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TRIBUNA

¿Por qué no me siento cristiano?

viernes 19 de mayo de 2017, 19:58h
El título de este artículo no es otra cosa sino el robo que yo he realizado sobre el texto de Bertrand Russell “¿Por qué no me siento cristiano?”. Russell es uno de los mejores filósofos del siglo XX, aunque a mí me interesa más como metafísico que como científico analista -esto es, su vocación por la matemática y el lenguaje a la hora de explicar el mundo-.

Todo hombre necesita de alguna creencia para vivir desde ella y conforme a ella. Todo ser humano sólo es un pensar. En cuanto nos olvidamos de eso preferimos que la duda vital tenga la respuesta en un Dios, en este caso en el cristianismo. Todas las religiones -sobre todo las monoteístas- no son más que el producto de la cobardía del hombre a la hora de no saber pensarse a sí mismo. Para ello, para evitar todo dolor por la existencia, deja que su alma -que yo llamo mente- se corresponda con ese sentido que da la fe en un Dios. Como la vida, según decía Ortega, “está constantemente en la inmediata inminencia de quedar aniquilada”, el ser humano se recrea en la fe para construirse su propio idealismo que no es otra cosa que torpeza, irracionalismo, fantasía y farsa. Todo cristianismo proviene desde la falsedad. El cristiano se ha creado un mundo propio incapaz de ser soportado por ese paganismo que proviene de la razón. Fue Tomás de Aquino -el único canonizado o santificado a lo largo de los tiempos por su obra y no por su milagrería o su piedad- el que trató de explicar la fe a través de la razón, esto es, una fe racionalizada. Pero considero que el tomismo se equivocó, aunque consiguió dar una vuelta de campana al mediavalismo constrito y furioso y fundamentalista que por entonces, como hoy, era vigente. El cristianismo no es otra cosa que una adicción más, como las drogas o el deporte. Yo no me siento cristiano porque no me quiero sentir dependiente absolutamente en algo superior, en algo que es incomprensible, confuso, novelesco. Todo cristianismo proviene de la profunda acción de una novela escrita desde su fabulación tras la muerte de Cristo. Estoy yo más cerca del superhombre nietzscheano que de ese ser superior que únicamente nos descoyunta como seres humanos. La aniquilación del cuerpo, del deseo, de la felicidad en este paraíso tan cercano que es nuestra propia vida atisbada desde lo racional, del placer, del hedonismo, de la libertad en definitiva, sólo para un cristiano es jurada y requerida en los templos por mediación de la piedad, de la compasión, del pecado y de una inmortalidad del alma cuya génesis han intentado interpretar todos los filósofos desde el principio de los tiempos. El miedo a la muerte es la única llamada a la fe cristiana. Todo lo demás no es sino ficción, creencia idealista, moralismo y despiadazamiento de la propia realidad del hombre. Sin la resurrección de Cristo, no habría cristianismo. Ése es el único paradigma que corporativiza el amor a un Dios que ya Friedrich Nietzsche se encargó de matar. Nietzsche adivinó la muerte de Dios a través de la aniquilación del último hombre, porque ha sido el propio hombre el que ha matado a Dios. De ahí la idea del superhombre nietzscheana y el eterno retorno de sí mismo.

Insisto: no me considero cristiano porque me siento arrastrado hacia la volición, hacia la otredad, hacia mi drogadicción. Mis drogas vienen de este mundo y no son otras que en la creencia en la naturaleza, en el panteísmo, en el confucionismo, incluso en la vida ejemplar del príncipe Siddhartha. Me considero más budista que cristiano entendiendo al budismo como el alimento de únicamente aguas y hojas, del autoconocimiento, de la iluminación. El dios cristiano no ilumina, sino que pervierte toda mente, desde su consecuencialismo psico-corporal, hasta devenir en la basura, en la humillación, en la falsa ética, en la violencia con que el cristianismo ha ido conquistando Occidente sin tener nunca en cuenta la felicidad intrínseca y natural del hombre. El cristianismo es un consumo de cocaína, un analgésico para tratar de evitar el dolor. Pero el hombre debe abordar todo el dolor desde su materialismo y su dignidad como ser vivo, tal y como nos dijo Shopenhauer.

Lo digo yo, Zaratustra.
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