Cuatro décadas después de su lanzamiento, las sondas siguen enviando valiosos datos desde los confines del Universo.
A finales del verano de 1977, la NASA lanzaba al espacio dos pequeños aparatos: las sondas Voyager. El 20 de agosto, la Voyager 2, que fue la primera en comenzar su periplo sideral, precediendo a su 'melliza', la Voyager 1, que haría lo propio unos días más tarde, el 5 de septiembre.
Con una esperanza de vida de cinco años, pocos de los científicos que se encontraban entonces en Cabo Cañaveral podrían llegar a imaginar que tras 40 años de viaje espacial las rudimentarias sondas seguirían cumpliendo su labor con espartana resistencia.

Ambas contaban con un primitivo ordenador con el que interaccionar desde la Tierra, un sistema de maniobra y control de altitud, dos sistemas de comunicaciones de radiofrecuencia y microondas, y tres generadores de isótopos radioeléctricos que suministraban a la nave una potencia de 249 vatios.
El disco de oro
Las sondas Voyager contaban con un celebérrimo disco gramofónico de oro —cuyo contenido fue seleccionado por el popular astrónomo Carl Sagan— dirigido a las supuestas civilizaciones extraterrestres que se toparan con ellas.
En él se incluyeron saludos en 55 idiomas diferentes: desde el acadio, al griego antiguo o el hebreo, pasando por el inglés, el ruso o el español.
También se incorporaron distintos sonidos típicos de la Tierra —rayos, fuego, grillos, trenes o besos—, además de una heterogénea selección musical en la que se combinaba la música clásica de Bach, Mozart o Beethoven con el rock de Chuck Berry o la espiritualidad rítmica de los indios navajos.
Al audio se unió una colección de 116 fotografías —una de las cuales era para calibración— que mostraban las diferentes formas de vida en la Tierra y la sociedad humana: desde planetas a partes del cuerpo humano, parajes naturales, animales, edificios o seres humanos que desempeñaban diversas actividades.

Por último, se añadió al disco una grabación de una hora que contenía las ondas cerebrales de la esposa de Carl Sagan, Ann Druyan: "Empecé pensando en la historia de la Tierra y de la vida que alberga. Del mejor modo que pude intenté reflexionar sobre la historia de las ideas y de la organización social humana. Pensé en la situación en que se encontraba nuestra civilización y en la violencia y la pobreza que convierten este planeta en un infierno para tantos de sus habitantes. Hacia el final me permití una manifestación personal sobre lo que significaba enamorarse", explicaría Druyan años después.
Carl Sagan siempre se tomó esta iniciativa más como un acto simbólico que como un intento serio de contacto con estraterrestres, consciente de la dificultad de que alguien o algo halle alguna vez un aparato tan diminuto en un Universo tan sobrecogedoramente inabarcable: "La nave espacial, y el registro, solo serán encontradas si existen otras civilizaciones capaces de viajar en el espacio interestelar. Pero el lanzamiento de esta botella dentro del océano cósmico dice algo muy esperanzador sobre la vida en este planeta", comentó entonces el famoso astrofísico.
La misión
El objetivo principal de las pequeñas naves era enviar información sobre los "barrios planetarios" más alejados de nuestro sistema solar. El 9 de julio de 1979, la Voyager 2 pasaría a sólo 570 000 kilómetros sobre las nubes de Júpiter, descubriendo que algunas de sus lunas —como Europa, Ganimedes o Calisto— "se habían quedado heladas" al verlo. Apenas dos años después, el 25 de agosto de 1981, la sonda sobrevolaría los anillos de Saturno, deleitando al gran público con imágenes que quedarían grabadas de forma indeleble en las retinas de todos.

El 24 de enero de 1986 la Voyager 2 arribaría al vecindario de Urano. Allí detectó 10 nuevos satélites hasta entonces ignorados por la ciencia. Tres años y medio más tarde, el 25 de agosto de 1989, gracias a la sonda se averiguó que Neptuno no había recibido ese nombre a la ligera: terribles tormentas con vientos de más de 2.200 km/h hacían temblar el planeta como si el mítico dios helénico agitara su tridente con furiosa cólera.

Por su parte, la Voyager 1 seguiría un recorrido similar al de su hermana metálica, si bien los científicos, que ya contaban con la información suministrada por la primera sonda, aprovecharon para que hiciera algún alto en el camino, obteniendo valiosos datos sobre satélites como Titán o Ío. Pero, ¿Qué pasó después?
Billete de ida
Lo más sorprendente de las sondas Voyager es que han continuado suministrando preciada información mucho espacio/tiempo después del esperado. De hecho, en este preciso instante, mientras usted lee este artículo, ambos objetos continúan su —ya interestelar— andadura. Según la NASA, la Voyager 1 se encuentra a una distancia de 20.884 millones de kilómetros de nuestro planeta, mientras que su hermana se localiza a unos 17.178 millones de kilómetros. Esto significa las dos han abandonado ya el vecindario solar.
Pese a que la Voyager 1 dejó la Tierra 16 días después que su gemela, su mayor velocidad de 17 km/s —en comparación con los 14,8 km/h de la Voyager 2—, que fue incrementada debido a tirones gravitacionales asistidos, la ha convertido en el objeto manufacturado por el hombre más alejado de nuestro planeta. De hecho, NASA anunció que la Voyager 1 había entrado en el espacio interestelar en 2012, cuando atravesó la heliopausa—última frontera entre nuestro sistema y el espacio exterior—.
En la actualidad, ambas sondas se encuentran en algún punto del vasto espacio sideral, deambulando en su viaje hacia la infinitud universal. Se cree que avanzan hacia el centro de nuestra galaxia. La Voyager 1 entrará en la Nube de Oort —una inmensa área llena de objetos rocosos— dentro de 300 años, y tardará en atravesarla otros 17.702 años más.

Una vez superado este obstáculo —si es que lo logra— aún deberán transcurrir otros 23.000 años para que la sonda llegue hasta la estrella más cercana, Alfa Centauri. Será en ese preciso momento cuando más probabilidades existan de que una supuesta civilización extraterrestre encuentre el artefacto viajero y el mensaje escondido en su interior.
Pero, ¿quién sabe?, quizás por ese entonces ya nada de todo eso importe demasiado...