Demócratas o republicanos. Azul o rojo. Burro o elefante. Cualquier binomio es bueno para, a priori, resumir a modo de confrontación la esencia de las elecciones presidenciales en Estados Unidos del próximo 8 de noviembre.
Dos filosofías de gobernar no tan diferentes en su origen, si bien la irrupción vergonzante de un personaje como Donald Trump ha añadido un toque de surrealismo suicida a la campaña, ya de por sí más un show que un debate serio y consistente. Demócratas y republicanos se vuelven a ver las caras en unos comicios que, lejos del imaginario general, no miden tanto dos formas de ver el país, sino dos formas de entender la vida.
Cuando uno analiza en detalle el mapa electoral estadounidense de las últimas décadas, ya sea en elecciones presidenciales o de mid-term, subyace una lucha más allá del bipartidismo conocido. Estados Unidos vive inmerso en una lucha de clases perenne, y lo que muchos se empeñan en centrar en lo ideológico es más una cuestión con tintes claramente educacionales.
EEUU, elección tras elección, se tiñe de rojo republicano por sistema. No falla. Cuando Barack Obama logró su segunda victoria presidencial, el mapa cromáticamente no le era favorable ni por asomo. Y así, una y otra vez. Para muestra, un botón: este es el mapa electoral por condados tras aquellas elecciones de 2012 en las que Obama revalidó el cargo:

¿Y esto, a qué atiende? El republicanismo se ha hecho tradicionalmente fuerte en las bastas extensiones de terreno del centro del país, una región que ocupa más de dos tercios de EEUU continental, incluyendo Alaska, pero no guarda la misma proporción en lo demográfico. Así, los Estados Unidos rurales, con un nivel educativo inferior, un ejército formado por los denominados despectivamente 'red necks' o 'white trash', se decanta por el conservadurismo en porcentajes abrumadores.
Por contra, son las regiones del país con mayor PIB y nivel educativo las que se decantan más por el progresismo limitado del Partido Demócrata. Las manchas azules del mapa, que casualmente coinciden con las grandes ciudades, representan apenas el 4 por ciento del territorio de Estados Unidos, pero el 62 por ciento de su población. Es más, incluso en aquellos estados republicanos por antonomasia, como Texas, son las zonas urbanas las que se desligan de la tendencia de voto habitual para favorecer más a los demócratas.
En los libros de 'Los juegos del hambre', una élite gobernante dirige desde la ciudad al resto, divididos en distritos cada vez más empobrecidos y rurales hasta sumar doce de ellos. Pues Estados Unidos, como el mundo creado por Suzanne Collins en su trilogía adolescente, no dista mucho de ser lo mismo. Una mitad de EEUU, su élite urbana, comanda con cierta altivez el país sobre la otra mitad, la rural, que, a veces, logra imponer su criterio.
Con esto en mente, no es difícil entender cómo una figura como la de Donald Trump ha logrado auparse hasta la candidatura del GOP en estas elecciones. La suma de diversos factores, como son el simplismo rampante de su mensaje, el creciente descontento con la clase política tradicional, la rabia acumulada por un empobrecimiento de las clases medias y bajas, la llegada masiva de inmigrantes que "usurpan" puestos de trabajo y una galopante falta de madurez colectiva, han hecho del multimillonario el resultado previsible de este populismo cutre que se ha forjado tras el Tea Party.
La élite del republicanismo se ha alejado de sus bases y se ha encerrado en sus ranchos y mansiones oligarcas para desconectar de una ruralidad que ahora les ve como unos traidores de las tradiciones de la 'Great America'. De ahí que Trump se haya ventilado por el camino a figuras prominentes del Partido Republicano, como Ted Cruz, Jeb Bush, Marco Rubio o Rick Santorum, entre otra media docena de aspirantes.
El multimillonario ha cogido todo el alpiste mediático que ha podido encontrar y ha alimentado con mentiras y manipulaciones, con modos propios de matón del Lejano Oeste, a una masa tonta que sigue renegando, por ejemplo, del evolucionismo en favor de un evangelismo extremo, enarbola la bandera confederada, icono racista y xenófobo, y blande armas ante todo aquel que aplique algo de sentido común a la vida.
Por tanto, el próximo 8 de noviembre no será tanto una cuestión de progresistas contra conservadores, pues en términos de Estados Unidos hablamos de la derecha contra la ultraderecha, sino una cuestión de ver qué clase prevalece: la urbanita, rica y cultivada, o la rural, humilde y menos formada. Una lucha de clases en el país que tiró abajo precisamente el comunismo. Toda una ironía.