TRIBUNA
Puigdemont y sus legionarios
viernes 21 de julio de 2017, 19:41h
Actualizado el: 21/07/2017 20:01h
El provenzal Puigdemont, flequillo de beatle, ha maniobrado de manera escandalosa para colocar a sus legiones acólitas al régimen independentista para asegurarse una contundente prosperidad de cara a la organización y al resultado final del referéndum del 1 de octubre. El beatle Puigdemont se ha quitado de encima las pulgas que le molestaban y ha impuesto una oradalía de chupones y amores fieles. El amor por la independencia de Cataluña es un amor de matrimonios hasta que el cielo los separe. No hay posibilidad de divorcio, porque el divorcio se ha prohibido en todas las instituciones catalanas para que no se pongan de moda los cuernos y las separaciones por los juzgados. Todo, según el beatle, tiene que quedar atado y bien atado. No hay motivo para la sorpresa, para la renuncia, para la crítica o para la abnegación. O estás conmigo o te quito de director de los mossos d’escuadra. Los últimos cambios del gobierno de la Generalitat no hacen más que constatar esa unidad necesaria para que triunfe esa ideación un tanto desmedida del separatismo. Todas las lluvias caen iguales sobre la Sagrada Familia. Todos los lenguajes han sido manipulados para que no haya ningún torcimiento a la hora de pronunciar correctamente la lengua catalana. España tiembla y Cataluña impone el curso de la historia hacia un presente que no se sabe muy bien si será feliz o amargo.
Estamos en unos de los momentos más importantes de la reciente historia de este país. La situación arde como hogueras encendidas por las brujas. Todo es como siniestro y asfixiante. Aquí no hay vuelta atrás. El discurso independentista ha llegado hasta su velocidad de carrera automovilística. Después de tantos años de cordialidad, de pujolismo, de derecha apoyando en el Congreso a las derechas españolas y a las izquierdas como moneda de cambio para beneficio de la que fue una de las comunidades autónomas más ricas y más prósperas gracias al esfuerzo vital y combativo de todos los catalanes, ahora toca la hora de la verdad. A Cataluña no hay que quitarle el mérito de haber aportado riqueza al Estado español repartiendo sus beneficios durante muchos años. Eso se vio como una gran esperanza para el funcionamiento de todas las Españas. Pero llega el tiempo en que los reyes quieren para sí todos sus tesoros. Llega el tiempo en que la economía es un animal monstruoso que quiere su casita y su hogar en donde se origina el nacimiento de las monedas. No lo dudemos. El problema catalán es un problema de dinero, de monetarismo, de avaricia quizá bien pensada y estudiada, incluso asumible. Pero una cosa es no repartir el pan y otra amasar la harina saltándose todas las leyes y todos los compromisos constitucionales que decoran todos los regionalismos peninsulares e isleños. España no está para trocearse, porque si evolucionamos en esa inercia con el tiempo el Estado español quedará reducido a las dos Castillas y Andalucía.
Comprendo el derecho de los catalanes a querer vivir en su casita con su animal monstruoso, incluso entiendo que el referéndum no es otra cosa sino la cesión para la gestación de un acto plenamente democrático. Pero Puigdemont y Junqueras lo van a pasar muy mal si finalmente se afianza la ansiada República Catalana Independiente. Ellos solitos, sin el apoyo internacional y con la negativa española a apoyar esa soledad, lo van a tener muy difícil para seguir siendo la tierra tan próspera que en estos mismos momentos son. El aislamiento es más perjudicial que una enfermedad terminal.
Estoy muy expectante a qué es lo que va a ocurrir el día 1 de octubre. Pero sobre todo al día siguiente. Está claro que las urnas se van a poner en las calles y que los mossos van a cuidar con fuerza y diligencia a que los comicios se ejerciten con normalidad. Cospedal quiere enviar los tanques, pero eso es una bromita de mi Lola que no es cabal y que nos retrotrae a tiempos más antiguos, cuando todo se forjaba desde la violencia y las invasiones. Algo se ha hecho mal en estos últimos años. No sé muy bien el qué. Pero esta situación debería haberse aplacado desde el ejercicio furioso y amistoso de la política. Aquí se ha hablado poco y debo reconocer que en algunos momentos el Estado español ha maltratado a Cataluña –pongamos lo del Estatut, por ejemplo, entre otras cosas-. Ahora llega la gran batalla y el resultado final sólo lo conoce el cadáver de Jaime I, quien está muerto pero muy vivo con la momia rodeada de esteladas. Ha empezado la cena. Veremos cómo al final se brinda con champán o con el ineludible asteroide del drama.