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TRIBUNA

No digáis la palabra libertad

viernes 07 de julio de 2017, 20:14h

Queridos lectores, os digo que no digáis la palabra libertad. No la digáis porque toda ella está llena de materia viscosa o de galeras dispuestas a zarpar desde el puerto caníbal en donde amarran sus yates las élites que dominan el mundo. No digáis la palabra libertad porque dicha élite ha editado en estos últimos tiempos, décadas que son siglos, esta inmensa farsa con que se construye un wansterismo empalizado con ese biopoder que arrasa con todo: con las razas humanas, con el medio ambiente, con la misérrima pobreza, con ese póquer con que se juega con la Gran Banca, con esos espantapájaros que son los políticos, con la construcción feroz de las grandes instituciones económicas y sociales que cornean todo el mundo, en definitiva, con la esperanza de algún día poder decir la palabra libertad sin que el sistema monetario actual continúe cifrando los colores de los mejores pintores expresionistas vistos desde la altura de la pirámide con el objetivo de continuar encarnando el delirio, el caos, la militarización de las naciones, la muerte de tantos niños en el sur o siguiendo con el crecimiento de la deuda atesorada por los intereses financieros los cuales producen el colapso de una economía que navega de ciclo en ciclo arruinando la herboristería de la aldea global.

No digáis la palabra libertad hasta que no vivamos en ciudades circulares en donde el dinero haya desaparecido y la mecanización producto del afianzamiento de las nuevas tecnologías provoquen la desaparición de esa adicción al capital que estas mafias del monetarismo sufren como un trastorno ciclotímico. No digáis, queridos lectores, la palabra libertad hasta que no se nos quiten las cuerdas con que nos atan los brazos para que no podamos levantar la voz y gritar hasta la afonía algo parecido a “esta vez sí que vamos a cambiar el mundo”.

Incardinado en mi siempre presente pesimismo, esta noche de insomnio en que escribo este artículo me ha desvelado que es posible un nuevo tablero existenciario en donde todas las civilizaciones del mundo recuperen su unidad y por tanto su identidad humana con tal de abreviar esta ya tan larga agonía en que el hombre sigue resistiendo este holocausto que es el Sistema en el que política y económicamente da la impresión de estar tan amarrado al eje central del planeta siendo imposible su caída y, por ende, su desaparición. Todo imperio al final cae porque siempre ha existido una humanidad que lentamente ha ido carcomiendo esta almadraba que es el biopoder. El poder no puede resistir durante tanto tiempo teniendo en cuenta el colapso financiero y fantasmagórico en que hoy por hoy nos encontramos. Somos cuerpos acuchillados diariamente porque todos estamos endeudados, trabajando para una productividad de objetos o de abstracciones desde el esclavismo y el miedo a perder el empleo por culpa de la presión que las grandes corporaciones realizan mientras compran y venden petróleo, gas, combustibles fósiles, el político imbécil, el corredor de Bolsa, el ejecutivo cocainómano, los vicepresidentes de las cancillerías o de los despachos de la administración de los inmensos emporios o los directores de los laboratorios de investigación y desarrollo a los que sobornar denegando las patentes ante, por ejemplo, la ruta a seguir para curar el cáncer en su globalidad. Por lo tanto, no digamos libertad hasta que se esfume el control y vigilancia de cada uno de nosotros dando como consecuencia los conceptos hermenéuticos de criminalidad, delincuencia sistemática o atrocidad humanitaria en su conjunto. Yo digo que debemos intentar cambiar las cosas porque urge la necesidad de vivir plácidamente, con sosiego, en recreo, creando o imaginando, escuchando el latido de nuestros corazones que siempre suena a Chopin. Somos polvo de estrellas producto del estallido de una supernova y deseamos no continuar colaborando con esta violencia estructural con que nos ataca cotidianamente el biopoder.

Gandhi dijo que no hay peor violencia estructural que la pobreza. Por tanto, no digamos la palabra libertad hasta que las civilizaciones enteras, desde la posesión de las tecnologías y la posciencia, cambien el modelo de convivencia entre la inmensa mayoría de pueblos y culturas y sociedades y razas y comunidades que hoy están siendo aniquilados por el sistema monetario, el neoliberalismo, la globalización económica y esas ansias de poder que eróticamente estimulan las decisiones que este proselitismo adopta cuando así lo ve conveniente para su propio gozo y lucro. El mundo está en muy pocas manos -las manos sucias de Sartre-. Es hora que a nivel interplanetario rompamos esas manos y a la luz de la justicia, de los derechos humanos, de la fraternidad o de la igualdad por fin podamos algún día no muy lejano esta vez sí decir en voz alta la palabra libertad.

Luego podemos dedicarnos a darle de comer migas de pan al pez de nuestra pecera o a hacer el amor con nuestra esencia, única y celebrante en este nuevo milenio. Necesitamos amarnos y que no por ello nos dé vergüenza. Somos las quintas amapolas de todo este amor que está volviendo a nacer en los grandes jardines del mundo. Amor que nos viene desde las auroras boreales. Sepamos interconectarlo gracias a la fe que dota siempre de poesía y mitos toda revolución, cualquier revolución. Dejemos de ser la hojarasca y comencemos de nuevo, de arriba a abajo, a dotar de una nueva arquitectura a nuestra voluntad de poder. Seguro que nos irá mejor.

Lo digo yo: Zaratustra.

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