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TRIBUNA

75 años del día de la infamia

Alfonso Cuenca Miranda
lunes 05 de diciembre de 2016, 20:34h

El próximo 7 de diciembre se cumplen 75 años del ataque japonés a Pearl Harbor. La importancia de la efeméride no escapa a nadie, si se tiene en cuenta que fue la fecha más decisiva del acontecimiento (la II Guerra Mundial) que mayor influencia ha tenido para la historia del ser humano en los últimos cien años.

Los hechos son bien conocidos. A las 7:48 del domingo 7 de diciembre de 1941 trescientos cincuenta y tres aviones de la Flota Imperial Japonesa (que había partido de sus bases en el Norte de Japón el día 26 de noviembre) atacaron a la flota estadounidense del Pacífico acantonada en la bahía de la ciudad hawaiana, siguiendo un meticuloso plan inspirado en el ataque británico contra la flota italiana en Tarento un año antes. Tras una segunda oleada la armada norteamericana, con la importante excepción de los portaaviones que habían zarpado días antes de la rada, resultó seriamente dañada, con cuatro acorazados hundidos, otros tantos muy maltrechos, además de otros barcos menores fuera de servicio. El saldo en vidas humanas ascendió a 2.403 americanas (la gran mayoría, más de 1.700, pertenecientes a la tripulación del Arizona) por 64 japonesas.

El ataque constituía un ataque preventivo para dejar vía libre a las tropas niponas (evitando una respuesta inmediata norteamericana) que en horas habrían de invadir las posesiones británicas y holandesas en el Sur de Asia (amén de las propias Filipinas). El enfrentamiento entre ambas potencias bien puede decirse que era inevitable, teniendo en cuenta la geopolítica en el Pacífico desde hacía unos años, sacudida por el expansionismo japonés en China y Corea, a lo que se añadían los movimientos desesperados por garantizarse las materias primas (principalmente petróleo) necesarias para la consecución-mantenimiento de status de potencia industrial y militar hegemónica en dicha zona.

Formalmente, el ataque a Pearl Harbor se produjo sin una declaración previa de guerra. Los japoneses se defendieron (en particular, en los juicios de Tokyo con el fin de evitar, infructuosamente, la calificación del ataque como crimen de guerra) señalando que el mensaje enviado a la embajada en Washington tardó en ser descifrado debido a la complejidad del sistema nipón (tanto en cuanto a la criptografía como al procedimental-jerárquico), lo que impidió que fuera comunicado a las autoridades estadounidenses antes del ataque (no faltan autores que consideran deliberado dicho retraso, con el propósito de asegurar el efecto sorpresa). Tampoco faltan, como es bien sabido, las teorías “conspiratorias” que sostienen que tanto Roosevelt como el Estado Mayor conocían de antemano los planes nipones, “dejando hacer” con el fin de vencer las tendencias aislacionistas del pueblo estadounidense y asegurar la entrada del país en la guerra, teniendo en cuenta de modo principal el escenario europeo, tesis esta que últimamente ha perdido fuerza conforme nuevo material es conocido.

La reacción norteamericana no se hizo esperar, si bien los británicos llegaron a adelantarse, pues, en cumplimiento del compromiso de Churchill de declarar la guerra “within the hour” a aquella potencia del Eje que atacara a Estados Unidos, procedió a la declaración formal de hostilidades con el Imperio del Sol Naciente nueve horas antes de que las propias “víctimas” lo hicieran. En Washington se convocó por el Presidente una sesión conjunta de las dos Cámaras del Congreso para las 12:30 del lunes 8. Roosevelt, tras llegar al Capitolio rodeado de unas medidas de seguridad hasta entonces desconocidas, se dirigió al Congreso (asistieron también a la sesión los magistrados de la Corte Suprema) en un célebre discurso de seis minutos y medio, frente a los casi treinta empleados por Wilson en 1917. La alocución, que ha pasado a la historia por incluir la célebre expresión “un día que vivirá en la infamia”, es una obra maestra de solemnidad y “trascendencia” retóricas. Los términos del mismo fueron seleccionados cuidadosamente: EEUU ha sido repentina y deliberadamente atacado, los hechos hablan por sí solos, las hostilidades existen (en un dramático “staccato” el Presidente señaló: “ayer el gobierno japonés lanzó también un ataque contra Malaya; la pasada noche fuerzas japonesas atacaron Hong Kong; la pasada noche fuerzas japonesas atacaron Quam; la pasada noche fuerzas japonesas atacaron las Islas Filipinas; la pasada noche los japoneses atacaron la Isla de Wake; y esta mañana los japoneses atacaron la Isla de Midway”). Y, cómo no (un concepto muy americano), la voluntad de prevalecer: “No importa cuánto nos lleve superar esta premeditada invasión, el pueblo americano con la conciencia alta ganará alcanzando la victoria absoluta”. Guerra total, victoria total: el siglo XX había comenzado.

