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TRIBUNA

Imprescindible Guerrero Zamora

Jorge Casesmeiro Roger
domingo 10 de diciembre de 2017, 20:48h
Actualizado el: 12/10/2017 21:48h

Cinco efemérides concitan su nombre. El cumplimiento editorial de la mayor Historia del teatro contemporáneo (1967). La emisión del primer dramático programado por Televisión Española (1957). El setenta y cinco aniversario luctuoso de Miguel Hernández (1942). Y el estreno en Madrid de la lorquiana Títeres de la cachiporra (1937). La quinta es el noventa aniversario de su nacimiento. Y esta tribuna mi homenaje.

Juan Guerrero Zamora nace en Melilla en 1927. De la Incivil, como niño, ve lo suficiente. Y a los 20 años se viene a Madrid con un título de Magisterio y el manuscrito de su poemario Alma desnuda (1947). En la Facultad de Letras funda y dirige Raíz, revista integradora y con firmas de fuste, que bordea el límite de la disidencia consentida. Ahí publica el olvidado libreto para títeres de Lorca, que aguardaba inédito en casa del actor José Franco.

Antes del desayuno

En 1949 se desempeña como productor de teatro de cámara profesional. Funda las compañías “El Duende” y “La Carátula”. Y se une a “El Candil” con Gordón y De Quinto. Adapta y dirige obras de Supervielle, Anouilh, Valle-Inclán, Claudel, Ibsen, Oscar Milosz, Tennessee Williams o Aldous Huxley. Un frente que contribuye a desbrozar en España el camino de la vanguardia.

Finalista del Concurso Internacional de Primera Novela José Janés, por Estiércol (1953), publica entonces varios libros reseñables. Destacan su historia crítica del teatro católico Las máscaras van al cielo (1954), su exploratorio ensayo Noticia de Miguel Hernández (1951), la primera biografía del oriolano Miguel Hernández, poeta (1955), y el auto sacramental sobre Judas Uno de vosotros (1957).

Descolla también como crítico teatral en El Alcázar, el Ya y el semanario Fotos. Y es nombrado Director de la Compañía de Actores y Jefe de Producción Dramática de Radio Nacional. Ahí cultiva el teatro invisible, y da voz en las ondas a la cantera del TEU. Hasta que un día le llaman desde el laboratorio de la tele. Hay que empezar a producir dramáticos y quieren que los dirija él. “Pero si yo no he visto una televisión ni por el forro”, protesta Guerrero. Ni tú ni nadie, le responden.

Así es como llega al plató de Paseo de la Habana; o sea, al garaje tuneado de un viejo chalé. Donde con una actriz, una cámara y dos focos emite en 1957 el célebre monólogo de O’Neill. Ha parido el teleteatro en España. Y antes de que termine la década dirigirá doscientos cincuenta dramáticos:

Otelo, Julio César, La vida es sueño; las Noches blancas, de Dostoievski; todas las obras cortas de Chejov; Recuerdo de dos lunes, de Arthur Miller… El año 59 televisa el primer Tenorio y la primera versión española de Doce hombres sin piedad. Pero el vídeo está por venir y no deja grabaciones.

Aunque en 1964 es él quien graba el primer dramático para TVE (El fantasma de Canterville), y el que estrena los estudios de Prado del Rey con la Fedra de Unamuno. Creando, al año siguiente, la supernova de los espacios dramáticos: Estudio 1. Criatura y espejo del desarrollismo.

La era catódica

Los años sesenta son la edad dorada de la televisión, el teleteatro su género estrella, y Guerrero Zamora está en todas las salsas. Con él debuta o pasa por su mando lo más granado de su generación; y el que no, se aprovecha de su experiencia.

Realiza Marianela, Peer Gynt, Diálogos de carmelitas, El Gran Teatro del Mundo, David Copperfield… Triunfa con la serie El Séneca, de Pemán; y con otra sobre la vida Andersen: El improvisador. También se elogia su versión de Ondina. Y su todavía accesible adaptación de La importancia de llamarse Ernesto.

Esa década o cadena de éxitos, Guerrrero Zamora es galardonado con el Premio Ondas de Dirección (1962), el Premio Nacional de Realización (1967), la Medalla de Oro del Festival de Milán (1969), el Quijote de Oro de la Crítica al Mejor Director (1969-70) y la Antena de Oro de Adaptaciones (1970).

Aunque la palma le había llegado ya en la temporada 1961-62, con el Premio Nacional de Teatro por los tres primeros tomos de su magna Historia del teatro contemporáneo: “Mi piedra en el enjuiciamiento colectivo”.

Una obra titánica y sin parangón, que asentó su prestigio internacional. Aumentada a un cuarto tomo en 1967, sus más de cuatro mil páginas ilustradas son pulso y nervio de su siglo. El trabajo le consagra en el Centro Español de Teatro de la Unesco, y como vicepresidente de la Asociación Internacional de la Crítica de París. Y por él es nombrado miembro correspondiente de la Academia de Artes y Ciencias de Puerto Rico.

