La extenuante intensidad expresiva que ponen algunos hombres para trascender en el medio social y convertirse en celebridades mundanas, suele rozar, en ocasiones, el límite de lo pintoresco. El paso peripatético y aventurero por esta vida del noble José Luis de Vilallonga y Cabeza de Vaca, IX marqués de Castellbell, Grande de España, sin caer en los extremos de Jaime de Mora y Aragón (por citar un ejemplo), no escapa a lo señalado. Creo que se empeñó en ser famoso y en cierto modo lo logró. Da pena, sin embargo, que este singular aristócrata haya trascendido menos por sus cualidades artísticas que por las extravagancias que concluyeron casi devorándolas. Descendiente de Fernando I de León y de Castilla, y del Barón de Maldà, ha sobrevivido, no obstante, por su obra de escritor y periodista, a las que sumó su nivel de discreto actor de cine y de teatro.
Noble por donde se lo busque, el IX marqués de Castellbell nació en Madrid el 29 de enero de 1920 y sus padres fueron Salvador de Vilallonga y Cárcer, VIII marqués de Castellbell, VIII marqués de Castellmeyá, II barón de Segur y VII barón de Maldá y Maldanell, Grande de España, militar y amigo del rey Alfonso XIII; y María del Carmen Cabeza de Vaca y Carvajal, hija del marqués de Portago. José Luis antes de cumplir sus dos años de vida fue internado en una clínica de Munich, en Alemania, para recuperarlo de una afección intestinal que habría de condenarlo a una gastritis crónica, alabada por él en cuanta ocasión se presentara ya que contribuía a su delgadez. “Sin privarme de ningún manjar yo sólo pruebo la comida –explicaba acentuando su consejo-. Recomiendo seguir mi método y no comer hasta el hartazgo, como hace la mayoría de la gente. Gracias a estos ardores estomacales me mantengo en línea.”
Como la mayoría de su clase social, la formación de nuestro aristócrata fue sin continuidad ni demasiada disciplina. “Soy autodidacta –se jactaba-. Estudié algo con los Jesuitas de Barcelona y en otros colegios religiosos de los que fui expulsado por rebelarme contra esos impostores”. Una vez proclamada la Segunda República Española, sus padres se exiliaron en Biarritz (Francia) durante seis meses y después, calmadas las aguas, regresaron. Su abuela Carmen Camila Cabeza de Vaca influyó poderosamente en su amplia y cosmopolita educación. “Fue la mujer más libre que conocí; si de feministas hablamos, mi abuela fue la precursora”, decía. La Guerra Civil lo sorprendió estudiando en el colegio de los dominicos de Saint-Thelme de Arcachon. Más tarde se alinearía como alférez provisional de requetés, ingresando en las filas del bando sublevado donde formó parte de un pelotón de fusilamiento a la temprana edad de 16 años. “Algo horrible de lo que prefiero no dar detalles”, confesaba con desagrado.
Habiendo sido diplomático, nunca se llevó bien con los “obsecuentes de cuello duro –así los calificaba-, que a todo deben decir que sí con una sonrisa complaciente”. Rechazó entonces la carrera de ministro de cancillería que su familia le quería imponer y empezó a decantarse en el periodismo y la literatura. “Siempre fui buen lector; en los libros encontré placer y refugio. Un lector hedonista, claro, de aquellos que gozan a pleno con cada página”. En la Barcelona de posguerra colaboró en la revista Destino y fue articulista para los periódicos El Noticiero Universal y Diario de Barcelona. Debió, sin embargo, para complacer a la familia, cursar “la odiada carrera diplomática” durante cuatro años. “Siempre a desgano y sin ninguna convicción. Lo mío, como lo de James Bond, fue cumplir con una misión imposible”, bromeaba. Eso lo llevó a casarse con la aristócrata inglesa Essylt-Priscilla Scott-Ellis, conviviendo con ella en el Reino Unido durante poco tiempo. Se dice que allí, alguien lo acusó de espía y debió emigrar.
“En verdad aquello fue para escapar a la familia de mi mujer y al ataque de mediocres envidiosos que no soportaron mi casamiento”, aclaraba. Para escapar de ese medio hostil, organizó un viaje a la Argentina. “El padre de Essylt-Priscilla desayunaba con escafandra a las seis de la mañana. Era un tío muy rico, insoportable, dueño de una empresa naviera y cuando mi mujer estaba por parir, hastiado de esa gente me embarqué hacia la Argentina”. El cruce del Océano fue una verdadera Odisea y el marqués lo evocaba así: “Era en 1945, durante la guerra, y yo le pedí a mi suegro que enviara con nosotros a un médico para que atendiera a mi esposa; el hombre exagerado como era, contrató a dos, que para lo que menos servían era para atender un parto; uno era otorrinolaringólogo, el otro traumatólogo y se la pasaban borrachos, en la cubierta, vomitando sobre en el mar. El parto, que se produjo mientras navegábamos, lo debí atender yo y una señorita muy bella, que era camarera, y luego resultó mi amante de a bordo”.
Entre 1945 y 1950 vivió en la Argentina una etapa bucólica, dedicado a la cría de caballos. “Conocí en el barco a un señor, que se ocupaba de ese negocio y vivía en Londres. Nos asociamos y llegamos a tener más de cuatrocientos caballos. Nos fue muy bien, en especial con los de polo, que exportábamos a los Estados Unidos. Vivíamos en el campo, en contacto con la naturaleza; fueron los años más felices de mi vida”, se regodeaba evocándolos.
