Comprendo que la naturaleza bajo tierra carezca de oxígeno puro, pero uno se adhiere a la Semana Europea de la Movilidad en clara sintonía con el deterioro medioambiental y los medios sostenibles que están a nuestro alcance, por eso me desplazo en el metro de Madrid. Confieso que soy más de superficie a base de autobuses urbanos. Prefiero la luz natural cuando leo, sin embargo reconozco que el metro representa el glamour de lo variopinto. En él se mezclan tantas tendencias como pasajeros; lo vintage con la vanguardia; lo real con las fantasías; las quietudes con las vacilaciones, las nostalgias con los olvidos y todo ello al precio simbólico de lo sostenible.
En esa otra ciudad soterrada transita la gente presurosa, muda y a cientos por cientos tomando el andén en posición de asalto con el desgobierno de todos contra todos cuando el tren abre sus puertas. Dentro ya todo es puro amasijo. De reojo se miran, se huelen, se tocan, se ignoran. Cada cual observa su propia raíz cuadrada de nada. Cada cual respira lo que puede y toca lo que quiere o no quiere. Cada cual es dueño del propio azar en medio de la envoltura humana. Una mujer joven de vistoso canalillo nota que la miran sin piedad y se refugia en sus propios encantos. Otros dormitan sobre lo ajeno, y la mayoría contempla a través de las ventanillas el paisaje de un túnel lleno de ideas, mientras la nada que ver al otro lado del cristal es la oscura pared empapelada de relieves.
El fontanero sueña con la cantidad de atrancos y escapes de agua. El dentista ve un vagón lleno de implantes y ortodoncias. El peluquero se imagina cortes de pelo a discreción y el cocinero un filón de menús económicos. El albañil cuenta la cantidad de chapuzas a domicilio. El carterista una mina sin fondo. El de la funeraria ve el futuro asegurado, el carnicero ve solomillos y el pescadero un sinfín de lubinas y merluzas de pincho. Cada cual multiplica para sí los cientos de pasajeros que allí se concitan para hacerse ricos entre una estación y la otra.
Y en todo este conglomerado, más parecido a un desplazamiento de ñus, se aproxima el momento de una nueva estación y el abrir de puertas. Todo el bloque sale empujado por un sólo viajero que pretende hacerlo usando una bravura inusual. Acto seguido el mismo conglomerado vuelve a entrar igual de compacto y homogéneo. El silencio solo queda interrumpido con el pitido de la señal de cierre de puertas al tiempo que un desesperado luchador de sumo trata de entrar a toda costa empujando la sólida masa de hormigón corpórea. El tren arranca invadiendo de nuevo el túnel de los sueños de cada cual.
El traqueteo adormece mientras el lector de un periódico se empeña en meter por los ojos de los demás la letra más pequeña. Otro eleva un sobaco a la quinta potencia y un poco más allá resuena estornudos generosos en esporas. Alguien, tan osado como iluso, pregunta al resto si van a bajarse en la siguiente parada. Y de pronto la megafonía avisa: ¡¡Próxima estación, Atocha, atención, estación en curva, tengan cuidado al salir para no introducir el pie entre coche y andén!!
El que más o el que menos piensa en la parte inferior de su cuerpo, compuesta casi siempre por dos extremidades llamadas pies y que al levantarse esa mañana llevaban puestos de manera correcta. No da tiempo en reparar en ello. La puerta se abre, no se ve andén, ni curva, ni nada. Solo la sensación de flotar y salir en estado de total ingravidez. El desahogo es mayúsculo, el inventario de pertenencias, también.
Con disciplina férrea se toman las escaleras mecánicas. Por unos instantes vuelve el reagrupamiento, no tan apiñado, pero si lo suficiente como para sentir en la nuca el aliento de tus perseguidores. Por fin la calle, la libertad de un cigarrillo y la toma de periódicos gratuitos en medio de otra nada, pues en el exterior se diluyen los sueños subterráneos y la realidad sale a relucir. Menos mal que mañana más de lo mismo y a la misma hora. Y toda esa felicidad por solo 1,50 euros, el precio de un viaje con derecho a soñar con un mundo mejor y más sostenible.