En los años 70 realiza sus mejores dramáticos: El Castillo, de Kafka; La señorita Julia, de Strindberg; El chico de los Winslow, de Terence Rattigan; El malentendido, de Camus… Y sobre todo ese par de clásicos con los que rompe el molde en 1972: La posadera, de Goldoni; y su impactante Fuenteovejuna. Verlas es rendirse a dos vectores del magisterio guerreriano. A saber. Que domina la vanguardia porque respeta la ley de la continuidad. Y su justificada querencia por dar los protagonistas femeninos a la soberbia Nuria Torray.

Cimera también es El caballero de la mano en el pecho (1975), su adaptación de la vida del Greco a partir de textos de Szel, Kazantzakis, Marañón y Cossío. Hizo dos versiones: una en 1966 protagonizada por Miguel Palenzuela, y otra en 1975 con el estelar José María Rodero.

Pero en 1975 comienza el inexorable declive de los dramáticos. El drama, todavía lastrado, de la apuesta por un entretenimiento de menor calidad y voltaje cultural. “Plomo astutamente envuelto en oropel”, o la política de cómo hablar en necio para dar gusto. Guerrero Zamora padece este viraje de la Transición: “Cuando en 1979 realicé mi serie Un mito llamado…, el directivo de turno relegó su emisión a una hora impropia, alegando que era una serie intelectual”.

Carta de ajuste

A partir de aquí, y tras cierta polémica por el coste de su Celestina (1983), Guerrero se despide de la TV. Ha dirigido, en menos de treinta años, una media de seiscientas producciones. Vuelve ahora a los sonoros de clásicos españoles para Radio Nacional. Y en 1987 publica un mordiente monográfico sobre el deterioro de la pequeña pantalla titulado: “Teatro, televisión, cultura y otras manzanas (con o sin gusano) en la misma cesta”.

En 1985 reaparece en el Teatro Alcázar con la perturbadora Agresión, del neoyorquino Mastrosimone. Fue diez años después de su libérrima adaptación, para el Teatro Español, de La nueva fierecilla domada.

No volverá a dirigir. Pero en 1990 da a la imprenta Proceso a Miguel Hernández: el sumario 21.001. Un estudio que desvela con detalle el juicio al poeta, con la incorporación de documentos hasta entonces desconocidos. La edición es celebrada por su evidente contribución, y polemizada por los nuevos depuradores de la recepción hernandiana.

En Planeta publica, a renglón seguido, su cuarta y última novela: El libro mudo (1991). Una intriga histórica sobre los libros plúmbeos del Sacromonte granadino, que denota su condición de “tesonero bibliófilo” y experto en antigüedades. Sobre su gestación imparte una conferencia en la Universidad de Alicante. Por entonces ya está enfermo. Pero aún tiene la satisfacción de ver su tercer y último poemario, Almenara (1994), editado en la Colección Adonais.

El año 2002, Guerrero Zamora fallece en Madrid. “Fue el que trajo las gallinas”, recordó Pedro Amalio López. “Ya no queda gente así en el nuevo páramo televisual”, panegirizó Manuel Martín Ferrand. “Es una de nuestras personalidades peor estudiadas”, había dicho ya Ignacio Amestoy.

Juan Guerrero Zamora fue el primer promotor crítico de todas las vanguardias. Pero universal y radical por haberse enraizado en nuestro Siglo de Oro: un monumento creativo “absolutamente católico y plenamente nacional”. Su obra literaria fue reunida en 2006 por la Consejería de Cultura de Melilla. Y trescientos documentos de su archivo personal están hoy digitalizados en la Fundación Miguel Hernández. Convendría digitalizar el resto de su vasta obra crítica. Y aclarar si dejó material o indicaciones para la continuación de su Historia del teatro… Ya que en 1985 declaró su voluntad de publicar tres tomos más.

Dicen que la televisión irrumpió en nuestros hogares como la máquina más nueva con el lenguaje más antiguo: el arte dramático. Y que en España se la inventaron sin querer, en un garaje, un puñado de jóvenes falangistas con cabeza y mucha creatividad. O eso cuentan los que no se avergüenzan de haber triunfado en ella.

Hoy, en pleno trance digital, la dirección de RTVE apuesta por una innovación tecnológica que no pierda de vista la esencia de la comunicación, o: “Cómo seguir contando, por otros medios, las historias que ya se contaban los griegos de la Antigüedad, los árabes de Las mil y una noches, los italianos del Renacimiento o los españoles del Siglo de Oro”.

Cuenta para ello con programas como Imprescindibles. Esa serie documental de La 2 sobre los personajes más destacados de la cultura española del siglo XX. Personajes con historia. Como la del “borde genial” que fue Guerrero Zamora. El que trajo las gallinas.

Jorge Casesmeiro Roger

Licenciado en Pedagogía y en Periodismo

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