Hace muchos, muchos años, se podía contar cualquier cosa. Los marinos llegaban de mares lejanos, oscuros, y hablaban de bestias marinas y de abordajes, y de piratas, y al personal se le erizaba la piel, con la épica. A medida que el mundo se fue cartografiando, ya la narrativa se amansó a la realidad. Y la intentó domar, como a un monstruo. Proust y Joyce, que abrieron el infinito caudal de la realidad, por encima del realismo, a la novela, la escribieron con generosidad. Uno abriendo inesperadas compuertas al pasado, y el otro al tiempo indicativo presente, ambos irresponsables hacia el futuro. Y el otro gran novelista de la primera mitad del siglo XX, en una oscura habitación de Praga, como si no hubiera compuertas ni grandes ríos en Europa, ni pantanos, abrió la puerta de atrás de la gran consciencia del siglo pasado, escribiendo, con pulso fuerte, en su famosa noveleta, esta frase: “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”. Volvían las bestias a la intranquilidad humana, como lo hicieron con el ilustrado Goya, siglo de las luces, y sus monstruos que acechaban a la Razón.
Hoy, presente de indicativo, la épica de este país está en el Valle de los Caídos, donde quieren desenterrar al dictador Francisco Franco. Es el pasado, en guerra con el presente. Pero, ¿cómo se enfrentará el futuro a todo esto que nos pasa ahora?
Esta es la querida épica del país, que comparto. Pero mientras tanto van pasando otras muchas cosas. Si, por pequeñas, no menos relevantes, porque en el futuro nos habrán de pedir cuentas de ellas. Inauguramos el Internet, y desde el comienzo, los instrumentos que nos permitían disfrutarlo tenían nombres que nos remitían a lo desconocido: el “explorador” de Windows, el “navegador” de Internet. Nuevos mares, que ampliaban un mundo ya cartografiado. Cuando llegaron los delincuentes, los nuevos apátridas, los asaltadores de ese nuevo mundo del siglo XXI les llamaron ‘piratas’, y no está mal puesto el nombre. Nos dicen que sólo piden dinero, y, mientras tanto, las grandes empresas de Occidente, o el servicio de salud británico, han sufrido su secuestro esta semana. La Europol avisa de que el ataque tendrá nuevas consecuencias este lunes. Intentar explicarlo con épica sería vano, como fue aquella batalla de la prima de riesgo que, fuera del mundo de las finanzas, no se llegó a entender.
Habría que hablar de las pequeñas cosas, como Gloria Fuertes –he visto esa exposición sobre su obra, que se clausuró ya este domingo en Madrid-. La épica de lo que escribió la comprende todo el mundo.