La filtración de la reunión mantenida por Mariano Rajoy y Carles Puigdemont el pasado enero en Moncloa convulsionaba ayer al nacionalismo. Los restos de Convergencia acusaban a Esquerra de dicha filtración y viceversa, mientras que la CUP clamaba por el intento de entenderse “con Madrid”. Un ambiente interno, por otra parte, que vaticina muy poca estabilidad en la Generalidad.
Mientras, con luz y taquígrafos, Soraya Sáenz de Santamaría mantiene encuentros periódicos con Oriol Junqueras. Se entiende -o, al menos, así debería de ser- que en la agenda de las reuniones se abordarán más asuntos aparte de la manida consulta ilegal; asuntos que, como decía ayer el propio Rajoy, “interesan de verdad a Cataluña”.
Lo realmente anormal es que sea noticia que el presidente de una comunidad autónoma se reúna con el del gobierno central. Hasta tal punto ha contaminado el nacionalismo la vida política catalana que Rajoy ha de verse en secreto con Puigdemont para no irritar en exceso a Esquerra y la CUP, que son -independentistas y antisistema- quienes llevan la manija del Govern. Que Rajoy quiera tener encuentros discretos con dirigentes territoriales tiene un pase, pero no que deba esconderlos por temor a quienes quieren romper el país.