Cuando una verdadera democracia triunfa es cuando es capaz de eliminar todos los despojos del pasado. La Historia que ha causado dolor y viles acontecimientos causantes del retraso y del oprobio de una nación deben borrarse de la contemporaneidad como se borra un pasado que más que causar esplendor lo único que ha producido ha sido angustia, muerte y violencia. No cabe la menor duda que la época ominosa del general Franco, embocada por una cruenta guerra civil en donde por la fuerza se depuso a un gobierno elegido democráticamente es esa zona oscura de una Historia que todavía no está olvidada, pues quedan por ahí perros dolorosos que continúan santificando una época que sólo produjo una excavación en la inercia vital de un país que tuvo que sobrevivir desde la abnegación, el cerco autoritario y una profunda crisis en el avance de España hacia la modernidad. La dictadura franquista fue el más terrorífico actor de un teatro cuyo horario de función daba la impresión de que no acababa nunca. El franquismo fue el gran drama de un tiempo en que desde la represión, la propaganda, el cierre de fronteras, el aislamiento, las cárceles llenas de presos políticos, los muertos enterrados en las cunetas de los caminos detuvo la libertad y la prosperidad, más la estética de una occidentalización que cercenó la colectividad política después de la Segunda Guerra Mundial.
Franco murió de cansancio y hastío, mientras en España ya se estaba preparando desde la clandestinidad el regreso de la normalidad democrática. Se le enterró en un palacio barroco y pedregoso con una cruz que parecía que tocaba las alas de los ángeles, junto a José Antonio, otro de los seres siniestros de la historia española. Durante la transición los nostálgicos del franquismo adoraron dicho monumento y lo elevaron hacia los maitines de la divinidad. Ya han pasado demasiados años después de aquella adoración burda y cruel. Y yo me pregunto: ¿Después de tanto tiempo de amores fatales, cómo es que ese monumento que simboliza el terror de un tiempo de nuestro país cómo es que sigue ahí, incubando el odio, la fatalidad y la vergüenza de una España que ya debía haber demolido todo recuerdo de la crueldad?
Esos fanáticos con el cerebro agujereado que siguen todos los días llevando ramos de flores al pequeño gallego, y que afortunadamente ya son una minoría apenas visible deben ser anulados de la rememoranza de un asesino. Es el gobierno español el que debe adoptar las medidas necesarias para que el Valle de los Caídos no siga siendo el lugar en donde continúan escribiéndose los versos satánicos. Sin embargo, da la impresión que el Partido Popular no está por la labor de que todo aquello que causó tanta sangre y tantas vidas destrozadas se invisibilice aunque sea por un acto de dignidad y de reparación.
La ley de la memoria histórica firmada por Zapatero parece ser que está siendo burlada y taconeada por este gobierno conservador del que presumo todavía algunos de sus integrantes siguen formando parte de aquellas familias que hicieron sus vacaciones y sus fiestas en tiempos del dictador. Es una ofensa para los tiempos que corren que todo lo que perteneció a una parte de la Historia de este país que debe ser olvidada y ocultada a martillazos gruesos y definitivos todavía no se resuelva de una manera categórica y necesaria. España necesita enterrar su propio holocausto, tal y como hace ya muchos años hicieron Italia y Alemania. Toda sinrazón debe ser deconstruida por la razón de la legalidad democrática. Si queremos ser una nación limpia de negror y de resistencias que sólo hacen que crear una imagen pantanosa no sólo ante la inmensa mayoría de nuestros ciudadanos y de la internacionalización, sino ante la creencia de nuestras actuales gobernantes, nuestra reciente Historia debe ser depurada e higienizada para empezar a pensar que realmente España es un país con el pensamiento puro y la memoria curada de esta enfermedad maldita que es el franquismo. Nuestra democracia sigue oliendo a orina de perro con una pistola amagada en el cuello. Salgamos definitivamente de la permanencia de este infierno. Y que todo sea polvo y nada más que polvo.