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TRIBUNA

Cuando morir sale gratis

Juan José Vijuesca
miércoles 29 de marzo de 2017, 14:22h

El ser humano de orden no da pábulo cuando otros menoscaban la vida como si ésta fuera un simple juego de azar. Hoy la escalada de tanta barbarie llega a cualquier lugar, basta un simple golpe de infortunio para estar en idéntico sitio donde otros lo han escogido como peregrinaje de matanza. Cualquier clase de terrorismo lleva consigo el gen de truncar la vida de cualquiera por el simple hecho de cuadrar unas cuentas sin saldo. Nunca podremos ser iguales, ni tan siquiera parecidos, porque mientras para unos, la secuencia cultural entre semejantes viaja a una velocidad controlada por el respeto y la libertad; para otros, los que sacrifican vidas ajenas, lo hacen por el vértigo de no vivir más allá del odio y la pólvora que cubre su cuerpo.

El precio por ser persona de orden nada tiene que ver con el mercadeo de una guerra. Hoy las guerras son ajenas a las epopeyas de antaño, aquellas de campo abierto y trinchera, sin olvidarnos del cuerpo a cuerpo sobre el filo de una bayoneta y en medio de la nada. Hoy, como digo, basta con estar sentado en una terraza de cafetería, en el salón de un restaurante, viajar en transporte público o transitar por el paseo de la vida misma para que la barbarie haga un barrido. La muerte se interpreta a sí misma en un abrir y cerrar de ojos si el azar traiciona al caprichoso destino de estar donde se debe, pero sin el permiso de quienes alimentan el odio más extremo.

Como verán, los civiles de correcta condición participamos del conflicto como simples inocentes invitados a un rutinario ceremonial de crespón negro y minutos de silencio, mientras tanto continuamos siendo el objetivo indiscriminado de la trayectoria de una ráfaga, de una inmolación o de un cruce a cuchillo; porque morir a manos del terror es tan fácil que la vida carece de tiempo para pedir la vez. Te matan porque tienes la sangre fría de vivir sin tener miedo. Mueres por creer en la vida mientras ellos viven por creer en la muerte. Curiosa paradoja, pero es que la cosa funciona así. A ellos la vida les importa un carajo porque sus ideales forman parte del medallero del más allá, mientras que aquí, en la sociedad que les acoge y a la vez les entrena, estos individuos son simples elementos carentes de dominio. Son almas nómadas que se adentran en los mapas para cambiar el curso de los ríos, el relieve de las montañas y la fisonomía de los pueblos.

Los musulmanes de bien, gente de paz que rechaza el fanatismo yihadista, han de soportar el mal de ojo por las matanzas de sus congéneres del terror. Son los daños colaterales que se esparcen de inmediato como consecuencia de este sello terrorista. No se les culpa ni se les reprocha, ahora bien, si están en contra de la barbarie no estaría de más que tuvieran ese gesto de pacífica unidad saliendo por las calles del mundo clamando un “BASTA YA” Ese sería el mejor respaldo y la suprema respuesta para acabar con los recelos de unos y de otros. Diferentes culturas y civilizaciones guardan etimologías desde que el mundo tomó partida en el reparto de los puntos cardinales, de ahí que las distancias globalizadas se hayan aproximado entre nosotros para el aprecio de los buenos recursos humanos que aún existen. El resto, de aquellos otros que perseveran en el odio, los que no guardan relación con el hermanamiento son, como digo, siempre los mismos, pero son muchos y eso resulta preocupante, cada vez más.

Algo se está haciendo mal cuando la razón de lo común no es suficiente para perfilar una mejor convivencia. La sopa siempre se comió con cuchara y nunca con la mano y eso debe seguir siendo así, pese a quien le pese, como principio de higiénica costumbre. El resto forma parte de aquello que suele ser recomendable para momentos puntuales: “A donde fueres, haz lo que vieres” Respeto y convivencia, porque tanto a la vida como a la muerte conviene tenerlas como amigas antes que de enemigas y nadie, absolutamente nadie, tiene la patente de venir a cambiar ni las buenas costumbres ni el destino de cada cual por el simple hecho de un radicalismo, una locura de mandato o una bomba de racimo. El tiempo no siempre lo cura todo. Dicho queda.

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