Recientemente, la profesora Tusell ha invitado a un paseo por el teatro sagrado, con una pieza literaria, docta y erudita, que dejó boquiabierto al auditorio.
En su origen, el teatro era algo más que “lo que se ve”, más que un pasatiempo para entretener, era un acto místico, en el que participaban todos: actores y público, en representación de su humanidad, y los mismos actores, con otra careta, en representación de los dioses. El teatro integraba a hombres y dioses, música, danza y texto, sentimientos e ideales, maldades y virtudes, lealtades y traiciones, propuestas y críticas, lo humano y lo divino, en un proceso catártico, paralitúrgico, que se desarrollaba ante la estatua del mismísimo dios.
Luego degeneró; el teatro se convirtió en “ludum”, un juego, diversión, broma o estratagema para dejar estupefacto al público, que habría de congelar cualquier sentido crítico ante la magnitud y crueldad del espectáculo, o reír a lo tonto, ante la astracanada en que derivaban las chocarrerías propuestas.
Pero, al principio, el teatro estaba vivo, o más bien: era la vida la que se atisbaba detrás de las intervenciones actorales. El teatro era creíble porque hablaba de la vida, desde una posición de privilegio. Los actores eran personal levítico, adscrito al templo, igual que los sacerdotes. A fin de cuentas, representaban, alternativamente, al pueblo y a los dioses y vivían de hacer su representación en la escena. Ni aquel, ni estos eran menospreciables.
La tragedia era una solemnidad epifánica, con la que los dioses manifestaban su parecer a los mortales, sobre asuntos reales. Los actores eran vehículo para la manifestación divina.
Hoy, los representantes del pueblo, que desde hace algún tiempo (no mucho), ya no lo son “por la gracia de Dios”, han dejado en el camerino su propia dignidad, sagrada por el respeto que deben a sus representados. El teatro que representan en la escena pública es una farsa, sin gracia, que interpreta un plantel de voraces buscavidas, cuyo interés primordial se cifra en subir impuestos.
La altura de miras, desde el monte de oro igual que desde el pujol, está en recaudar más para manejar más recursos en el presente; y endeudarse más, para ser dueños también del futuro. Los actores ya no son personal levítico, se han convertido en demiurgos de corto alcance y anchas tragaderas. Tal vez, el monte de oro sea de oropel, porque, con la Ley en la mano, por supuesto, hay quienes cobran 1.800€ por desplazamiento para diputados provincianos, aunque tengan cátedra en Madrid, donde puede que vivan desde hace muchos años, usando alguno de los varios pisos que posean. En cuanto al pujol, es en sí mismo un iconostasio entero. ¡Qué vergüenza!
Altos representantes de la Nación andan de boca en boca, no sólo por causa del pindongueo que, en un país de cultura machista, eso es un valor y los comentarios son de índole laudatorio, cuartelero, pero de encomio. Por otra parte, desde María Luisa de Parma, ya es hora que estemos acostumbrados. La acidez proviene del arte de pillar, por la gracia, real y efectiva, de ir apandando alijos y convolutos, con métodos de alta escuela. Si a esos niveles se llega manejando la zurda, qué será cuando además manejan la diestra y resultan ambidiestros. ¡Más, y más alta vergüenza!
Más abajo, hay una panda de cuarentones y treintañeros, capitaneados por un caporal de oscura imaginación, recónditas intenciones y ayuno de ideales. Se dice que hay silencios estratégicos. Tengo para mí que, hay quien calla porque no se le ocurre otra cosa mejor que decir. Quien calla, otorga, o hace como el Claudio de marras que, ejerciendo de minusválido, sorteaba venenos y ascendió al trono imperial. ¡Cuánta vergüenza ajena, nos hace falta!
El teatro medieval era catequético y didáctico; sin duda, útil en aquel tiempo. En el barroco, después del concilio de Trento, devino en auto sacramental, moralizante y regenerador; se necesitaba, tras pontificados como el de León X. En el Romanticismo, el teatro se plegó a lo emocional, que falta hacía al cabo de más de un siglo de Racionalismo. Y el teatro posmoderno ha llegado a ser experimental: los actores improvisan, dentro de un orden; tienen un asunto que ventilar, un conflicto a resolver y cada uno se lo plantea a su manera.
El teatro que se representa en la escena pública, ni siquiera es experimental. Los actores no improvisan. Hay quienes, por no escurrir sus meninges, se empecinan en el tautológico “no, es no”; otros se encierran en el “sí, señor presidente, a sus órdenes”; hay quienes, dándoselas de creativos innovadores resucitan los soviets, cuando ya los han cerrado, allí donde los experimentaron; también tenemos actores emperrados por resucitar a UCD, que en gloria esté.
Necesitamos un director de escena que crea en la humanidad de las personas, estimule su creatividad y siembre valores de solidaridad, respeto mutuo, veneración al medio ambiente, superación, adaptación al cambio, flexibilidad, integración de diferencias. Esto no puede calar, si desciende en forma de discurso, porque las palabras se las lleva el viento y de palabras hueras estamos ahítos. Necesitamos ejemplaridad, experiencias reales, que puedan servir, que han de germinar en los partidos, antes de llegar a escena.
Son los hechos los que son amores, jugar limpio, recuperar y llevar a la escena lo sagrado.