Tras el discurso los senadores se dirigieron a su hemiciclo donde, sin debate (a diferencia de lo que ocurrió en 1917), a las 13:10, por 82 votos a favor y ninguno en contra, se aprobó la declaración de guerra. Diez minutos más tarde se produjo la votación en la Cámara de Representantes, aprobándose por 388 votos a favor y 1 en contra. El voto discordante había sido emitido por la congresista Jeanette Rankin, representante por Montana, primera mujer en entrar en la Cámara en 1916 (de hecho, en 1917 también había votado en contra de la entrada en la guerra). En su explicación afirmó: “como mujer, no puedo ir a la guerra, y rechazo enviar a nadie”. A su salida del Capitolio una multitud enfurecida acosaría a la congresista, quien se vio obligada a refugiarse en una cabina de teléfono hasta que la policía del Congreso pudo rescatarla. Finalmente, a las 16:10, ante la delegación de parlamentarios desplazada a la Casa Blanca, el Presidente Roosevelt firmó la declaración de guerra, a pesar de que técnicamente ya entonces se albergaban serias dudas sobre la necesidad de su firma para la perfección de un acto constitucionalmente atribuido a las Cámaras.

Tres días más tarde Hitler anunciaría en el Reichstag la declaración de guerra a Estados Unidos. Numerosos estudiosos califican la misma como error monumental del canciller germano, si bien es cierto que las tensiones entre los dos países eran insoslayables, pudiendo haber conducido a la ruptura de hostilidades en cualquier momento. Ante el anuncio alemán se volvió a convocar el Congreso que aprobó la declaración por márgenes similares a los ya referidos, absteniéndose en esta ocasión la representante Rankin.

Suele atribuirse a Yamamoto la frase (tras el ataque a Pearl Harbor) “me temo que con los sucesos de hoy hemos despertado a un gran gigante dormido, infundiéndole una terrible resolución”. El almirante nipón, profundo conocedor del potencial americano (no en vano había estudiado en Harvard y había desempeñado la agregaduría naval en Washington), era consciente de la perfecta maquinaria industrial y de guerra que se había puesto en marcha. De hecho, el mismo Yamamoto había alterado un año antes el plan tradicional japonés (basado en una interpretación de las célebres tesis de Mahan, de las que también se alimentó Yamamoto) consistente en una batalla decisiva de carácter defensivo en torno a Filipinas y Marianas (finalmente, esta se produciría, muerto el viejo almirante, en octubre 1944, en el golfo de Leyte, saldada con la derrota nipona, con una flota ya muy mermada); por el contrario, Yamamoto sabía que el tiempo jugaba en su contra y concibió Pearl Harbor como un ataque preventivo seguido en los meses posteriores del objetivo de atraer al enemigo al enfrentamiento decisivo de carácter ofensivo. Mar del Coral y, sobre todo Midway, respondieron en parte a esa estrategia. Pero ya era demasiado tarde (y ello a pesar de que los norteamericanos siempre tuvieron claro que la prioridad era acabar con Hitler, por lo que mantuvieron incólume su Flota del Atlántico no trasvasando sus efectivos al Pacífico).

Tanto Pearl Harbor como la precipitación germana por declarar la guerra al “gigante dormido” fueron elementos clave en el mayor conflicto de la historia humana, hasta el punto de que existen serias dudas de que la sola intervención nipona contra las colonias británicas hubiera movido a Estados Unidos a actuar o de que éste hubiera declarado la guerra a Alemania sin previa ruptura de las hostilidades por parte de ésta, si bien es cierto que Estados Unidos se hubiera visto obligada a intervenir más pronto o más tarde ante la ruptura del equilibrio, tal y como ha señalado Kissinger. En cualquier caso, de no haberse producido Pearl Harbor, la eventual entrada en guerra estadounidense pudiera haberse retrasado hasta el punto de hacer irreversibles las conquistas del Eje o, cuando menos, aun mucho más dramática de lo que fue su recuperación. Afortunadamente, gracias a Pearl Harbor, los renglones de la Historia comenzaron a enderezarse.

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