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TRIBUNA

Putin o el nuevo zarismo

viernes 03 de marzo de 2017, 18:12h

Este señor de las artes marciales, ex espía y cabalgador de caballos a cuerpo desnudo, llamado Vladimir Putin, está creando una Rusia que a mí me da a mi género literario la comparación nada hiperbólica de un nuevo zarismo. La Rusia de Putin es una nación que quiere cerrarse en sí misma, flotando el submarinismo político de un conservadurismo nada progresista que es capaz de atacar cibernéticamente a sus enemigos, sean éstos países, empresas, medios de comunicación o Hillary Cinton. Putin es a Rusia lo que Donald Trump a Estados Unidos, esto es, la labranza de los nacionalismos y las dictaduras históricas que en nada ayudan a la evolución de las distintas civilizaciones más allá de los ejes fronterizos ruso-americanos. La relación maricona entre Putin y Trump puede con el tiempo desestabilizar la geopolítica de un siglo XXI que viene reconcentrada en el estesudeste del totalitarismo o el hitlerismo posmoderno.

Vladimir Putin es el culpable de esa guerra interminable que tiene en Siria a uno de los lugares más dramáticos de estos últimos tiempos. Los aviones rusos y la aportación armamentística al régimen de Bashar al-Ásad dotan de reflacción criminal a una nación que dejó de ser la Unión Soviética para retornar al zarismo de los Ramonov medicados por ese Rasputín que es ahora Donald Trump.

La falta de libertades y la infracción de los derechos humanos y civiles relatados en Rusia originan la colocación del aspa de San Andrés en las espaldas de los ciudadanos rusos contrarios a la oligarquía, el control de la justicia, la antihomosexualidad o el militarismo tanto físico como tecnológico que Vladimir Putin representa cuando actúa como la dinastía de los Ramonov a la que le hace falta el regreso de un Lenin que esta vez no traiga de Suiza su tablero de ajedrez o sus dictaduras proletarias, sino el ferrocarril posmoderno de la nueva democracia acrecentada en las libertades públicas y en las medidas económicas y sociales propias de una estepa en donde Ana Karenina no vuelva a suicidarse.

Putin, que se merece un “requiem eternam”, es una nueva Siberia en donde se encarcela a los críticos, a los periodistas o a esas féminas que enseñan sus grandes pechos rusos para que los vea por televisión ese judoka de musculatura gimnástica que es Vladimir P. No me gusta ni un ojo esta nueva alianza entre Estados Unidos y Rusia, pues veo en ella el advenimiento de un nuevo holocausto geopolítico en donde el gueto judío ahora no es Varsovia, sino la Unión Europea y un occidentalismo difunto convertido en humo que va tendiendo hacia su desaparición si no se sabe proteger de este Santo Oficio que son los Estados Unidos de América y el zarismo de esta reciente Rusia gracias al cual la pornografía política puede desmontar la vagina del cosmopolitismo o el pene de la internacionalización.

Tanto Putin como Trump cierran sus fronteras y se erigen como un nuevo orden mundial en donde el espionaje, las futuras guerras, el bestialismo transmoderno o el negacionismo de la solidaridad entre países avanzan hacia un destino incierto en donde la vida se aproxime al Kremlin o a la Casa Blanca como el ahorcamiento de toda esperanza. Lo dice quien esto escribe, Cide Hamete Benengeli, que soy yo.

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