Este lunes comienza la campaña para las elecciones autonómicas catalanas del 21 de diciembre. Oficialmente, los partidos se gastarán 10 millones de euros, medio millón más que en las celebradas en 2015; sin olvidar los millones que empleó la Generalidad en sufragar el referéndum ilegal del 1-O. Pero nadie cuenta, ni parece saber, el dinero que han empleado esos partidos desde hace un mes largo, cuando Rajoy anunció la convocatoria electoral, en viajes, hoteles, alquiler de locales para los mítines que celebran mañana, tarde y noche y ese sinfín de gastos que acompañan a los políticos en cuanto pisan la calle.
Es probable, además, que tras el 21-D, los partidos sean incapaces de formar Gobierno, lo que avocaría al Parlamento catalán a convocar unas nuevas elecciones. Porque, según las encuestas ni el bloque formado por Ciudadanos, el PP y el PSC (con la duda de los socialistas) ni el formado por los partidos secesionistas (ERC, JxC y la CUP) obtendrían mayoría absoluta por lo que la formación de Ada Colau podría inclinar la balanza o abstenerse. En este último caso, sería inevitable celebrar unos nuevos comicios. Los partidos, entonces, necesitarían volver a emplear el dinero público en la consiguiente campaña.
Entre otros gastos, los candidatos emplearán esos 10 millones de euros del 21-D en el alquiler de locales para los mítines, en carteles electorales, publicidad en los medios de comunicación, viajes y, naturalmente, en las dietas de los políticos. Resulta ridículo que en la era digital se despilfarre el dinero de los contribuyentes en celebrar mítines a los que solo asisten los seguidores del partido que ya han decidido el voto, en empapelar las ciudades con los rostros de los candidatos, que no aporta nada. Debería ser suficiente con programar una serie de debates y entrevistas con los candidatos en los distintos medios de comunicación para explicar sus programas, lo que apenas supondría gasto, además de ser más eficaz al llegar a todo el electorado.
Pero los políticos están acostumbrados a disponer del dinero público como si fuera suyo. Despilfarran a manos llenas, sin pudor, mientras los españoles son sangrados por Hacienda para poder costear las innumerables convocatorias electorales de los partidos que, luego, no son capaces de llegar a acuerdos de Gobierno. Solo se ponen de acuerdo en malgastar el dinero de todos los españoles.