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TRIBUNA

¿Ideas o personas?

sábado 17 de diciembre de 2016, 16:51h

La próxima celebración de un congreso del PP fue anunciada por la señora Rudi con una promesa, ya incumplida meses antes de que suceda el evento. Decía la señora con nombre de Infanta y zarzuela, que se proponen hablar de ideas, no de personas.

Pero, hete aquí que, antes que aparezca el primer borrador sobre las ideas, ya tenemos candidato a presidente. ¡Tan lerdo y “laissez faire” que anda para ciertos asuntos y tan raudo y precipitado para otros!

El líder es una función del grupo; nace del grupo que lo necesita, igual que él, y ella, necesita del grupo para su equilibrio ecológico interno. No podemos olvidar esa necesidad recíproca, que pretenden saciar tanto el líder que es elegido por el grupo, como el grupo que es gobernado por el líder. Es una transacción tácita, oculta, pero esencial para la dinámica posterior. Y ya se sabe, lo esencial no es visible a los ojos.

El concepto de nación, con permiso del señor Zapatero, está adjudicado a una grupalidad humana que comparte un territorio, una historia, unos ritos de identidad, una cultura, unos intereses, un sistema burocrático y un proyecto de futuro. Es decir, es un concepto sobre un ser vivo, el sujeto político, que es plural por su carácter grupal, y dinámico, porque proviene de un pasado, se enfrenta a problemas presentes que exigen tomar decisiones, y tiene una orientación, se dirige a unas metas por alcanzar en el futuro. En consecuencia, toda nación necesita un liderazgo. Es obvio, incluso para el señor Zapatero.

Más en concreto, los partidos políticos, que tampoco dejan de ser un grupo, podrían funcionar así: en su origen, cada grupo decanta su liderazgo, en virtud de sus necesidades de formalización, y así pasa del caos al orden. Luego, genera estructura, un desarrollo del ordenamiento. Después, las formas y normas que el grupo se otorga, garantizan la renovación del liderazgo, con respeto a la historia del grupo y personalidad colectiva.

La plutocracia partidista que sufrimos oculta el caudillismo, bajo la capa de democracia. El caudillismo subyace en la derecha y la izquierda y emerge de forma cíclica, o constante, según los casos y las causalidades.

La lucha por el poder, en el seno de cada partido, se ventila con navaja cabritera, no con ideas, ni propuestas de proyectos. Cada sátrapa se enroca, con sus propios sayones, manipulando lo que sea y como sea, con tal de prevalecer y permanecer que, a estos efectos, son verbos sinónimos.

Pudiéramos pensar que falta salud democrática, si la democracia fuera susceptible de estar sana o enferma. Pero, no. No porque no me gusten las prosopopeyas, que tampoco, sino por una cuestión ontológica de Parménides: la democracia es, o no es. Y, cuando no es, el sistema de gobierno es la autocracia, y del desgobierno la anarquía mal entendida.

Como quiera que la anarquía no aseguraría la permanencia, ni la prevalencia, de la plutocracia, y el liderazgo autócrata es más eficaz en situaciones de emergencia, unos y otros procuran camuflar sus insuficiencias democráticas y excedentes autocráticos bajo eufemismos, o justificaciones cínicas.

Recientemente, el señorío de Iglesias no ha consentido que se le suba a las barbas su ex novia y ha interpuesto a otro colega, igual de artista que aquella en cuestiones inmobiliarias, pero con barba rala y del agrado del sagrado líder.

Antes, el señorío de Sánchez sembró de gestoras el mapa nacional, o suprimía el resultado de las elecciones primarias, a poco que hubiera un asomo de discrepancia en secundar sus instrucciones.

En el señorío ciudadano, la señora Punset acaba de pagar su disenso, con la dimisión. Será que allí, en cuestión de ideas, entre tesis y antítesis, no cabe síntesis.

Y acabo por donde empecé. El señorío de Rajoy comenzó hace treinta y cinco años. Ha ido escalando, pacientemente como buen opositor, desde diputado de a pié en un parlamento autonómico, hasta la autonomía absoluta de la cumbre parlamentaria, terminando por poner a sus pies todos los resortes del poder.

Él solo, no. En el seno de su partido, ha sido tocado varias veces por el dedo de Dios Padre, el Creador. Primero Fraga y después Aznar, porque el liderazgo en el PP es una gracia otorgada; proviene de arriba, es incontestable a tenor de sus normas internas y va dejando a unas personas en la estacada, otras desfilan hacia la cárcel y otras al cementerio. Ideas nuevas, se le oyen pocas.

Durante treinta y cinco años, se suceden tres generaciones y media. Por tanto, cambian objetivos, problemas a resolver y aspiraciones. Las circunstancias y quienes integran al sujeto político se han transformado. En más de treinta años, unos debieron hacerse sabios al envejecer; otros han podido madurar; y los siguientes son nietos de los viejos, e hijos de los, posiblemente, maduros. En cualquier caso, ninguno de los actuales existíamos hace treinta y cinco años.

Pareciese, no obstante, que La Moncloa replica La Zarzuela, como si aquella fuera el espejo de ésta. Si tenemos una Monarquía parlamentaria, como forma de Estado, por qué no pretender que el Parlamento rinda pleitesía a un monarca, como forma de Gobierno. Así, el señor presidente podría sucederse a sí mismo, como en Nicaragua, Corea, Siria, o así.

¿Es una paradoja que cambie el grupo y no el líder? Sí. Pero, en este caso, el líder no cambia, de momento, para cambiar al líder. Si no, al tiempo.

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