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POR LIBRE

Pongamos que hablo de Madrid

Joaquín Vila
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directorelimparciales/8/8/20
domingo 24 de diciembre de 2017, 18:01h
Actualizado el: 25/12/2017 00:19h

Hubo un tiempo a principios de los setenta que Barcelona era el epicentro de la cultura española, de las vanguardias literarias y artísticas, de una cierta apertura política, del antifranquismo. Se decía entonces que Cataluña era la región más europea de nuestra nación, la más moderna, la más liberal y abierta. La famosa “gauche divine” agrupaba a novelistas, poetas, pintores, editores, compositores o arquitectos como Terenci Moix, Jaime Gil de Biedma, Rosa Regás, Ricardo Bofill, Oriol Bohigas, Joan Manuel Serrat, Jorge Herralde, Román Gubern, Oriol Maspons, hasta Vázquez-Montalbán, aunque lo disimulara, o la propia Beatriz de Moura. Fue precisamente en la presentación de la editorial Tusquets donde a Joan de Sagarra se le ocurrió el nombre.

Desde Madrid se les veía con cierta envidia. Al margen de sus mayores o menores talentos profesionales, los integrantes de la generación de marras, en realidad, eran unos cachondos, unos vividores acomodados que se reunían en Boccaccio para hacer su blanda y cómoda revolución. Hacían como que conspiraban criticando al régimen. Y se iban a dormir cuando salía el sol con el hígado saturado de whisky de malta o de ginebra inglesa.

Pero al margen de la simpática “gauche divine”, en Barcelona se respiraba más libertad que en cualquier otro rincón de España. Vargas Llosa, García Márquez y otros intelectuales, entonces de izquierdas, vivieron en la capital catalana aquellos años, se abrían galerías en todas las esquinas para exhibir obras de los mejores artistas del momento, las editoriales acaparaban a los grandes escritores en español, la música llenaba el Liceo. Barcelona era una fiesta de libertad comparada con Madrid.

En aquellos años, la mayoría de la gente hablaba en catalán sin problemas, aunque en presencia de los madrileños tenían la educación de emplear el español. Es verdad que el franquismo agonizaba en España, pero cuando uno paseaba por Las Ramblas, parecía que la dictadura ya había muerto.

Paradójicamente, el auge cultural y liberal de Cataluña comenzó a diluirse al llegar la democracia, tomando Madrid el testigo con la llamada “movida” que, también al principio no era más que otro grupo formado por juerguistas trasnochadores que trasegaban copas sin parar mientras Joaquín Sabina, Radio Futura o Nacha Pop cantaban en Rock-Ola, a la sombra de las torres blancas, que siempre fueron grises. Pero desde ese garito, la cultura y la libertad se extendieron por toda la ciudad, tomando el relevo a Barcelona. Hasta hoy.

Porque la tan celebrada llegada de la democracia emergió en Madrid sin traumas, ni lastres; mientras que en Cataluña, la tan añorada libertad se mimetizó enseguida con el nacionalismo, como si fuera lo mismo, cuando era y es lo contrario. Ahora, en Madrid cualquiera puede proclamar en plena calle ser de derechas, de izquierdas, independentista o hasta del Barça sin miedo. Pero en Barcelona, si no eres separatista y culé te pueden llamar fascista. Y en ciertos barrios, hablar español puede ser una temeridad.

Desde los distintos gobiernos de la Generalidad se ha impuesto la dictadura del miedo catalanista instigada a través de las escuelas y de la mayoría de los medios de comunicación. Una dictadura que, mirando atrás, resulta casi más asfixiante y peligrosa que la franquista. Con una foto de Pujol, Anson, cuando era el director, tituló en una antológica portada de ABC:”Como con Franco, pero al revés”. Un vaticinio que se ha cumplido al pie de la letra.

Porque en el siglo XXI, los nacionalismos suponen la gran amenaza para la paz y la libertad. Como se ha comprobado en Bélgica, Puigdemont solo ha sido arropado por los fascistas de Flandes. En Francia pulula Le Pen, en Alemania, los neonazis; en Austria gobierna la extrema derecha más racista, y en Italia, Holanda y hasta en los países nórdicos apesta a xenofobia.

Tampoco hay que olvidar que el terrorismo, además de asesino, siempre ha sido esencialmente racista, tanto el de ETA como el de Al Quaeda. Los terroristas yihadistas están dispuestos a inmolarse ante los “infieles” con el sueño de alcanzar el cielo. Los nacionalistas catalanes votan a unos partidos a sabiendas de que les van a llevar a la ruina, que van a recortar su libertad, que van a destrozar su cultura y que van a llenar de miseria a sus hijos y a las futuras generaciones. Ya lo saben, pero les da igual. El fanatismo nacionalista ha echado raíces que va a costar arrancar.

Los políticos tienen una ardua tarea. Y no pueden zafarse, porque la crisis catalana salpica a España. Se ha convertido en un cáncer que va a costar extirpar. Los grandes partidos tienen que unirse para hacer frente a la mayor tragedia que ha azotado a la democracia. Pero los españoles de a pie, me atrevo a decir que hasta los periodistas, tenemos que empezar a superar el trauma, el dolor, y mirar al horizonte, pues poco más podemos hacer. Hay que intentar olvidarse de la obsesión catalana que nos agobia, de las reiteradas memeces de Puigdemont, de las blasfemias de Rufián, de los disparos de las esteladas.

Pongamos que hablo de Madrid. Hay que pasear por El Retiro entre castaños de indias, aunque ahora tiriten desnudos, comer unos caracoles en el Rastro o unos calamares en la Plaza Mayor cuando desmonten el belén, charlar con los amigos de cualquier cosa que no sea la política, asistir a los conciertos de jazz por el barrio de los Austria o los melómanos, al Teatro Real, el templo de la ópera en España; y el que quiera estremecerse con el infierno que llevó el nacionalismo a Alemania solo tiene que contemplar la exposición dedicada al campo de concentración de Auschwitz en el Centro de Arte Canal. Los nazis se proclamaban nacional- socialistas. Pero eran nacionalistas, no socialistas.

Joaquín Vila

Director de EL IMPARCIAL

JOAQUÍN VILA es director de EL IMPARCIAL

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