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PENSANDO EN VOZ ALTA

Distintos, pero en esencia iguales

Manuel Sánchez de Diego
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msdiegoucmes/7/7/11
miércoles 18 de enero de 2017, 20:10h

Este artículo tiene su origen en una conferencia de Juan Carlos Calvo Corbella sobre la igualdad. Se trata de una reflexión propia sobre la ponencia y las intervenciones posteriores de los miembros del Aula Política del CEU San Pablo.

“Todos somos distintos, pero en esencia todas las personas son iguales”, es una afirmación que no es pacíficamente admitida o, al menos, se olvida cuando se habla o discute sobre la igualdad. Cada uno de nosotros está dotado de unas virtudes y, unos defectos, que nos hacen irrepetibles y diferentes de los demás. Las capacidades y dones son propios de cada uno, como también lo son las carencias y vicios. Todo ello con independencia que se trate de dones o defectos innatos o que nuestra propia experiencia vital haya desarrollado unas determinadas virtudes o unos vicios. Y no se trata de solucionar la eterna duda de si el hombre, o la mujer, nace o se hace; solo de afirmar que somos distintos por genes, cuna y, por lo que hemos vivido, aprendido u olvidado.

A lo largo de la Historia, el camino hacia la civilización en donde impere la libertad y la igualdad de las personas ha sufrido notables retrocesos –esclavismo, nazismo, comunismo, …- pero en líneas generales el saldo ha sido positivo y, ello se comprueba por el desarrollo de la libertad e igualdad, aspectos esenciales de la dignidad de la persona.

La negación del alma de la gentes de color por ser inferiores; la defensa a ultranza de la raza aria como excelencia con el desprecio de los llamados seres inferiores o, quienes al grito de la revancha de la clase obrera –llámese revolución del proletariado- olvidaban la dignidad de la persona, son postulados que han servido para asentar el poder de unos pocos sobre otros muchos, son postulados superados en la actualidad.

Los riesgos actuales provienen a mi juicio de dos líneas de pensamiento que podemos considerar antagónicas, pero que en ambos casos pueden llevar a la quiebra del principio y del derecho a la igualdad.

Por un lado, aquella que lleva la igualación hasta límites extremos, con políticas de discriminación positiva sin limitaciones o procesos de igualación a la baja. La discriminación positiva viene a establecer una desigualdad de trato favorable para aquellas personas que se encuentren en una situación de desigualdad real. El problema se puede encontrar con aquellas políticas públicas que sin desearlo perpetúen la desigualdad. Esto es, que sus efectos sean precisamente los contrarios a los buscados. Pensemos en ayudas económicas directas a madres solteras en los suburbios. Esas ayudas pueden convertirse en el sustento habitual que ate a las mujeres a su propia situación y que impida su salida de la situación de marginalidad. Otro ejemplo, podrían ser las medidas favorecedoras de las mujeres trabajadoras que las discriminan positivamente frente a los varones. Por ejemplo, bajas de maternidad, periodos de lactancia… que podrían suponer un freno a la hora de contratar a una mujer frente a un hombre menos cualificado, pero que plantea menos ausencias.

Por otro lado, se critican los procesos de igualación por considerar que puede producir una des-incentivación al progreso social y una renuncia de los mejores a desempeñar su función de liderazgo. Por ello, en la crítica a la discriminación positiva, cuando se defiende de forma radical que esa igualación puede suponer la neutralización de las capacidades de los más dotados. Esta idea pondría de nuevo el acento en la desigualdad como algo natural y, por tanto, vendría a defender oligarquías y la sujeción de las personas a aquellos con mayores capacidades.

Como siempre la virtud se encuentra en el medio. Las medidas y las opiniones extremas vienen a quebrar el principio, el derecho y la efectiva igualdad.

Al final puede ser una reflexión personal la que nos acerque a la igualdad: siempre habrá alguien más guapo, más alto y más listo que nosotros y, esto no debe frustrarnos, ni subordinarnos a ellos, solo debe ser una llamada a nuestra humildad. Por otro lado, debemos ser sensibles ante aquellos que se encuentran en una situación de desigualdad sea económica, social o política. Somos responsables de quienes viven en la ignorancia, en la hambruna, en el desarraigo… porque podemos pensar que nosotros mismos podríamos estar en esa misma situación.

Al igual que la libertad, la igualdad debe de interiorizarse no solo como derecho, también como obligación. De esa forma la haremos efectiva en nuestra sociedad.

[email protected]

Manuel Sánchez de Diego

Abogado y Periodista. Profesor de la UCM

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