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TRIBUNA

Por una España normal

lunes 23 de octubre de 2017, 20:54h

El Gobierno de España, apoyado por el Jefe del Estado, el clamor del pueblo, los principales representantes de la Unión Europea, el PSOE y Cs, llevará a cabo un programa de medidas en Cataluña para restablecer la vida democrática en esa parte del territorio de España. Al fin, el Gobierno procurará que la vida de los españoles de Cataluña transcurra por las sendas de la normalidad. Nunca es tarde, como dice el refrán, si la dicha llega. Eso es todo. No será fácil, sin duda, porque las reconstrucciones son siempre más costosas que las construcciones de nueva planta. Confiemos en nuestros gobernantes, y ayudemos a que llegue a feliz término el plan del Gobierno que fue explicado de modo impecable por Rajoy. Parecía que llevaba apuntando, durante mes y medio, en un folio lo fundamental que nos contó el sábado. Supimos, finalmente, cómo se llevaría a cabo el 155: sustituir a los golpistas y restablecer la normalidad política. Poco puede importarnos si lo dijo todo o se guardó algo. La decisión es clara y precisa. Nadie esperaba tanta contundencia. Alegrémonos.

Démonos por satisfechos, pero nadie se vuelva loco con especulaciones sobre el pasado, el presente y el futuro de la región catalana en España. Reconozcamos solo lo evidente: la cuestión catalana solo puede, dicho con la genialidad de Ortega, conllevarse. En verdad, el problema de Cataluña es una cuestión española. Se ha vuelto otra vez a demostrar que Cataluña no es nada sin España; pero, y esto es lo novedoso, cada vez será menos en la Unión Europea. Creo que esta es la primera gran lección que deberíamos sacar de esta terrible crisis. Los socios europeos de España verán, por desgracia, a esta región con más desconfianza que en el pasado. Pasará mucho tiempo antes de que la Unión Europea recupere la confianza en las elites políticas, intelectuales y económicas de Cataluña. El daño infligido a esta comunidad por los separatistas se estudiará en los manuales de historia de Europa como principal cáncer de las tendencias separatistas de nuestra época.

La UE ha tenido tiempo de analizar que el catalanismo político, impuesto como ideología transversal obligatoria durante los años del pujolismo, ha sido el principal motivo para romper la sociedad en dos partes enfrentadas. El secesionismo ha asesinado el espíritu de concordia que propició la transición política en toda España. Desde el golpe de Estado que se inició los días 6 y 7 de septiembre, los europeos normales, esos que no se dejan de llevar por relatos de la prensa amarilla, han asistido a todo tipo de tropelías por parte de los separatistas contra el Estado de derecho, pero, sobre todo, han podido hacerse cargo de que los gobernantes catalanes han ejercido torpe y malamente las tres grandes competencias concedidas a Cataluña: un poder político autónomo con amplísimas funciones, la lengua catalana como lengua oficial y libre de uso, y la cultura como competencia exclusiva del poder autónomo. Todo eso es lo que tiene que volver a la normalidad. El Gobierno tiene ahí su gran tarea. El resto vendrá por añadidura, o sea, mientras no haya normalidad política, olvidémonos de elecciones autonómicas y generales.

La otra gran lección que la UE ha vuelto a repasar en este último mes y medio, a veces olvidada, se refiere a que el separatismo siempre va de la mano del populismo. El separatismo catalán hoy, como en el pasado, va unido a formas populistas de acción directa a las que nada importa el Estado de derecho, las normas y los procedimientos. Por fortuna, todo ese conglomerado de posiciones políticas que desprecian las reglas democráticas porque hay una supuesta verdad superior, que solo ellos conocen, ha devenido en algo ridículo. El nacionalismo identitario, esa creencia contraria a los principios liberales, según la cual los individuos estamos determinados por el lugar de nacimiento, o el país de adopción, es tan perverso como creer que la “democracia” se rige antes por la voluntad de las masas en la calle que por la leyes y procedimientos que nos permiten vivir con el discrepante y hasta con el enemigo. En fin, volvamos a la normalidad. Conllevémonos con decencia, dignidad y democracia. Ejecútese con solvencia el programa expuesto por Rajoy, actúe con celeridad el Estado de derecho y quizá, después, podamos hablar en serio de elecciones. No es la hora de la crítica sino de la generosidad, de la recuperación del los grandes consensos, es decir, de defender el principal artículo de la Constitución española: la unidad de España. Sin Nación no hay Estado ni tampoco democracia.

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