mayoría del pueblo.

Hoy se ve con más claridad que las concesiones que se hicieron a los dirigentes de la guerrilla resultaron excesivos e inaceptables para la mayoría de quienes concurrieron a sufragar: que las FARC recibieran dinero, asientos parlamentarios, una situación privilegiada dentro del sistema y la llamada “impunidad de la paz”. Quizá, por lo mismo, habría que repensar la forma de llevar adelante las nuevas negociaciones, sí como las garantías que deben existir para conseguir un acuerdo que resulte a la vez sensato y mayoritario. Para ello, un primer camino sería evitar la mediación o bendición de Raúl Castro en las negociaciones, considerando que es muy difícil sostener su valor en materias de paz, democracia y respeto a los derechos humanos. Es necesario, si se busca el apoyo internacional, recurrir a liderazgos democráticos claros y que permitan dar confianza.

Por otro lado, hay elementos que permiten abrigar la esperanza de que la victoria del NO representa también un camino hacia la paz, como las declaraciones de Timochenko, el líder de la guerrilla, quien sostuvo que sus organizaciones “mantienen su voluntad de paz y reiteran su disposición de usar solamente la palabra como arma de construcción hacia el futuro”, conceptos más valiosos que el desconocimiento de la voluntad popular que ha expresado en otras reflexiones.

Una de las lecciones que dejan los resultados del plebiscito es la necesidad de comprender la naturaleza del problema de Colombia y de impulsar una solución que sólo los colombianos pueden llevar adelante. La comunidad internacional, de manera casi unánime, se la jugó por el SÍ, a través de gestos, declaraciones y respaldos públicos. En alguna medida importante sostuvo la tesis de que el SÍ era la paz y el NO un regreso a la guerra civil. Las cosas han comenzado a cambiar después del domingo 2 de octubre, porque el resultado adverso y la vocación decidida por la paz ha explicado con mayor contundencia que las campañas mediáticas que en Colombia existe una unanimidad por la paz y no opciones dicotómicas que fallen en la base del asunto.

Puede que tenga razón el escritor Héctor Abad Faciolince cuando explica que “los que votamos por el soñábamos con ‘una paz estable y duradera’. La mayoría, el no, votó por una incertidumbre estable y duradera” (El País, 4 de octubre de 2016). Sin embargo, lo cierto es que el resultado ya está y las reacciones inmediatas tienden a expresar la certidumbre de la paz, cuestión que durante muchos años estuvo ausente del escenario político y social colombiano.

Por lo mismo, así como es entendible la tristeza de quienes fueron derrotados, no es igual con quienes caen en el miedo, la desesperanza y el vacío. Entre otras cosas porque, si confiamos en la palabra los involucrados -y hay razones para hacerlo-, hay una voluntad de acuerdos de largo plazo, sobre la base de las ideas de justicia, paz y respeto al régimen democrático. Por otra parte, no hay quien sostenga la legitimidad de la violencia terrorista, que tanto daño causó y que fue justificada por diversas razones -pobreza, falta de Estado, injusticias- durante décadas. Hoy Colombia ha cambiado y para bien, por lo que las dificultades del proceso deben superarse con inteligencia y determinación.

Así como el terrorismo y la guerra -con sus secuelas de muerte y destrucción- estuvieron indisolublemente unidos a la vida de Colombia durante medio siglo, hoy la historia marcha en la dirección esperanzada de la paz. Como siempre, habrá unos pocos que quieran quedarse al margen de estos procesos, pero la voluntad mayoritaria del pueblo y las reacciones posteriores al 2 de octubre han mostrado cuan equivocados, oscuros y pequeños son frente a la luminosa grandeza de la paz.

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