Apenas si han mediado seis días entre una playa mediterránea y la M30 de Madrid, y tanto el paisaje como el paisanaje sucumben al remix de los recuerdos a la espera de ver aparecer a la sidra El Gaitero como si fuera la mujer de la curva. Lo dijo quien lo dijo, la ciencia y el tiempo avanzan que es una barbaridad. Lo que sucede es que mientras te quitas el salitre se hace inevitable la remembranza veraniega mientras el tráfico rodado aguanta una de esas retenciones urbanas.
Hay que reconocer que en el fondo somos marchosos aunque no tengamos ni espacio para plantar una sombrilla en medio del arenal, pero es que la brisa a pié de ola se cotiza en plena canícula a toque de madrugada. O bajas a la playa con linterna para coger sitio o alrededor de las diez de la mañana te has quedado a la altura de Honrubia. Ir a la playa es lo que tiene.
Las vacaciones de arena son perfectas cuando uno consigue fijar la hamaca, la toalla y el parasol dentro de los límites de costa y siempre que seas titular afectado por una de esas cláusula suelo, de lo contrario estás condenado a compartir orilla de a pie en zona de paso de miles de playeros que andan de extremo a extremo obsesionados en rebajar la marca que ostenta el correcaminos. De vez en cuando la megafonía advierte de algún extravío. Difícil misión encontrar a Wally en medio de tanta anatomía. Cremas solares para antes, durante y después formando parte de un ritual que año tras año se persigue con el ahínco de proteger o cambiar la piel que no el color, porque en dos lavados urbanos uno se destiñe sin remisión.
La estancia debajo de una sombrilla es como el cuarto de estar de tu propia casa. Libros, prensa, smartphone, móvil, tablet, autodefinidos, sudokus, sillería. Dependiendo del número de ocupantes por metro cuadrado de sombrilla la cosa se va ampliando convirtiendo aquello en una especie de anexo inseparable a modo de usufructo vitalicio, de tal manera que caimanes hinchables, flotadores gigantes, tablas, cubos, palas, rastrillos, excavaciones, parientes próximos y lejanos, amistades de una vez al año o terceras personas que cruzan por tus linderos, forman los asentamientos más frecuentes. Y por fin el vendedor de telas, mantelerías, gafas de sol e incluso alfombras traídas expresamente del polígono Cobo Calleja de Fuenlabrada (Madrid). Remolinos de señoras, principalmente, y la añorada fiebre compulsiva en compras se destapan alrededor del mercader playero, que ve como su negocio adquiere relieves de Primark.
Hace años esta congestión playera gozaba de quince minutos mágicos cuando desde una avioneta anunciadora de Nivea se lanzaban balones azules al agua. Aquello originaba una especie de estampida con abandono del “cortijo” playero (continente y contenido) con tal de dar caza al inconfundible balón. Luego el reagrupamiento era como volver a las trincheras. Ahora ya nadie regala nada e incluso puede que te lo sustraigan todo e incluso que tengas okupas debajo de la sombrilla. De manera que compuesto y en bañador te quedas.
Uno decide tomar aguas marinas después de haber oído a dos señoras próximas (cabe recordar que en la playa no hay pladur) comentar que sé yo sobre cotilleos del colorín y claro uno se ve obligado. Sorteados todos los obstáculos te encuentras frente al mar. Anchuroso se le supone, porque en temporada alta es como si estuviera troceado en porciones, diría que la especie humana tiende al sentido de la propiedad con mucho ahínco. Se adueñan de las olas en grupos de docena o docena y media todos agarrados de la mano. Uno que no es mojigato y entra solo al agua, pues tiene que desplazarse hasta más allá de lo hondo, y claro, enseguida la familia te dice que para fuera que ya son ganas de buscarse una tontería sin necesidad.
El calor entre seco y húmedo de la playa hace que el veraneante de buenas formas acuda al resort más próximo en busca del oasis placentero. Entonces uno apuesta por los espetos como delicia española de chiringuito playero. Cosa rara, por cierto, que aún los animalistas no hayan mostrado su animosidad a pesar del maltrato que ejercen las brasas sobre sardinas plateadas y ensartadas de aquella manera en sus cañas refractarias. Pero la cerveza o el tinto de verano parecen acallar de momento cualquier manifestación antiespañola de esas tan de moda.
Mientras tanto el telediario pasa inadvertido. Cien muertos en la India por inundaciones, cincuenta en Kabul por acto terrorista, terremoto en China, en fin, son muertos que no interesan a nadie porque la fritura de pescado para la mesa tres acaba de salir y se enfría. Lo demás son noticias de costumbre en una playa cualquiera, eso sí, hasta la bola de gente y con un calor con sol y mosquitos que hacen afición. Seis días después sigo en la M30 porque según el panel de avisos a 800 metros hay un vehículo averiado en el arcén derecho. Cosas de la nostalgia.