www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Mal de muchos, consuelo de todos

viernes 27 de enero de 2017, 20:16h

“La humanidad es como es. No se trata de cambiarla, sino de conocerla”. Gustave Flaubert

No sé si conocen el libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva” del ya fallecido Stephen Covey. En las páginas dedicadas al cuarto hábito, se nos animaba a pensar en ganar/ganar, es decir, pensar tanto en nuestro propio beneficio como en el del prójimo, para así ganar ambos. Un hábito que ayuda a encontrar el equilibrio en las relaciones humanas con un sentido de bien común como estrategia de eficiencia social. Hoy me gustaría argumentar que la estrategia opuesta, que sería algo así como “pensar en perder/perder”, quizás pueda tener más fuerza y ser más eficiente que pensar en ganar/ganar.

Existe un extraño comportamiento humano que vengo observando desde hace un tiempo que, por otra parte, no debería sorprenderme en absoluto. Se trata de lo mucho que insistimos en ‘recomendar’ cosas, a priori perjudiciales, a nuestros seres queridos. Me intriga saber qué impulsa a una persona a medio obligar a otro ser querido, consciente o inconscientemente, a beber o a comer en exceso, a endeudarse o a arriesgarse más, a jugarse su matrimonio o a tirarse por una ventana (versión económica del “wingsuit”).

Durante una larga temporada que estuve sin beber alcohol, me veía en la incómoda circunstancia de tener que justificar mi abstinencia casi en cualquier situación social donde el alcohol era habitual. “Venga, tómate algo… hazlo por mí”, “no me digas que no vas a beber nada”, “¿me vas a dejar tirado y bebiendo solo?”, etc. Se hacen una idea. Es como si el hecho de no beber recordara al resto que ellos sí que beben, aunque muchos de ellos querrían dejarlo porque saben lo mucho que les perjudica. He sentido esta misma ‘inocente presión’ en variopintas situaciones relativas al trabajo, a la familia y, sobre todo, a la libertad (aquí se abre un amplio espectro de escenarios paradójicos, ya que hay ‘algo’ que nos fascina y nos encanta de las personas libres pero, en el fondo, resultan incómodas y molestas). Tampoco es fácil reconocer con cierta precisión las chispas derivadas del cortocircuito -sutil pero inequívoco- provocado por ‘esos desinteresados consejos’ relativos tanto a vicios “malos” (tabaco, alcohol, “fast food”, drogas, fármacos) como a vicios supuestamente “buenos”, como el deporte, el sexo, los viajes o el dinero. Vicios son vicios, adictivos y perjudiciales hasta para nuestro propio subconsciente.

En algunas ocasiones noto más empeño cuando tratan de animarme a hacer algo “malo” que cuando se trata de animarme a hacer algo “bueno”. Es decir, que a veces lo de “o jugamos todos, o se rompe la baraja” que expresa el deseo de una participación equitativa en el asunto del que se habla, perversa e inconscientemente se utiliza para que perdamos todos: perder/perder, nadie gana, pero nos solidarizamos e igualamos en lo “malo”, justo al revés de lo que aconsejaba Stephen Covey. No me atrevo a decir que se trate de envidia o de malicia, sino más bien de una especie de corriente energética que nos empuja a unirnos en la desgracia, como cuando un náufrago arrastra consigo a otro al hundirse.

Hurgando en mi cerebro no he conseguido encontrar un término que describa mejor el origen de tal comportamiento que la palabra ‘supervivencia’. Tampoco creo que sea miedo ni desazón, sino el resultado del cóctel explosivo de nuestro complejo entramado neural, genético y social que muy pocos llegan a trascender, en realidad. Los miembros del resto de especies animales aceptarían su desgracia, su vicio o su mala fortuna con absoluta naturalidad; uno pierde, el resto gana, pero en ningún caso arrastrarían a un congénere.

Como saben, las apariencias engañan y, en numerosas ocasiones, nos ciegan muletillas de corrientes motivacionales sospechosamente positivas como “cuanto más… más” o “ganar tú… para ganar los dos”. Creo que están ciertamente sobrevaloradas, ya que estoy convencido de que las personas se acercan mucho más en lo malo y se alejan -muchísimo más aún- en lo bueno. En épocas de desgracia o situaciones críticas nuestra capacidad (también insólita) de empatizar nos honra como especie, pero en épocas de abundancia y dicha… ya saben, somos unos chicos malos. Por lo tanto, me da la sensación de que perder/perder a veces puede ser una herramienta más poderosa para la fusión de intereses personales y profesionales, y estoy seguro de que muchos nos hemos sentido retorcidamente aliviados cuando nos hemos enterado de alguna desgracia ajena o nos han contado los detalles de la vida tormentosa de algún conocido. Humanos: curiosos y sorprendentes. No es maldad, sino biología.

“Cuanto más hablo con los hombres, más admiro a mi perro. No hay más que dos clases de hombres: unos, los justos, que se creen pecadores; otros, los pecadores, que se creen justos”. Blaise Pascal

NOTA: en 2016 fallecieron en todo el mundo 36 saltadores de wingsuit, todo un récord.

Nacho López

Asesor Financiero

NACHO LÓPEZ, dedicado al mundo de la banca de inversión y comercial, al mercado de capitales, al análisis y al asesoramiento bursátil, ha trabajado en los principales bancos españoles y en otros internacionales de primera línea.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (20)    No(0)

+
0 comentarios