Una persona puede tener fe o no tenerla. Puede ser religiosa o impía. Puede creer en un solo Dios o caminar sobre sus propias creencias. Puede honrar en público o hacerlo en soledad. Puede orar en bien de los demás o respetar que los demás lo desaprueben. Puede ser católico o no serlo. Puede amar y perdonar; pero si algo está por encima del propio hombre es la libertad individual de pensamiento.
Teniendo en cuenta que la libertad es la capacidad de la conciencia para pensar y obrar según la propia voluntad de la persona, la cosa no tiene vuelta de hoja. Nadie, ningún igual, incluidos los políticos, son valedores para menoscabar la merced de quienes profesan fe devota traída de un Dios para santificar la gracia divina y perdonar al semejante a través de la buena obra. Por eso, en un estado de derecho como el nuestro, la libertad nunca puede ser propiedad de quienes la tratan de forma coercitiva prohibiendo o eliminando las buenas costumbres. Y al hablar de buenos hábitos me refiero a esa clase de conductas que nunca atentan contra las leyes fundamentales de una nación bien gobernada.
La misa de los domingos en la 2 de TVE pretende ser suprimida y, por tanto, dejar de emitirse. Al parecer el Grupo Parlamentario Unidos Podemos ha presentado una proposición no de ley en el Congreso de los Diputados para exigir que Radio Televisión Española deje de retransmitir la Santa Misa como viene siendo habitual en su programación dominical desde el año 1974. El menosprecio hacia los católicos, -eso en los tiempos actuales parece ser una constante-, se agrava con la afrenta que se hace por los grupos políticos que lo sustentan. En este doble rasero filosófico no caben ni los contextos ni la disfunción ideológica, es la sinrazón y la falta de ética responsable, porque quienes preconizan la paz social como nueva bandera de este siglo, caen con demasiada frecuencia en la contradicción de sus actos. Ni lo comen ni lo dejan comer, o sea, laico pero anticatólico. No creyentes, pero enemigos de quienes sí lo son.
Y hablo de la paz social como cruzada para los sin techo, los marginados, los que en pobreza toman de la caridad el sustento que la sociedad declina en ellos, o sea, cuidar del menesteroso dando de comer al hambriento, asistir al enfermo, mantener leproserías o enseñar al que no sabe en cualquier remoto lugar del mundo. Eso, señorías, sí es hacer política desde las trincheras, una realidad muy distinta y alejada de cuanto emana de ciertos sitiales bendecidos por opulentos salarios, dietas y demás canonjías asociadas. En efecto, España es un país aconfesional, pero también se nos pide que seamos tolerantes; y la tolerancia, señorías, es igualdad de respeto.
Por tanto, la misa de los domingos en TVE no es traída como medio de doctrina, lo es para acercar la fe al enfermo, al impedido, a la soledad de cuantos necesitan una palabra más que un acto, o una caridad de ánimo más que el alivio de un fármaco. Son aquellas personas que prefieren contemplar con sus propios ojos, a través de la pequeña pantalla, a cuantas santas y santos se veneran como arquetipos de los mejores ejemplos. Este es un reino espiritual que a diferencia del terrenal todo el mundo tiene cabida, no hay color de la piel, da igual ser republicano que monárquico o apóstata que cogitabundo. Así de sencillo.
En fin, tomadas para sí las riendas de la fe, queda claro que es el amor de la generosidad lo que alivia, y de ahí cuanta privación de la esperanza se les haga a miles de personas, ya sea desde sus hogares, desde el hospital o desde un centro de refugiados, les conduciría a no sentirse amados. Por eso, como dice mi admirado Alfonso Ussía: “Al amor se le ama, no se le acosa”