Existe un consenso prácticamente universal en relación a la importancia del Estado en las sociedades contemporáneas, en ámbitos tan relevantes como la educación y la salud, además de sus funciones tradicionales de gobierno y legislación, administración de la justicia, orden interno y defensa. Probablemente en estas posturas solo se sustraen el anarquismo, algunas formas de liberalismo y el marxismo-leninismo en su versión ideológica, que preanuncia el fin de la lucha de clases y la extinción del Estado en una etapa final de la evolución histórica. Pero el mundo ha marchado por un camino distinto.
Es que a fines del siglo XIX y comienzos del XX se produjo un cambio de paradigma que resultó crucial y que se volvió permanente: se planteó como necesario que el Estado aumentara sus funciones, procurando un mayor bienestar de la población, y con la convicción de que era precisamente el Estado el que debía contribuir en dicho proceso, mediante leyes e instituciones. En esto coincidieron los distintos tipos de socialismo, los fascismos, el comunismo práctico surgido de la Revolución Bolchevique, y -más tenuemente y de a poco- sectores conservadores y liberales.
Como nada es gratis en la vida, todo esto tuvo consecuencias: en algunos lugares se pasó de un Estado interventor a uno totalitario; creció la burocracia y el poder que ostentaba; aumentaron los ministerios y los organismos públicos, y el gasto público se hizo cada vez mayor. Como profecía autocumplida, esto significó el aumento de impuestos, no necesariamente para mejorar las condiciones de vida de la población, sino para financiar la burocracia y las múltiples funciones del Estado, en una dinámica que pareciera no tener fin.
El tema se ha vuelto a poner en la palestra, no solo en diversos países sino también en España. El Consejo de Ministros aprobó un paquete de medidas en el ámbito tributario que permitirán recaudar 7 mil millones de euros más el 2017, lo que permitirá enfrentar el déficit fiscal que se ha acumulado por años. Entre las novedades destacan el alza de impuestos a sociedades así como los especiales sobre las bebidas alcohólicas y el tabaco, sumados a un nuevo tributo a los refrescos azucarados. ¿Tienen sentido estos cambios? ¿Cuál es el tema de fondo de la necesidad de mayores recursos para “financiar el déficit” como se dice? ¿No es posible pensar en medidas mejores, habiendo economistas estudiosos, gente preparada y políticos con experiencia?
El tema de fondo en política es responder a la vez el qué y el para qué. Si el problema simplemente es cubrir lo que se gasta anualmente -bien, regular o mal-, subir los impuestos o aumentar los ingresos fiscales en general, se vuelve no solo una alternativa, sino que una urgencia. Si el tema es mejorar el funcionamiento del Estado, de los servicios públicos y la calidad de vida, el asunto requiere un tratamiento más profundo, menos obvio, y que se dirija directamente al corazón del problema: los recursos y el Estado son para las personas y no al revés.
En un interesante artículo publicado en El Mundo, Luis María Anson resumía el asunto con un título sencillo pero claro: “Gastar menos”. Entre los argumentos esgrimidos señalaba: “En 1977 pagábamos en España a 700.000 funcionarios y empleados públicos. El año pasado, a más de 3.000.000. Pero Montoro hace sus cuentas y, con el mayor simplismo, soluciona las exigencias de la Europa unida subiendo los impuestos, en lugar de reducir el gasto, empezando por los partidos políticos y las centrales sindicales. Cada vez se hace más necesaria una ley que diga: ‘Ningún partido político, ninguna central sindical podrá gastar un euro más de lo que ingrese a través de las cuotas de los afiliados’. Reducción del gasto, en fin, eso es lo que exige la salud económica de España y, sobre todo, la decencia de una clase política zarandeada hoy hasta la náusea por la incontenible corrupción” (destacados en el original).
No se puede interpretar esta visión simplemente como una actitud antiestatista. Tampoco reducir el gasto es un bien en sí. El asunto es otro: los gastos innecesarios deben reducirse, porque es mejor y también porque eso permitirá abordar otras inversiones y contar con otros recursos para asumir tareas más urgentes y necesarias. Por ejemplo, se podrían estimular las pequeñas y medianas empresas en la creación de empleos, invertir más en educación y en investigación, para poner algunas universidades españolas entre las mejores del mundo. Podríamos resumirlo así: no sólo hay que gastar menos, sino que gastar mejor. En palabras de Anson, gastar menos es evitar “el despilfarro sin tino, el permanente derroche, el nepotismo desbordado, el amiguismo tenaz se encuentran en la raíz del déficit”. En definitiva, no botar el dinero que, en su origen, pertenece a las personas y no al Estado.
Enfrentar este tema requiere no sólo una actitud de poder, una interpretación de cálculo o las frías mayorías políticas para aprobar reformas tributarias e ingresar más recursos al Estado. Repensar la política, y específicamente la función del Estado, exige de los centros de estudios, de los partidos y de los líderes políticos, una capacidad para discutir el tema desde una perspectiva cultural y doctrinaria. Requiere buscar respuestas distintas para la pregunta por el déficit fiscal y tener el coraje para explicar el problema en su verdadera dimensión. Porque, en una primera etapa, podrían llover las críticas: que se quiere desmantelar el Estado, afectar las conquistas alcanzadas, disminuir el bienestar de los españoles. Para enfrentar esto además se requiere inteligencia, para explicar muy bien que es exactamente al revés: que en el corto, mediano y largo plazo, el uso adecuado de los recursos es una mejor solución para la calidad de vida y para una correcta administración del Estado.
En un esquema en que nadie apuesta por la desaparición del Estado, sería muy positivo para el debate público -en diversos países- que surgieran voces sensatas capaces de explicar que gastar menos y mejor, aunque resulte obvio, es más conveniente que gastar más y peor. Claro en los conceptos, pero muy difícil en la práctica, como han demostrado diversos sistemas hasta hoy.