Gracias a la traducción del hebreo a cargo de Gerardo Lewin para la editorial Siruela, llega a nuestras manos ahora en castellano Lo que queda de nuestras vidas, de la escritora israelita Zeruya Shalev. Se trata de la cuarta novela de una de las voces más interesantes de la literatura femenina contemporánea. Destaquemos que esta novela recibió el premio Fémina Etranger en 2014 y que la autora ha sido galardonada con destacadas distinciones en sus anteriores volúmenes (Vida amorosa, 1997; Marido y mujer, 2000; Théra, 2007).
Lo que queda de nuestras vidas es un relato sobre las relaciones familiares que se articula a partir de los recuerdos y reflexiones de la matriarca, Hemda Horowitz, anciana y convaleciente en un hospital. En esta antesala de la muerte ve desfilar toda su vida: “Hasta para morir es necesario algún esfuerzo, cierta fuerza de voluntad... Hace falta una dosis de amor y ya nadie la ama lo suficiente ni ella ama ya a nadie hasta tal punto”. Se entremezclan en los sucesivos capítulos, sin orden preciso, recuerdos de su infancia y de su relación con sus padres, su matrimonio con un superviviente del Holocausto, la precipitada salida del Kibutz, su descendencia, el irremediable deterioro en la vejez, esa “edad extraña, como una infancia sin esperanzas”. Las visitas intermitentes de su hija Dina y de su hijo Abner, el preferido, serán el pretexto para adentrarse en la particular biografía de ambos.
En estos tres niveles intergeneracionales abuela-hijos-nietos, a los que se adosan numerosos personajes secundarios, se tejen los hilos de esta historia de intentos y rencores, de logros y de fracasos, de esperanzas y de hechos. Lo que la autora denomina el “lazo fatal y cíclico” de maternidad y orfandad, junto con otros temas universales como los celos, el amor fraternal, el desamor, la fidelidad o la rivalidad, pintan un cuadro completo de las relaciones familiares, que pudiera ser interpretado en cualquier contexto geográfico y en cualquier época. “Qué oscuros son los pactos urdidos en el interior de las casas en nombre del amor y la familia, sin contratos ni testigos, sin palabras ni misericordia”.
La incondicionalidad del amor maternal, la solidez de los vínculos de sangre, la igualdad entre hermanos, son otras tantas cuestiones, necesarias e incómodas, que aborda este libro. Con un lenguaje cargado de minuciosos detalles descriptivos y un tono que podríamos calificar de femenino, pero desprovisto de sentimentalismos, Zeruya Shalev nos regala profundas y punzantes reflexiones junto con algunos momentos líricos. Entre el barullo de madres, padres, hijas, hijos, hermanos y nietos, cada uno con su canción, sus inquietudes y sus frustraciones, el lecor encontrará algún oasis de calma para deleitarse con la luna creciente “delgada como un pelo de pestaña desprendido del ojo”.