El empresario Donald Trump ha jurado su cargo sobre la Biblia de Abraham Lincoln y sobre la de su madre. Es ya el 45º presidente de los Estados Unidos. Eso quiere decir que sus palabras tiene ya otra relevancia, y como han hecho todos sus antecesores el nuevo jefe de la Administración le ha dirigido un discurso a la nación en el que ha fijado las prioridades de su mandato.
Trump ha recuperado un viejo lema, America First, América primero. Cuando se acuñó era el nombre de una plataforma que buscaba evitar la participación de los Estados Unidos en la II Guerra Mundial. Pronunciado por Trump, el lema tiene un sentido sólo parcialmente distinto. Ahora es el presidente quien lo asume. Tiene una implicación de política exterior, pero también una implicación económica.
El nuevo presidente no asume que los intereses de los pueblos de los distintos países tienen un encuentro beneficioso para todos en el comercio internacional, y que la cooperación económica en el mercado beneficia a todas las partes. Es un error que conduce a otros errores, como el proteccionismo, y que alimenta la desconfianza, cuando no el rencor, entre distintas naciones.
Donald Trump ha asegurado que el patriotismo es la vía para curar las heridas internas del país. Pero si ese patriotismo lo interpreta como nacionalismo económico, no sólo no va a conseguir sus objetivos domésticos, sino que puede ahondar en los conflictos que dividen el mundo.