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ESCRITO AL RASO

Macron, de mármol estatuario a presidente

David Felipe Arranz
lunes 08 de mayo de 2017, 20:31h

Nos comentaba el pasado miércoles el profesor Christian Manso, catedrático de Literatura española de la Université de Pau et des Pays de L’Adour, que le preocupaba esta Francia potencialmente populista y descontenta, que se mueve entre el fuego ultra del lepenismo y el decepcionante desastre de Mélenchon, incapaz de conciliar su trotskismo de salón con la izquierda socialista del más que interesante Benoît Hamon. Con razón. Al final se impuso la (supuesta) moderación del banquero de Rothschild, experto en inversión y ex ministro de Economía e Industria del hollandismo, Emmanuel Macron, que cuenta con el apoyo del sistema financiero del país: LVMH-FNAC-Canal Plus-Europe 1-Meetic-Vivendi y otras ‘majestades’ y ‘tronos’ del París mercantil de La Défense.

El niño bonito del CAC40 (el Ibex 35 galo), exrelator de la conservadora Comisión Attali –léase su informe premonitorio Una ambición para diez años (2007)–, que redactó en plena era de Sarkozy, por y para Sarkozy, Macron siente verdadera pasión por la privatización, empezando por las universidades y acabando por el domingo, que gracias a la Ley Macron de 2015 también es día laboral. Macron tiene vislumbres austericidas –ahorro público de 60.000 millones de euros, ‘flexibilización’ del empleo y facilidad para los despidos– y esto último lo torna codiciadero e impúdico, porque un neoliberal como él sabe que En Marche! –nombre que convoca sus iniciales– es mucho más que un lema y que detrás se ocultan connotaciones corporativas y neocapitalistas. Su gente, vamos. Ha prometido a sus conciudadanos refundar Europa, tarea que no consiguió Napoleón a golpe sinfónico de sus ejércitos, y presume de una tradición republicana al proclamar un “nuevo humanismo” que no sabemos exactamente cuál es, salvo que se refiera al precariato instituido por Hollande y las medidas económicas de su superministro que han arrojado a la calle a 500.000 parados más. Ni una palabra sobre la educación. Ni una sílaba de cultura. Ni rastro de las prestaciones sociales en su discurso ni en sus hechos, penetrando esa fontanería impecable, jacobina y centralizadora que le deja François.

Bancos de inversión, holdings mediáticos, amistades con multimillonarios, gestiones para favorecer a amigachos mientras fue ministro de Economía –caso Patrick Drahi y compra del operador SFR y de France Next Radio–… El pasado-presente de Macron, a pesar del postureo progre de una esposa 25 años mayor que él, con su aire a lo Jane Fonda de Amiens, con esa campaña de marketing de “hemos salvado el abismo generacional entre los dos”, no logra disimular el inminente beso político con Angela detrás de la cortina. Recortes, mon amour, más recortes. Es fácil proclamar la superioridad de la empresa privada por encima de todas las cosas cuando se recibe de papá Estado, por ejemplo, 5.000 millones de dólares y salvas a una fábrica de coches de un admirativo colegui. Y entonces el dato histórico y la foto montada por el gabinete de pringados serviles y bien pagados no te sale, Manu, ni por esa bella mujer de madura, serena y provinciana belleza con aromas de Picardía y un cole a orillas del río Somme que levanta pasiones. “Yo venía a por el sillón presidencial mientras los extremos se tocan”, pensó él. Y Macron, cuando empezaba a marmolizarse, le vio los muslos gloriosos a la República con lunarcito y cabellera rubia, y la montó a horcajadas, cambiando el luto riguroso y el rictus gélido de chico del sistema por la alegría neocon, un salto entre la escuela local con olor a chocolate de los jesuitas y los aviones de combate Rafaele que había que pagar.

El centrismo, al final, deviene en derecha, porque las equidistancias son imposibles. Especialmente en esta Francia despiezada que se encuentra en lo que cree el centro, que es un fantasma mental que inventó la crisis y el populismo y que piensa que el código laboral, cuanto más simplificado, mucho mejor. Los amores impulsivos es lo que tienen y el elegir por descarte nunca fue una buena opción, porque lo que ha de venir no quiere decir que sea necesariamente mejor que una Marine Le Pen de falda y coronela, xenófoba y antieuropeísta, taconeando por el Elíseo como si fuese Vichy,brexitando a placer al otro lado de los Pirineos.

Lo que les ha ocurrido a los franceses es que en el estrés de la segunda vuelta han elegido a un Albert Rivera de nivel, con más glamur y menos altanería y estiramiento de cuello cogido a lazo de corbata. Ni más, ni menos.

Twitter: @dfarranz

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