No paro de darle vueltas al comportamiento de la señora Forcadell ante el juez del Tribunal Supremo. No termino de entender que la máxima autoridad del secesionismo, la persona que autorizó la votación de la Ley del Referéndum, de la Ley de Transitoriedad Jurídica y Fundacional de la República, así como la Declaración de Independencia de Cataluña, haya decidido no sólo colaborar con la Justicia sino también con el Gobierno de España para que las elecciones del 21-D se hagan en las mejores condiciones. ¿Cómo interpretar el comportamiento de una nacionalista identitaria?, ¿es una capitulación con el Gobierno de España?, ¿una estrategia de la defensa?, ¿una forma de evitar la prisión provisional?, ¿una nueva añagaza nacionalista? Todo puede ser, y la observación de los pasos que dé esta señora de ahora en adelante no sólo interesarán a los jueces, que suele ser muy duros cuando se burlan de ellos, sino a los analistas políticos y, por supuesto, a los historiadores que seguramente han empezado a buscar paralelismos entre su actuación y otros líderes catalanistas del pasado.
¿No será verdad que la señora Forcadell es una arrepentida? No sería el primer caso de arrepentimiento político en la historia del catalanismo. Entre los nacionalistas catalanes, existen numerosos antecedentes históricos de este tipo de “arrepentimiento” y desengaño. Sin ir más lejos, el inventor, el verdadero fundador del catalanismo político -antes de la acción de este hombre solo existía eso que conocemos por el nombre de
Renaixença, un despertar cultural de la historia, la literatura y la arqueología catalana- fue un modelo de “arrepentío”.
Lo catalanisme fue el libro político, calificado por los catalanistas como formidable para su época, que dio cauce a lo que hasta entonces no era sino solo una nebulosa culturalista de orden regional. El autor de ese libro se llamaba Valentí Almirall, era una persona muy rica, que invirtió toda su fortuna en crear un “movimiento” político de carácter estrictamente nacionalista. Fundó el
Centre Català, más tarde algunos de sus integrantes lo abandonaron y fundaron la
Lliga de Catalunya, publicó el
Diari Català y convocó un famoso Congreso Catalanista. Seguramente su gran acción política fue reunir a los hombres prominentes de la época en una magna asamblea para defender, ante el mismo Alfonso XII, el Derecho catalán (sic) y los ataques a la economía regional. Pues bien, el hombre que creó el catalanismo político acabó desengañado, arrepentido quizá como la señora Forcadell, y se retiró de la política, pero al final de sus días, se puso al lado de otro catalán ilustre pero nada nacionalista, Lerroux, para
combatir, dice Cambò, “a los catalanistas…, ¡sus hijos espirituales!”
No me imagino yo a la señora Forcadell combatiéndose a sí misma o algún otro compañero de su partido. Pero nada puede descartarse en política. Paradojas más grandes se han dado. De momento el caso Forcadell queda como una leve brecha en el separatismo actual, que defienden los Jordis en las calles y algunos intelectuales, como Borja de Riquer, en un manifiesto político que se ha “vendido” como transversal y conciliador, pero es una vulgar apología del secesionismo; ¿cómo puede pasar este “manifiesto” como un llamamiento a la calma si pide la derogación inmediata del 155 y la salida de los presos de la cárcel? Necesitamos que alguien escriba una “crítica de la razón cínica”, o sea, una crítica del cinismo catalanista para entender este tipo de “planfleto académico”. Ay, otra vez, el historiador Borja de Riquer, el hijo del gran filólogo Martín de Riquer, intelectual estrechamente vinculado al franquismo, pidiendo cordura sirviéndose de la locura secesionista. Algo tan imposible como oportunista. Ese manifiesto solo puede entenderse como un instrumento de “adoctrinamiento” ideológico para separarse de España. Un medio más para seguir alimentado el fuego secesionista. El fin del manifiesto de Borja de Riquer, aunque se vista de otro modo, no tiene otro objetivo que estigmatizar al Gobierno de España y, de paso, legitimar el nacionalismo identitario, una antigualla ideológica que sitúa las contingencias naturales, por ejemplo, ser de aquí o allá, la lengua concebida como hecho natural, la raza, el paisaje, el folklore y cosas así por encima de los valores universales y trascendentes como la libertad, la igualdad, el imperio de la ley y la dignidad intrínseca de todos y cada uno de los seres humanos.