EL GENIO DE CADAQUÉS DEJÓ COMPUESTA Y CANTADA SU OPERA “MÁRTIR”
domingo 22 de junio de 2008, 17:59h
Ser dios… Ser Dalí, así nos redescubre otro genio cuya cámara fotográfica fue testigo de los grandes personajes y acontecimientos del siglo XX. Siempre se cree que sobre ellos está todo fotografiado, retratado gráfica y literariamente y escrito. En torno a Salvador Dalí casi todo está por descubrir. Por ejemplo los retratos que le hizo Raúl Cancio. Y se guarda cuidadosamente una opera compuesta y cantada por el mayor genio artístico y literario del siglo: Salvador Dalí. La partitura y la voz están grabadas y guardadas a buen recaudo aún no sabemos porque, a varios años de la muerte de Dalí aún no se ha dado a conocer. La grabación, edición y producción del disco pertenece al exdirector de orquesta, compositor y propulsor de la música pop española Alain Milhao que entre otras producciones catapultó a la fama internacional al grupo español “Los bravos”.
Y, como decía Dalí “seamos prácticos, pidamos lo imposible”.
Acompañado esta impresionante fotografía daliniana, me honra Raúl Cancio con que la acompañe con mi texto:
“Viste y desnuda siempre tu pincel en el aire…”… Dalí volvió a Madrid con la espada florida en el cálido verano del l966. La verdad es que el pintor “de voz aceitunada” pasó su vida yendo y viniendo a sus estancias de siempre: Port Lligat, Figueras, Barcelona, Madrid, París, Nueva York…
Ya no tenía “la voz aceitunada”. Más, era dueño y señor, hombre señero, de todos sus actos. Llegaba a los madriles para visitar Toledo y a sus dos Caudillos: Velázquez, en el Prado. Franco, en el Pardo. Y a bocetar el retrato de su admirado Príncipe, Juan Carlos que (profetizaba el Genio), estaba llamado a ser el punto de partida para restaurar las monarquías europeas, Lidiaba un colosal “mano a mano” con el coloso de la fotografía. Gyenes. Un húngaro que, en vez de traer el oso y la pandereta, nos llegó con violín y cámara
Dalí era el único ser humano que podía gozar del privilegio de saberse Dalí. Aquella tarde que nos esperaba en el mayestático “hall” del madrileño “Hotel Palace”, a Raúl Cancio y a mi. Los dos artistas se abrieron de capote. Dali todo ojos, pelo repartido en dos melenas, bigote en puntas cual astas de toro, salió al centro del ruedo, cubierto por la mayestática cúpula que él quisiera trasladar a su Teatro-Museo de Figueras. La cúpula reticular de Piñero, ante el imposible traslado de la madrileña, presidiría el escenario en el que Salvador, hombre, Salvador daría vida al único Museo vital del universo mundo. Raúl, genuflexo que no arrodillado, recibió al toro de millares de hierbas, aporta gayola, como solía hacer otro número uno: Luis Miguel. Se había producido el encuentro de dos genios distintos y un solo Arte verdadero: el pincel y la cámara.
Tercio de quites alados entre el ampurdanés, la tramontana, el fotero mágico y el “plumilla” emparentado con “trasgo y meigas”. ¡Eran hermanos en el redondel!
La banda de música atacaba: Ser Dalí, ser Dios...