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TRIBUNA

El juramento

Juan José Vijuesca
miércoles 05 de julio de 2017, 20:16h

Como casi todo en estos momentos, lo de jurar, sea cargo u orden de atestiguar, ya no resulta creíble. El juramento de Santa Gadea nos queda lejos como ejemplo de su romancero juglaresco, pero siendo éste leyenda o cierto, no es menos aleccionador para tenerlo en cuenta, pues los tiempos que hoy nos acompañan nada de aquello sirve como muestra de dechado: Le toman jura a Alfonso por la muerte de su hermano;/tomábasela el buen Cid, ese buen Cid castellano,/sobre un cerrojo de hierro y una ballesta de palo/ y con unos evangelios y un crucifijo en la mano.

Hoy, por desgracia, ya no existe ni épica ni ética. El ritual ese del protocolo de nombramientos de autoridad pública, ya saben, cargos con la redundancia de ser una carga para nuestros bolsillos, juran en intenciones de honradez de servicios. Y da igual que lo hagan por imperativo legal, por fidelidad al cargo, por respeto a la Constitución, sobre la Biblia sin leerla, y otros renegando de ella sin leerla tampoco. El caso es que juran y prometen con un “sí” que luego se convierte en un “ya veremos” o en un “no” cuando quieren decir “depende de la coyuntura” De tal manera que si lo que prometen en campaña es consecuencia de una trola pingorotuda, ya me dirán a qué viene tanta fanfarria, porque la cosa no está en jurar, sino en cumplir; pero claro, con las canonjías de serie que catequizan el cargo bien merece la pena hacer voto en vano. Baste recordar que las dietas de comidas de un diputado ascienden a 870 €, mientras que el salario mínimo es de 648 € De manera que cuando un diputado gasta más en comer, que un obrero en vivir, es que algo no funciona a la hora de ofrendar.

Antes, y para la ocasión, resultaba muy socorrido aquello dado en decir: “lo juro” y máxime si ello iba acompañado de un aval o garantía “lo juro por Dios”; “lo juro por mis hijos” o “lo juro por mi honor”. Con el tiempo se fue menoscabando el homenaje al deber dando paso a otros convenios de palabra u obra. Y así las imprecaciones se han ido reconvirtiendo hasta llegar a la corrupción y al engaño manifiesto.

A Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre” Lo recordarán cuando la señorita Escarlata O’Hara lo sustanció en la épica de “Lo que el viento se llevó”. Juramento o promesa muy fácil de soltar en la ficción, pero en la realidad hay quienes cobran una pensión de viudedad de 392,25 euros al mes. Ya me dirán si no es para pasar hambre por mucha soflama peliculera de la caprichosa señorita Escarlata.

Quienes hemos hecho el juramento a la bandera guardamos el beso de la precocidad patriótica. Ya sé que esto puede sonar algo cursi, pero a quienes acostumbran a jurar en barbecho, cualquier manifestación de pudor y sentido de la lealtad les origina un sarpullido de lo más purulento. Es el acné de lo insolvente.

Los hay quienes acostumbran a jurar en hebreo y en arameo. Debe ser algo apasionante, quizás por el ritmo que desprende el gorjeo de lo inaudible para prometer una cosa y luego hacer la contraria. O sea, echar votos y reniegos al mismo tiempo.

Hay quienes nunca se han dado en jurar. No lo necesitan porque siempre cumplen con sus adverbios de lugar, tiempo y modos. Dan su palabra y la cumplen sin fiadores ni remilgos porque nunca han necesitado de la doble lectura que guardan los florilegios de algunos y algunas. Yo tampoco acostumbro a jurar, soy más de tomar nota y luego dar fe de los incumplimientos ajenos. Hoy en día eso de prometer o firmar cosas para después incumplirlas da mucho juego para el oficio de escribir. Recuerdo como alguien de manera ufana se jactaba de haber firmado una letra y gracias a que estuvo atento no la pagó llegado el vencimiento. “Si me descuido, la tengo que pagar” –dijo con recochineo. Por eso vengo a decirles que el juramento de hoy resulta un asco y un fiasco.

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