Un grupo de científicos españoles han descubierto una remota especie de este arácnido junto a una pluma de terópodo conservada en ámbar.
Nos hemos acostumbrado tanto a él que parecemos olvidar que el ámbar es, por su propia naturaleza, una máquina del tiempo. Una viscosa cápsula en cuyo interior el tic-tac universal se paraliza poco a poco hasta detenerse por completo, permitiendo a los observadores modernos contemplar especímenes que quedaron atrapados en la pegajosa resina eones atrás. Esto es algo que los científicos modernos tienen muy presente y por eso llevan estudiando piedras de ámbar desde finales del siglo XVIII. Al fin y al cabo, los fósiles del cretácico o del jurásico "no brotan de debajo de las piedras". Hay que cavar un poco más hondo...
Algunos, como Enrique Peñalver, investigador del Museo Geominero del Instituto Geológico y Minero de España (IGME), recurren con frecuencia a la ancestral resina para conocer más sobre el remoto pasado de nuestro planeta, topándose, de cuando en cuando, con lo inesperado: en algún momento hace 100 millones de años un dinosaurio terópodo (antecesores de las actuales aves), perdió una pluma, a la que una garrapata, Cornupalpatum burmanicum, se había agarrado a la espera de parasitar a su dueño, sin que la garrapata llegase a tener tiempo de alimentarse del dinosaurio. La suerte quiso que la resina fósil uniera ambas para la eternidad y que Peñalver pudiera ser testigo de su descubrimiento.
La investigación ha sido liderada por Enrique Peñalver (IGME) y Ricardo Pérez de la Fuente (Universidad de Oxford), y han participado Antonio Arillo (Universidad Complutense), Xavier Delclòs (UB-IRBio), David Peris (Universitat Jaume I) y tres investigadores norteamericanos, dos de ellos del Museo Americano de Historia Natural. Parte de la investigación se ha desarrollado gracias a un proyecto del actual Ministerio de Economía, Industria y Competitividad (CGL2014-52163). El equipo ha constatado, gracias a la primera evidencia directa hallada en el Registro fósil, que al menos dos especies de garrapatas de dos familias distintas parasitaban terópodos. Algunos de estos dinosaurios con plumas evolucionaron hacia el linaje de las aves modernas a finales del período Cretácico.

Parte de la relevancia del descubrimiento radica en la escasez de fósiles que muestran este tipo de relaciones, siendo aún más escasos los ejemplos directos en los que encontramos el parásito asociado a algún resto de su hospedador, aunque el ámbar o resina fósil es ideal para buscar estas evidencias tan escasas, como ha ocurrido en esta investigación, según explica Xavier Delclòs (UB-IRBio). Una vez analizados los fósiles, al hallazgo anterior se sumó la constatación de que cuatro ejemplares eran tan extraños en casi todas sus características anatómicas que no podían ser clasificados en ninguna de las tres familias conocidas de garrapatas. "Si devolviéramos uno de estos arácnidos a la vida y se lo presentáramos a un especialista en garrapatas se quedaría totalmente alucinado. No sabría lo qué es, porque no sé parece a nada conocido, explica a EL IMPARCIAL, el doctor Peñalver. "Solo quedaba ponerle un nombre, Deinocrotonidae o “garrapatas terribles” y describir un nuevo género y especie, esta última dedicada al conde Drácula por los hábitos hematófagos de la nueva familia, que no cuenta con representantes actuales.
El estudio ha determinado, según explica Enrique Peñalver, que una de las garrapatas se soltó voluntariamente del hospedador después de alimentarse de su sangre y quedar completamente hinchada, al aumentar más de 8 veces su volumen inicial, lo que conecta su forma de alimentarse con las actuales “garrapatas blandas” y no con las “garrapatas duras”. Esta garrapata hinchada y las otras tres estudiadas no están asociadas a restos de dinosaurios, si bien dos de ellas muestran pegados a sus cuerpos unos pelos muy peculiares que solo se encuentran en las larvas de unos escarabajos denominados escarabajos derméstidos, que suelen desarrollarse en nidos y en menor medida en otros ambientes donde abundan los restos de comida. Una explicación sencilla de la presencia de estos restos de escarabajos en las garrapatas es que ambos organismos se encontraran dentro del nido de un dinosaurio.
Para David Grimaldi, del Museo Americano de Historia Natural en Nueva York, hace 100 millones de años los nidos y sus alrededores eran un ecosistema en sí mismos, en donde se podrían encontrar distintos tipos de parásitos hematófagos y otros organismos que aprovecharían los restos de comida. Según Grimaldi, el hecho de que las garrapatas estuviesen en los nidos de los dinosaurios sin duda favoreció que quedaran atrapadas en resina, en ocasiones junto a restos de plumas como en uno de los fósiles estudiados ¿Fueron las garrapatas el origen de algunas enfermedades que padecieron los dinosaurios?
Los avances tecnológicos han sido clave en el hallazgo. Gracias a las nuevas técnicas como la tomografía, los científicos han podido recrear en 3 dimensiones los fósiles. "En otros fósiles incluso hemos llegado a usar el sincotrón, que es un acelerador de párticulas", indica Peñalver.
Dinosaurios como huéspedes
Pero la investigación no se cierra ahí. Ahora queda por demostrar la transmisión de patógenos, ya que hasta la fecha en estos fósiles de garrapatas y en otros no se han encontrado evidencias claras sobre la posible transmisión de enfermedades a los dinosaurios. Las garrapatas actuales, y las de los tiempos de estos grandes reptiles, son ectoparásitos que buscan a los vertebrados entre las plantas o acuden a sus nidos o madrigueras y ocasionan no solo el debilitamiento debido a la extracción de sangre del hospedador, sino la transmisión de terribles enfermedades, algunas letales, que actualmente afectan a los humanos y a su ganado, además de a la fauna salvaje. En ese sentido, los resultados obtenidos hasta el momento son tan poco concluyentes como la búsqueda de ADN conservado en ámbar que, sin embargo, inspiró la película Parque Jurásico. Dinosaurios emplumados de hace 100 millones de años.
"El ADN es una molécula demasiado compleja e inestable para aguantar 100 millones de años", comenta Peñalver. Y añade: "Se han hecho experimentos de degradación de ADN, y parece inconcebible que se haya conservado por encima del millón de años.
La investigación no ha podido determinar con certeza el tipo de dinosaurio con plumas que estaba parasitando la garrapata, aunque queda claro que no se trataba de aves modernas ya que hace 100 millones de años no existían, algo que se conoce por los fósiles y por los datos genéticos o moleculares. Las aves modernas se desarrollaron por evolución de los terópodos muchos millones de años después. Según Ricardo Pérez de la Fuente, de la Universidad de Oxford, las plumas fósiles son muy escasas, pero se han encontrado en todos los depósitos importantes de ámbar alrededor del mundo.
“El Registro fósil nos dice que este tipo de pluma encontrada en conexión con la garrapata ya estaba presente en una amplia gama de dinosaurios terópodos, un grupo que incluía desde formas terrestres sin capacidad de vuelo hasta dinosaurios parecidos a pájaros y capaces de volar”, explica. Tal como recuerdan los autores, las aves son el único linaje descendiente de los dinosaurios terópodos que sobrevivió a la extinción en masa de finales del Cretácico, y esta indeseable relación con las garrapatas continuó hasta nuestros días.