En 1951 José Luis vendió todos los caballos y regresó a Francia, tras una breve y conflictiva estancia en Madrid. De Francia no pudo volver a España en muchos años a causa del veto que le impuso el régimen franquista por su libro Las ramblas terminan en el mar, en el que enfrentó al régimen con valentía.
Quienes han estudiado la vida del poeta Charles Baudelaire nos informan que, pese a tener treinta y tres años cuando conoció a Mme. Sabatier, la asediaba con morosa lentitud y se comportaba como un adolescente. Este hábito, según me contó José Luis, también lo singularizó a él en más de una ocasión. “Siempre me enloqueció el amor de las mujeres y no recuerdo una época de mi vida en que no haya estado enamorado de alguna, pero en la mayoría de los casos he quedado perplejo como un niño ante esos amores. Ahí no valen experiencias. ¡Y mira que he tenido mujeres!”, se regodeaba con ojos inquisidores.
Un buen día, “hastiado de Europa”, viajó a los Estados Unidos para radicarse en Beverly Hills e iniciar una experiencia como actor de Hollywood. Le fue muy bien; aunque le ofrecieron papeles secundarios se destacó en varios filmes ahora míticos, tales como Los amantes de Louis Malle. Durante ese rodaje, Michèle Girardon, la heroína, mantuvo un apasionado romance con él, que culminó con el suicidio de la actriz. “Eso es algo que me persigue y nunca me sacaré de encima”, se dolió, sensible hasta las lágrimas, apretando las manos como si rezara.
Luego, por mediación de Audrey Hepburn, “mujer preciosa, pero demasiado flaca para mi gusto”, obtuvo el papel de millonario brasileño en Breakfast at Tiffany's (Desayuno con diamantes) de Blake Edwards. “Hollywood es el sitio más aburrido del mundo –se quejaba con una sonrisa menos contagiosa que pícara-. Conseguir allí una mujer resulta toda una hazaña. La mayoría busca el casamiento; el objetivo es tener hijos para extorsionar a los maridos y vivir mantenida de por vida”. De ahí en más nuestro personaje participó en más de 70 películas, con directores como Luis García Berlanga y Federico Fellini, que lo adoraba y con quien mantuvo una estrecha amistad y a quien dedicó un libro. También realizó algunas incursiones en el teatro; en 1985 protagonizó la obra Revistas del corazón, de Juan José Alonso Millán, junto a Analía Gadé.
Acuciado por sucesivos problemas económicos, colaboró en otras revistas francesas, en especial realizando entrevistas de personajes notables para Paris Match; al tiempo que publicó diversas novelas, reportajes y piezas teatrales en francés que alcanzaron cierto éxito comercial. “Eso me valió obtener la Legión de Honor en grado de oficial, a pesar de que se me acusa de llevar una vida disipada de mujeriego y bon vivant”. Por esos años escribió para Marie Claire y Vogue y después pasaría a ser asiduo colaborador de Interviú; también dirigió la revista Playboy en España.
En lo personal, mantuve una cordial relación con José Luis de Vilallonga. Yo, desde Buenos Aires y él del otro lado del Océano, nunca dejamos de hacernos señales de amistad. Cada tanto venía a la Argentina para visitar a su entrañable “Macoco” de Alzaga Unzué nuestro paradigmático playboy. Recuerdo una divertida cena con Borges, que lo deslumbraba y al que deslumbró a su vez con sus anécdotas. Nunca supe si publicó las entrevistas que grabó con Borges y Bioy Casares, a quien veía más como un galán seductor que como un escritor.
Su peculiar carácter, mezcla de arrogancia aristocrática y desparpajo de vividor, le acarreó frecuentes enemistades; sus punzantes (y a veces injustas) alusiones a múltiples famosos derivaron en varios pleitos por atentado al honor. Entre estos desencuentros, fue célebre el que tuvo con los barones Thyssen que le encargaron una biografía en 1989 y él la dejó apenas empezada, por causas que varían según las fuentes. Por prudencia, es mejor no mencionar la que esgrimía José Luis.
A través de él conocí algunas figuras de la nobleza española, a toreros y célebres actores como José Luis López Vázquez, el matador Luis Miguel Dominguín y la duquesa de Alba. A mí siempre me interesaron los personajes y sus fabulosos costados anecdóticos; tengo un libro titulado Tirando manteca al techo, dedicado al aristócrata argentino Martín Máximo Pablo de Álzaga Unzué, apodado “Macoco”, nuestro famoso seductor internacional, amante de Rita Hayworth y Claudette Colbert. A José Luis me lo presentó el actor Milo Quesada, en 1981. Junto a una obra de Dalí, recuerdo en su casa de Madrid las fotos dedicadas a él por el papa Juan XXIII, Brigitte Bardot, Simone Signoret y su amigo Felipe González. Algunas veces, estando yo de visita, coincidimos para comer con Joaquín Soler Serrano, el notable entrevistador de la Televisión Española.
Hay que destacar que José Luis de Vilallonga y Cabeza de Vaca, IX marqués de Castellbell, Grande de España, fue también un destacado escritor que trabajó siempre, a pesar de que algunos le hicieron fama de ocioso. Sus libros de entrevistas son admirables y vale la pena leerlos, o releerlos.