Esta semana, Pablo Iglesias ha protagonizado su obra de teatro más ansiada. Rodeado del núcleo duro del partido, desfiló por el pasillo del Congreso de los Diputados hasta situarse ante el micrófono de la sala de Prensa. Circunspecto, con el rictus de cabreado que le caracteriza cuando habla, con el entrecejo fruncido, con la solemnidad que pretende, más que serio enfurruñado anunció, como si se lo creyera, que iba a presentar una moción de censura contra Rajoy. Contra la casta, contra la trama, contra la corrupción. Decidido a acabar con el Gobierno de un plumazo.
Vociferó un rato, insultó a unos y a otros, escupió bilis a granel y por donde vino se fue tan contento. Orgulloso de sí mismo. Feliz de protagonizar una vez más la vida política. Minutos después, PSOE, Ciudadanos y hasta el PNV rechazaban “el circo” de Podemos. La moción de censura fracasó al cuarto de hora de ser anunciada.
Pero las televisiones amigas, con sus presentadores estrella con el mismo rictus de cabreados que su líder, se lo tomaron en serio. Comenzaron a entrevistar a los diputados de Podemos, a tirar de archivo para recordar todas (muchas, sí) las corruptelas del PP con las imágenes de los dirigentes encarcelados… Y todavía siguen tomándose en serio la moción de censura. Como si quisieran resucitar lo que se había muerto poco después de nacer. Y ahí siguen. Tan serios y circunspectos. Como si se lo hubieran creído.
No le falta razón a Pablo Iglesias cuando se ensaña con los escándalos de corrupción del PP. Pero, de nuevo, le ha salido el tiro por la culata. En realidad le ha hecho un favor a Rajoy, que ya se ha choteado a su estilo del líder de Podemos. Y es que, en caso de llegar a celebrarse el debate sobre la moción de censura, el resultado final no puede ser otro que una victoria del presidente del Gobierno, pues dos tercios del Hemiciclo votarían en contra de la propuesta. O lo que es lo mismo, el líder del PP habría obtenido un apabullante respaldo del Congreso en la votación final.
Hay quien cree que, además de su desquiciada búsqueda de protagonismo, Pablo Iglesias quería interferir de nuevo en las primarias del PSOE poniendo en evidencia a la gestora, identificada con Susana Díaz, para beneficiar a Pedro Sánchez. Y también le ha salido el tiro por la culata. Pues hasta el ex secretario general socialista le ha criticado por la torpe y precipitada maniobra. Y quemaría su mejor cartucho parlamentario, pues si llega a presentar la moción de censura será la última de esta Legislatura.
En realidad, Pablo Iglesias anda desquiciado, pues mientras circula su “tramabús”, Ignacio González entra en la cárcel, Esperanza Aguirre dimite y los fiscales estallan de ira contra el Gobierno, Mariano Rajoy, está a punto de cerrar el acuerdo con el PNV para los Presupuestos y se pasea por Brasil, Uruguay y Bruselas como si tal cosa. Como si la corrupción le resbalara. Esperando que pase la tormenta. Tan pancho. Irritante sí.
Pablo Iglesias, si no quiere seguir haciendo el ridículo, debería aprender del presidente del Gobierno. Armarse de paciencia y esperar la oportunidad que, en su caso, no es otra que la de siempre. Aliarse con Pedro Sánchez, si es que gana las primarias del PSOE y, entonces sí, volver a la carga con el PSOE y los independentistas. La operación de siempre. La única para lograr su sueño de instalarse en La Moncloa. Hasta entonces, más que protagonizar “Una noche en la ópera” parece gesticular torpemente en una corrala de Lavapiés. Podemos se ha convertido, como mucho, en el camarote de los hermanos Marx, donde unos y otros se empujan, se atropellan, se tropiezan sin sentido. Y solo logran que el público se parta de la risa. Que se cachondee de Pablo Iglesias y sus cabreados colegas. Tan cabreados como los presentadores estrella de su dos televisiones amigas. Pero, de momento, todo sigue igual. Rajoy, contra viento y marea, contempla el circo de Podemos desde La Moncloa esperando que pase la tormenta.