La fanfarria soberanista se acaba. Puigdemont llega esta semana al final del desquiciado camino hacia el abismo sin haberse dado cuenta de que terminaría atrapado en la boca del lobo. Hasta ahora, Rajoy apenas le ha dado unos pellizcos de monja con las acciones del Tribunal Constitucional. Pero el Rey, el miércoles, le ha puesto contra las cuerdas al acusarle con cara de pocos amigos de "deslealtad inadmisible." para luego exigir a los "legítimos poderes del Estado" restablecer el orden constitucional. El viernes estalló la estampida de los dos grandes bancos catalanes, la Caixa y el Sabadell además de empresas punteras como Oryzon, Dogi, Freixenet, Codorníu, Gas Natural, Abertis y otras tantas que ya preparan las maletas, lo que ha abierto los ojos a los ciegos secesionistas que ya ven la ruina que supondría la independencia. Y el domingo, en una manifestación histórica y multitudinaria, las calles de Barcelona se han llenado de banderas españolas. Según los cálculos más objetivos, el número de asistentes ha triplicado a los de la Diada. Todo un bofetón al soberanismo. El presidente de la Generalidad está groggy.
Tenía previsto aprobar este lunes la maldita declaración unilateral de independencia, pero se ha limitado a anunciar una sesión el martes sobre "la situación política". Nadie sabe si se trata de una escaramuza para colar la DUI o quiere ganar tiempo al proponer una especie de independencia a plazos, que no le obligue a comprometerse y seguir ganando tiempo. No parece haber calculado Puigdemont que puede seguir toreando a Rajoy, pero no así a la CUP. Los delincuentes radicales han convocado a su militantes más violentos para rodear este martes el Parlamento catalán.
Los más ingenuos creen que la concentración está pensada para proteger al presidente de la Generalidad de ser detenido por la Guardia Civil o la Policía en caso de tirarse al precipicio y aprobar la declaración de independencia. Pero los más suspicaces intuyen que también serviría la concentración de los radicales para linchar a Puigdemont si se le ocurre aplazar la DUI para mejor ocasión. En conclusión: el martes, el president puede huir por las alcantarillas para pedir asilo en Suiza, donde sería bien recibido por los servicios prestados. O puede optar por inmolarse y llevar hasta el final el desafío soberanista, pues tarde o temprano, debería ser detenido por sedición y rebeldía, lo que acarrea un puñado de años de cárcel. O traidor o mártir. Está atrapado en la ratonera que él solito se ha construido.
No está escrito, sin embargo, el final de esta tragedia. Para zafarse del exilio o de la cárcel, a Puigdemont se le ha ocurrido ahora pedir la mediación de un tercero, como si se tratara de una guerra entre dos Estados. Suiza, siempre la Banca opaca, ya se ha ofrecido; Assange y Yoko Ono se lo piensan. Parece ser que Zapatero se queda de momento en Caracas. Pero por esperpéntico que parezca, son muchos los que todavía aplauden una mediación, un diálogo o una negociación para resolver el conflicto. El sábado unos miles de indocumentados se manifestaron enfundados en camisetas blancas para apoyar la genial idea. La ingenuidad progre no tiene límites. ¿Con quién se puede negociar? ¿Con Puigdemont, con Junqueras, con Forcadell? ¿Puede un Estado de Derecho sentarse con los golpistas a pactar algo que no sea el número de años de cárcel que deben cumplir?
Se acabó la fiesta, la farsa, el mambo. También a Rajoy se le ha terminado el tiempo de esperar quietamente sentado sin hacer nada. Esta semana hay que cerrar el capítulo más bochornoso de la democracia española. Sin paños calientes. Aplicando la ley sin contemplaciones. Y si Puigdemon no quiere perder su flequillo en Soto del Real, ya puede escaparse por las alcantarillas del Parlament. En Suiza le recibirán con las cajas fuertes del 3 por ciento abiertas de par en par. Y en Venezuela, Maduro le nombrará ministro de Propaganda.