Tomando como referencia a los efectos secundarios de cualquier hipnótico que interactúan como drogas psicotrópicas, el señor Maduro no ha tenido otra que hablarle a un puñado de vacas estabuladas. Lo ha vuelto a repetir de igual manera que en aquella ocasión lo fuera con la repentina aparición en forma de “pajarito chiquito” como reencarnación del mismísimo Hugo Chaves.
Ahora, como digo, las afortunadas han sido unas cuantas reses a las cuales se ha dirigido pidiéndolas ayuda en su particular cruzada asamblearia constituyente. El golpe ya está dado desde el preciso instante en que los muertos, la violencia y el desgaste social devoran a un país que no puede sentirse más abatido, menos apoyado y con escasas posibilidades de recuperar la normalidad. Me refiero a Venezuela. Lo peor de todo es esa falta de ayudas internacionales, lo que hace suponer que este es uno de esos conflictos rentables. La ONU, por poner un ejemplo, es una de esas organizaciones que da fe de todos los conflictos terrenales, pero que acto seguido los digitaliza y los archiva por su orden cronológico. O sea, nada de nada.
La vaca, como es sabido, es una especie animal bastante inane en cuanto a manifestar sus emociones, es decir, come y hace su bosta y poco más. Como todo animal de corte doméstico si le acostumbras a una relación de trato cordial es capaz de confiar en su amo y le seguirá allá donde vea que éste le cuida y protege, sobre todo a la hora de comer el pienso diario. O sea, lo que se conoce por estómagos agradecidos. Y cuento esto porque me resulta difícil de entender que una vaca, sea Frisona o Charolesa, Braford o Carora, se deje convencer por alguien que trata de ganarse su confianza a base de arengas para que estos bóvidos le ayuden en la Constituyente. Fea doctrina para el reino animal y momentos de enajenación para quien no hace otra que confirmar que la inestabilidad que vive Venezuela no obedece a cordura racional. Por lo tanto, en la deriva de un país en plena crisis social, económica y política, cuesta trabajo imaginar que vayan a ser unas cuantas vacas las encargadas de poner orden.
Comprendo que el señor Maduro se entregue a quienes puedan escucharle y a la vez carezcan de capacidad de réplica. Es lo más socorrido porque este tipo de animalitos suelen mascullar y poca cosa más, como ya dije. Muy diferentes de sus congéneres las reses bravas, que son de raza opositora, o sea, de las que embisten (con perdón y que nadie se dé por aludido). Lo cierto es que la situación en Venezuela se antoja peor de lo que nos cuentan porque este tipo de regímenes en lo único que destacan es en su capacidad de encarcelar al pensamiento contrario y a la vez maniatar de palabra y obra a quienes tienen el derecho a una vida libre y digna.
No obstante me he apresurado a contactar con ganaderos de renombre, a quienes aquí no voy a citar por aquello de la Ley de Protección de Datos. De todas las vacas que componen sus respectivas cabañas cada dueño me ha confirmado que ninguna de ellas está afectada por esta epidemia de adoctrinamiento constituyente. Uno se queda más tranquilo porque las plagas de hoy en día se hacen virales en cuestión de horas. Recuerden aquella epidemia de las vacas locas, sin ir más lejos. Eso es lo que tiene manipular el cerebro de un pueblo a base de credos dictatoriales, que la cosa acaba en encefalopatías espongiformes hasta quedar sometidos a merced del que manda.
El pueblo venezolano, en su inmensa mayoría, rechaza una injerencia militar. Tampoco desea convertir el país en guerra civil. Tan solo persigue una pacífica democracia y que el señor Nicolás Maduro abandone el Palacio de Miraflores, a ser posible un día antes de mañana, y con ello acabar de una vez con las guarimbas, la tiranía, el monopolio de unos cuantos y, en definitiva, recuperar la paz y la dignidad de todo un pueblo. Mientras tanto, el opositor Leopoldo López, a día de hoy y como tantos otros, sigue en la cárcel. Curioso que aquí en España haya quienes cobren porque así sea. Para que luego digan.