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TRIBUNA

Barcelona, último frente de guerra del yihadismo

viernes 18 de agosto de 2017, 20:55h

En cualquier lugar, a cualquier hora, en cualquier situación. No importa de dónde vengas, a dónde vayas, tus creencias políticas o religiosas, cómo te llames, la edad que tengas. De la implacable y macabra lotería de muerte que ejercen los asesinos de DAESH, todos llevamos papeletas. Es tan fácil matar. Sin mirar a quien. Somos solo objetivos en el punto de mira de los que han salido a la calle con el fin exclusivo de masacrar. A cuantas más personas, mejor. Suena a poco hablar de atentado terrorista para describir una imagen tan salvaje como la de un vehículo abollado después de arrollar a sangre fría a personas que el conductor ni conocía, escudándose antes de acelerar en fanatismos que son únicamente una demostración cruda de odio. El odio más ciego, más sordo, cruel e injusto que pueda albergar un ser humano contra otro. Es el credo llevado al extremo por el ISIS, sin él no existiría. Un encono demente que traspasa fronteras, convirtiéndose en cajón de sastre donde cabe cualquiera que albergue dicho sentimiento, incluidas las insatisfacciones de jóvenes occidentales que encuentran su lugar en el mundo detrás de una bandera negra que ordena matar. Una secta que practica videojuegos de guerra en la vida real, donde los psicópatas en potencia de cualquier lugar del mundo pueden llevar a cabo sus fantasías sangrientas, arropados por una organización que enaltece el mal y premia a los vasallos que se cobran más “piezas”.

Llegué a acusarme de exagerada cuando empecé a pensar – y a escribir - que la Tierra estaba cada vez más dividida entre quienes tratan de exterminar a los que no son como ellos y aquellos otros que nos limitamos a vivir en libertad, con mayor o menor suerte y acierto. Por desgracia, en mi temida exageración me quedé extremadamente corta. Llevo años escribiendo artículos para denunciar la sentencia de muerte que unos asesinos vestidos de negro han dictado contra todos nosotros. He publicado columnas sobre sus matanzas en cualquier parte del mundo. Al principio especialmente en el norte de Irak y Siria, punto cero de esta guerra que algunos todavía pretenden librar solo en cumbres internacionales, sin endurecer las penas y emprender acciones contra esta cobarde forma de asesinar que golpea a países tan lejanos como Nigeria y Rusia. Y, por supuesto, a Europa. Países enteros del viejo continente convertidos en frentes sin trincheras. Nunca he logrado hacer distinción entre las víctimas por su nacionalidad, menos aún, por su religión, estatus social o color de piel. Tampoco por la forma y el lugar en que perdieron la vida o las circunstancias que les llevaron a caer en manos asesinas. Con independencia de que se tratara de reporteros norteamericanos, niñas nigerianas, cooperantes europeos, turistas de cualquier país del mundo, pasajeros de un avión o un vagón de metro, universitarios o misioneros.

El primer artículo en que hice referencia al DAESH fue con motivo del degollamiento del periodista estadounidense James Foley, y les confieso mi desolación al comprobar que pocos, muy pocos, compartían mi horror por su degollamiento ante las cámaras. Fue en agosto de 2014, y les aseguro que cada asesinato, ocurra donde ocurra, me sigue estremeciendo como el primero. Rechazo, por otra parte, que se me acuse de belicista por mantener mi absoluta convicción de que nada puede negociarse con quienes nada quieren negociar. Los asesinos de ISIS solo pretenden exterminarnos y someter a quien quede a su dictadura atroz. Empezaron violando y asesinando a los kurdos – la milicia peshmerga fue la primera en defenderse de ellos con las armas y pedir ayuda internacional – y continuaron con los musulmanes que no comulgaban con su abominable califato. Pero aquello quedaba lejos. No quisimos verlo. Tantos años combatiendo cualquier régimen genocida, condenando la xenofobia, y de pronto nos pusimos de lado ante el “gobierno” más demente y sanguinario. Ninguno de nosotros quiere una guerra. Otra más. Proclamarlo es bonito, sano y de sentido común, pero, por desgracia, no basta para evitarla cuando la otra parte está dispuesta a todo con tal de librarla hasta sus últimas consecuencias. Es terrible que mueran inocentes, en cualquier parte del mundo, pero también he pasado los últimos años intentando comprender por qué para algunos eran más inocentes quienes perdían la vida a causa de un bombardeo, que aquellos que morían mientras visitaban un museo, tomaban el sol en una playa, asistían a un concierto, paseaban por la calle o cenaban en un restaurante. Todos me parecen víctimas inocentes de la violencia desatada por el yihadismo, de crímenes que ya duran demasiado, que se han llevado demasiadas vidas. Si no lo llamamos guerra, ¿cómo demonios lo llamamos? Nos enfrentamos a unos dictadores absolutistas embarcados en su particular conquista del mundo, y necesitamos defendernos.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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