La masa humana es un espacio de anonimato, donde cada quién abdica de su personalidad singular y se sumerge en una turba emocional, vociferante y abducida por los otros. Miles y miles de personas se echan a la calle, dispuestas como espejos a reflejar la gloria ajena, como si fuera propia. Los otros, gente sin nombre ni apellidos, llevan la voz en grito, el frenesí impetuoso, que galvaniza a los demás, produciendo un tornado de emociones absolutas y excluyentes. Este marco resalta la idea de Erasmo: “sabiduría es dejarse llevar por la razón y necedad ser arrasado por la pasión.”
Cada quien abdica de su propia personalidad, travestido con la indumentaria e insignias del equipo ganador, corea su grito de guerra, canta su himno y exhibe exultante sus iconos. La persona que abandona su identidad, pierde la consciencia y transfiere la toma de decisiones al cúmulo social. El yo desaparece fagocitado por la horda, cuyo poder es impredecible, caótico, de ménades desatadas, capaces de matar, como atestigua algún suceso futbolístico no muy lejano.
Hoy tenemos muchas ménades furiosas, bravas, cegadas por la adrenalina. El Orfeo que han de abatir siempre milita en el equipo contrario. Así pues, tenemos tantas ménades como orfeos, según el punto de mira. Cuando Orfeo pierde a Eurídice, musa apolínea del canto y el arpa, se consuela con lo que encuentra. Pero, Jung diría que este proceso pertenece al inconsciente colectivo. Y Perls recomienda “dejar dormir al perro que duerme”. Así pues, yo obedezco, sin rechistar.
Volvamos al amasijo: la masa humana arde en fervores, rendida de admiración a los pies de sus héroes, a quienes jalea y exalta. En tiempos de laicismo, ya no los sacraliza, como a los antiguos generales romanos, cuando eran recibidos en triunfo y divinizados. Pero, la apoteosis llega, irremediable, ante el trofeo: saltos compulsivos, llantos, griterío y euforia en estado puro.
Esta ebollución de los sentimientos no es ingenua, ni espontánea, sino fruto del condicionamiento social, labrado primorosamente, con el tesón y persistencia de un proceso de Pavlov, y la complejidad consistente del aprendizaje social, hasta conseguir un histrionismo colectivo, en situación límite.
Cuando la emoción se desata, la razón queda atada y bien atada; no se puede discurrir porque no queda tiempo; la expresividad emocional acucia y la acción deslinda cualquier asomo de duda. Todo se sucede con aceleración eléctrica, convulsa, atropellada, porque está a los mandos el cerebro medio, bloqueando la intervención del neocortex, el pensador. En tal circunstancia, el animal deja de ser racional y se queda en visceral.
En la fase de resaca, queda el saboreo deleitoso del triunfo: rumiar compulsivamente las jugadas, resaltando la destreza y virtuosismo del protagonista; rememorar la explosión emocional, que es una recidiva como otra y también condicionante; vivir vicariamente, una y otra vez, la transfiguración que convierte la prosa en delirio místico, la grisalla en colores naif y la ordinariez en exaltación maníaca.
Es decir, estamos ante un proceso de enajenación colectiva. Hay personas que viven el fútbol como una dimensión fundamental de sus vidas; registran la biografía, avatares, agenda, lesiones y novias de sus ídolos; profesan veneración religiosa al equipo elegido; hacen esfuerzos sustanciales para desplazarse, aquí o allá, y presenciar un partido; sacrifican su tiempo, la dedicación a su familia, su dinero y hasta su salud, con tal de cumplir con sus rituales. Hasta la profesión ideológica puede estar mediatizada, de forma acrítica como en toda religión, por el equipo de devoción.
Nada importa que los ídolos defrauden a Hacienda y sean insolidarios, ni que ostenten una flota de automóviles propia de jeques, ni que epaten a sus fervientes adeptos con un tren de vida de sátrapa oriental antiguo.
El proceso de condicionamiento se alimenta desde los telediarios, dando espacio a las estrellas, aunque hablen a trompicones y mal, unos por extranjeros y otros porque no tuvieron tiempo de aprender. Llueven reportajes de periódicos no especializados. Las instituciones rinden pleitesía a los héroes, más que si fueran descubridores científicos. Los periodistas dan la vuelta al mundo, de peña en peña, recogiendo el éxtasis derramado por doquier.
¿A quién beneficia el despliegue?
Los antiguos romanos demandaban panem et circense, equiparados por la copulativa. Hoy, como el pan ha de ser sin gluten, nos espantan los transgénicos y en los circos ya no trabajan animales, la petición es: sufragium otii et pilam ludi; esto es, seguro de paro y pelota de juego. ¡Hala, España!, que hasta el señor Presidente lee el Marca, ya que The Economist es muy aburrido y encima lo escriben en inglés.
Que el futbolista haya de hacer deporte, es algo irremediable. Que transmita un modelo de vida de excelencia, no se contempla. Que sea un referente para la juventud, resulta una petulancia. Sólo importa que meta más goles que los que se deja meter y gane. Ganar, el valor es ganar, porque ganar entontece.
Sin embargo, necesitamos el ocio; después del negocio. Nos conviene el disfrute lúdico; tras el esfuerzo concienzudo. La alegría de vivir es salud; por alivio de la disciplina. Y así; cada acción en su cauce.