El Frente Nacional de Marine Le Pen habría recibido de bancos rusos más de 11 millones de euros en condiciones muy ventajosas. A ello hay que añadir la filtración de informaciones sensibles sobre los candidatos de centro derecha al Elíseo, en lo que muchos ven ya como una operación tras la que está Vladimir Putin. De hecho, el ministro de Defensa, Jean-Yves Le Drian, admitía recientemente que su departamento había sufrido 24.000 asaltos informáticos frustrados en 2016, añadiendo que los partidos políticos y los candidatos habrían sido advertidos del riesgo de ataques similares.
No es el único caso. En Holanda, por su parte, las autoridades han llegado al extremo de ordenar el recuento de los votos a mano para las próximas elecciones, por temor a los hackers rusos. Por contra, el apoyo a las posiciones que defendían el Brexit en Reino Unido fue público y notorio. Y es un hecho que desde Moscú se pusieron numerosos obstáculos a la campaña de Hillary Clinton en las presidenciales de Estados Unidos.
A nadie escapa que de un tiempo a esta parte Rusia esta ganando protagonismo en la escena internacional; sin ir más lejos, todo lo relativo a Siria. Y tampoco es un secreto que a Putin no le interesa ni una Europa unida ni estable. Nada nuevo bajo el sol de la Rusia eterna: una colección de pequeños estados europeos de los que pueda hacerse un cordón sanitario que calme la tradicional paranoia rusa sobre su seguridad que, como hace muchas décadas definió George Kennan, implica la inseguridad del resto. Este debería ser, pues, un argumento a considerar por quienes dudan sobre el futuro de la Unión: que Putin quiera interferir apoyando posiciones extremistas y euroescépticas revela hasta qué punto es importante que Europa se mantenga cohesionada y que sus estados no apuesten por aventuras de origen incierto.