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DESDE ULTRAMAR

Cataluña: los síes y noes

Marcos Marín Amezcua
jueves 05 de octubre de 2017, 20:41h

El tema catalán está plagado de síes y noes y así lo vemos en ultramar. Es un vaivén, un pendular que no puede hipnotizarnos ni dejarnos boquiabiertos, porque perder el aliento enrarece el análisis y necesitamos la cabeza bien fría para justipreciar lo acontecido. Cuento a usted cómo lo veo el asunto desde esta esquina al otro lado del Atlántico.

Y lo veo sin esa consabida pugna Partido Popular-los otros, Rajoy-Puigdemont, las zascandileadas de Iglesias, con su doble juego deplorable comprometiendo la unidad de España por unas piastras, o la rivalidad España-Cataluña, y donde se cuelan republicanos y la burguesía catalana y así con Franco y el 36 de ribetes. No, nada de eso porque se puede mirar desde otra óptica, abriendo el panorama un tanto. Lo digo porque no espere usted una lectura de los hechos similar a la que se hace en España, porque no escribo desde España. De ahí su valía.

No concibo una España fracturada ni una Cataluña independiente. Por ende no puedo siquiera ponderar las palabras de Puigdemont, porque siendo un separatista que apuesta por la ilegalidad, desmerece su obra y su esfuerzo. En cambio, obligado quedo a mirar en retrospectiva el azaroso proceso que ha conducido hasta aquí. Uno que muestra borrascosas formas y macarrónicos procederes chapuceros que van tildados de embuste insostenible de parte de la Generalitat.

Veo más fácil a Puigdemont en la cárcel por traidor y secesionista que a España fracturada. ¿Qué pudiera yo estar equivocado? Nada me daría más pena. Y que aquel pague por su conducta dependerá de las leyes y del gobierno español, sin lugar a dudas y la tibieza del segundo, abochorna. Desde América, en la lejanía, efectivamente vemos penoso lo que está ocurriendo y relativamente fácil desmadejar la madeja, porque el ajedrez parece más sencillo de lo que aparenta y porque no nos dejan apabullados ni patitiesos las bravatas separatistas.

A mí me dan alipori porque hemos visto por lustros como se inyectaba odio, como se falseaba la historia para edificar la “nación catalana” y así hasta Hernán Cortés resultó catalán. Es una de esas, Jesucristo. Ante la mentira clamando por la opresión imaginada que condujera a la independencia, cobijando separatismos al gusto y conveniencia de tres gatos que azuzan a un pueblo admirable que no los necesita, el catalán –que es una forma de ser español– es que resultaba grotesco y nunca pensé que llegara a presenciar cómo se confrontaban posturas independentistas tan rústicas y prendidas de alfileres.

Sería un error muy grande quedarnos solo con las bochornosas imágenes del domingo 1 de octubre en el que cual escudos humanos, ciudadanos protegían urnas de un referéndum ilegal. Su tribunal constitucional lo prohibió y sin embargo, se prosiguió. Si España es indivisible como mandata su ley suprema, ergo apostar a su quebrantamiento y secesión es ilegal y muy irresponsable. No caben lloriqueos ni condolerse. La persistencia de la Generalitat implicaba violar mandatos judiciales y exponer a sus ciudadanos cómplices a ser zarandeados por cuerpos de seguridad que no son ni los boy scouts (niños exploradores) ni las carmelitas descalzas ni en España ni en ninguna parte. Y mientras quienes los encausaron van de rositas y con los botones bien puestos en su sitio, faltaba más.

