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ENSAYO

Philippe Sands: Calle Este-Oeste

domingo 22 de octubre de 2017, 18:24h
Philippe Sands: Calle Este-Oeste

Traducción de Francisco J. Ramos Mena. Anagrama. Barcelona, 2017. 608 páginas. 25,90 €. Libro electrónico: 9,90 €. El abogado británico Philippe Sands nos ofrece una ambiciosa obra que traspasa los géneros, donde se cruzan las vidas de varios personajes, uno de ellos el propio abuelo del autor, para arrojar luz sobre aspectos en nebulosa del Holocausto. Por Paulo García Conde

Antes incluso de entrar propiamente en materia, el autor de este ensayo advierte al lector de que en este trabajo de investigación y rescate histórico hay una ciudad que cobra especial relevancia. Una ciudad llamada Lviv, pero también Lemberg, o Lvov, incluso Lwów. Todos los nombres hacen referencia a un solo lugar y, al mismo tiempo, a urbes distintas. Un punto geográfico fijo, pero que llegó a pertenecer al imperio austrohúngaro, luego a Polonia, más tarde conquistado por los alemanes y que, finalmente, se anexionó (o, con más precisión, fue anexionado) a territorio ucraniano. Este baile de topónimos y pertenencias es en realidad una presentación muy acertada de lo que vendrá a continuación: una indagación en la Historia que dejará al descubierto muchas caras, una exploración profunda que no solo recobrará datos medio olvidados acerca de lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial e inmediatamente después, sino que revelará historias que permanecían escondidas por el peso del dolor, del sufrimiento, de la vergüenza y de la memoria.

Philippe Sands centra su exhaustivo trabajo en varias figuras clave. Una de ellas es su difunto abuelo Leon, quien había guardado a lo largo de su vida un sepulcral silencio acerca de su éxodo en condición de judío y de prácticamente todo lo que tuvo que soportar durante los años más oscuros. Con motivo de una invitación para ofrecer una conferencia en Lviv en calidad de reputado abogado, Sands decide ahondar en la figura del abuelo materno, lo que le conduce mucho más allá de la misma. Otros personajes fundamentales del ensayo son Rafael Lemkin, quien introdujo en el sistema de derecho internacional el concepto de «genocidio», y Hersch Lauterpacht, quien abogó por el concepto de «crímenes contra la humanidad». Dos figuras cuya relevancia en los juicios de Núremberg pasó en buena parte desapercibida.

En las páginas de esta obra el autor no oculta su condición de letrado, lo que da pie a un análisis exhaustivo en torno a la peligrosa fragilidad de las leyes, pero también alrededor de los cambios que la justicia experimentó en una época donde todas las facetas del ser humano, las más dignas y las más horrorosas, quedaron al descubierto.

Pero es el nivel de compromiso y fascinación a la hora de escarbar en sucesos nebulosos lo que convierte al relato en algo mucho mayor que una simple exposición de datos y hechos. Las conexiones entre personajes tan destacados como Hans Frank (asesor jurídico de Hitler y gobernador general de la Polonia ocupada por los nazis) y la desconocida señorita Tilney (una enigmática misionera que ayudó a varios judíos, entre ellos la madre del autor, a escapar de los alemanes), dotan a la narración de un carácter detectivesco y, a su vez, literario, pues los hechos se hilan con la sensibilidad y honestidad de un narrador que no puede evitar verse involucrado de manera personal en sus propios descubrimientos. Es esta la manera en que el libro traza una senda que serpentea a través de la Historia, tan estudiada, temida y admirada.

El mayor acierto, sin embargo, es evitar que se convierta en un mero manual, en un ensayo más producto de horas y horas de documentación. Late vida en estas hojas, engendrada por la conexión tan intensa como verdadera que se establece entre pasado y presente. Una realidad que da muestra de los vínculos entre hijos de nazis e hijos de víctimas, entre historias sepultadas bajo tierra firme que resurgen para asombrar a unos familiares que desconocían la historia de sus propios antepasados. Aquí los hechos no se valoran únicamente mediante la distancia que el tiempo concede, no son tiempos remotos. Prevalece el concepto de lo perdurable, donde unas circunstancias han originado otras. Y, de ese modo, el pasado deja de ser simplemente pasado.

Valiéndose de su habilidad para acceder a los descendientes de los personajes destacados en esta obra, el autor obtiene una valiosa cantidad de testimonios que completan y humanizan este proyecto gestado a lo largo de seis años, llenos de viajes a las ciudades marcadas por la barbarie, pero también a otros lugares lejanos unidos por fuertes e inesperados lazos a las anteriores. El éxito del que este libro ha gozado en Inglaterra radica, probablemente, en la honestidad que se desprende de una exploración surgida de la casualidad. La casualidad de que esa conferencia a la que Sands fue invitado reavivase sus ganas de conocer el pasado de su abuelo, y por tanto el presente de su vida misma. Pero es necesario destacar, también, el compromiso por arrojar luz sobre aquellas figuras cuyas acciones pudieron pasar desapercibidas en comparación con su trascendencia.

Calle Este-Oeste (título que hace referencia a la calle en la que vivieron tanto su abuelo Leon como el abogado Lauterpacht) reconstruye varias historias que, en su conjunto, forman una Historia mayor. En sus entrañas hay lugar para trazados cercanos al thriller (como el seguimiento del expolio de un cuadro de Da Vinci), para pasajes que rinden homenaje sincero a la memoria (la reconstrucción que hace de los juicios en Núremberg), nuevas perspectivas acerca de los responsables de los términos «genocidio» y «crímenes contra la humanidad» (conceptos contrapuestos y por los que sus respectivos defensores lucharon más de lo que cabría imaginar) y, además, revelaciones que no solo ajustan cuentas con el pasado, sino que han sido capaces de aportar algo único a personas que no vivieron en sus carnes el Holocausto, pero sí lo llevan en su sangre.

Una de las mayores muestras tiene como protagonista al escritor de esta obra, que descubrió así que su abuela tenía un amante, llegando a realizarse una prueba de ADN para descartar la posibilidad de que su abuelo Leon no fuese finalmente tal. Un trabajo que alcanza tal profundidad solo puede ser celebrado por lectores que aman la novela, las memorias o el ensayo. El género, esta vez, queda relegado a un segundo plano.

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