Cuesta entender y aceptar que los norteamericanos hayan decidido poner al frente de la primera potencia mundial a un dictadorzuelo peligroso. Un megalómano, un narcisista, un racista, un misógino, un magnate corrupto, un paranoico, un belicista, un populista de extrema derecha va a ocupar la Casa Blanca y a tener en su mano el botón nuclear. El pánico recorre el mundo de punta a punta.
Y aunque nos cueste entenderlo, los analistas creen que hay motivos para explicar la victoria de Donald Trump. En primer lugar el desencanto de la clase media norteamericana con la situación económica y la congelación o recorte de los salarios. Obama, como Rajoy, ha estado presumiendo de la recuperación de la crisis, del crecimiento (datos macroeconómicos), pero ese beneficio no ha llegado a los bolsillos de los trabajadores. Y el magnate con el tupé oxigenado les ha prometido un chorro de dólares. Han debido creerle. De momento, sin embargo, el dólar se desploma, la Bosa de Tokio se tambalea y los expertos auguran que Wall Street caerá en picado en cuanto abra las puertas.
También Trump ha seducido a los norteamericanos de “pura cepa”, a la mayoría blanca, con el argumento de que Estados Unidos volvería a ser grande (“Make America great again!”) si cerraba las fronteras a los emigrantes ilegales que les estaban arrebatando los puestos de trabajo. El mismo truco que ha llevado en volandas a Le Pen en Francia, donde los antiguos barrios obreros de voto comunista han terminado apoyando a la extrema derecha. La xenofobia, la insolidaridad y el egoísmo triunfan en los tiempos turbulentos, en los tiempos de crisis que sufre el mundo. Incluso muchos latinos ya asentados en Estados Unidos han apoyado al candidato republicano. Y en Florida, por ejemplo, el voto cubano se ha decantado por el hombre que va a volar el puente que había construido Obama con la isla. Los anticastristas no perdonan, ni olvidan.
El egoísmo y la insolidaridad de muchos norteamericanos también han inclinado la balanza del lado republicano. Trump ya ha anunciado que cualquier acuerdo comercial que perjudique a Estados Unidos sería dinamitado. China, México, Canadá y Europa, en especial, sufrirán las consecuencias de la política que impondrá el futuro inquilino de la Casa Blanca.
Tampoco hay que olvidar la virulenta campaña que ha hecho contra los musulmanes, a los que piensa prohibir la entrada en el país, pues, según él, son todos terroristas y todos aplaudieron al ver derrumbarse las Torres Gemelas. Muchos americanos también se han creído esta falacia. “Les bombardearé hasta erradicarlos”, llegó a decir el candidato republicano.
La endeblez política, intelectual y personal de Hillary Clinton también ha resultado un factor determinante para la victoria de Trump. En España denunciamos la mediocridad de la clase política. Pues también en eso, los Estados Unidos nos ganan de largo. Porque vaya par de candidatos.
Cuesta mucho entender que millones de mujeres hayan votado a un descarnado misógino. Cuesta mucho entender que millones de negros hayan votado a un racista. Cuesta mucho entender que los norteamericanos hayan elegido a este esperpento para gobernar Estados Unidos e imponer el terror en el mundo. Ya solo nos queda cruzar los dedos y esperar a embarcarse en el primer viaje a Marte. Donald Trump ha ganado.