Los llamados al diálogo son bienvenidos, con una mediación equilibrada no dejándole el escenario a Iglesias, no obstante que es verdad que aunque Rajoy tenga fama de que deja pudrir los problemas en vez de atenderlos –¿en qué pensaba Aznar al elegirlo?– los chantajes de Puigdemont no deben socavar la voluntad de Madrid de preservar la unidad de España. Detecto cierto desfallecimiento y hartazgo que no deben de cundir. El diálogo ha de partir de que cese la intentona independentista. Y sí, no obstante que a muchos nos decepcionó el discurso del Rey –tardío y repleto de vaguedades– crecen las preguntas en México porque no conocemos más allá de Barcelona, incapaz Cataluña de mayor proyección universal de la que presumen Puigemont y los suyos, pero sí estamos informados de que el separatismo está focalizado y no es de todos los catalanes. Y no lo dejo con la duda: la independencia catalana la vemos más como separatismo y desgajamiento –sin rumbo ni orden ni concierto– y no nos entusiasma del todo, por sectario y excluyente. Nuestras independencias respecto a España fueron diferentes en un proceso histórico diferente y con un océano de por medio. No hay similitudes y eso explica que no haya necesariamente simpatías por tal separatismo. Me es llamativo que América no sea referida en este debate, pero ya le traigo a usted una opinión desde América. Una secesión no es admisible. Y menos con violencia como apunta.

El nudo catalán no es imposible de zafar. No nos engañemos. Supone sí, poner las cosas en su sitio. Renegociar dineros si eso apaciguara, implica replantear para España todo ese federalismo que ha rehuido. El pacto del 78 ha de modificarse con valentía y decisión. Y no son Rajoy y Puigdemont los llamados a enmendarlo. Se requieren renovadores y no dinamitadores y sacar de la discusión temas como la corrupción del PP o cesar el inducido odio a lo español desde el catalanismo trasnochado y cerril que vive de sus beneficios, dejando de alimentar el sectarismo que distingue a Puigdemont y a los suyos. Centrarse en el largo plazo. Concentrarse bien a bien en los puntos de quiebre. No dar nada por sabido ni por sentado. Partir de cero. España ha movido bien sus fichas aislando internacionalmente a los separatistas. Puigdemont sabe que ha llegado a un punto sin retorno y al filo de la legalidad. El mazazo recibido por la fuerza el 1 de octubre resultó efectivo. Lo veo debilitado. El silencio de la gran mayoría catalana no permite saber la verdadera voluntad catalana. Su insistencia en lo contrario es inconsistente con la realidad. Y en cuanto a Europa y la Unión Europea… suponer que hará mucho en el tema es no conocerla. Hay muchas Cataluñas dentro de ella como para mirar la paja en el ojo ajeno. Y su silencio y su tibieza ante la brutalidad desplegada demerita su calidad moral para señalar a países extracomunitarios de aquí en adelante. A la Europa de Bruselas se le responderá con acierto: ¡basta de tu doble moral!

¿Esa brutalidad vista en televisión dando la vuelta al mundo ha manchado la democracia española? Sí. Pero igual la corrupción de los Pujol –bien documentada en México– y las mentiras del separatismo victimizándose mientras se evidencian sus bulos. Han causado honda impresión tales escenas, pero igual las trapacerías de ciertos organizadores de los desmanes que un día aparecen golpeados y taciturnos y otro íntegros azuzando hordas contra policías y promoviendo actos vandálicos en el nombre de la independencia que está en sus cabezas. También eso se supo. Pero los puñetazos y las vociferaciones no apartan mi atención del punto medular: ¿Cataluña ha de independizarse o no de España? Eso es lo verdaderamente importante. Aunque minimice los golpes a la gente.

España tiene más cartas que jugar que Cataluña. No puede equivocarse en la jugada y necesita cambiar de jugador. Plántese cara a los separatistas. Han sido burdos y autoritarios pretendiendo imponer su “sí” a quienes no desean separarse. Rajoy ha cumplido con su deber, sí, pero muy tardíamente. Y los separatistas no han sabido proponer nada más inteligente que un referéndum ilegal e ilegítimo y lo saben bien. Yo lo lamento de verdad. Es una pena porque Cataluña y España no merecen esos grupúsculos que se han servido de un nacionalismo ramplón para sacar ventajas indebidas. Nos preguntamos en ultramar a qué hora en citramar se les parará los pies a Puigdemont y sus secuaces. Superaron para mal a Pujol y a Mas. El balón está hoy en el lado de Madrid. Más le vale a Rajoy y de pasada a Felipe VI, no fallar el único tiro que tienen: imponer la ley. Equivocarse en concesiones y licencias como hasta hoy, sería fatal para el destino de España.

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