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AL PASO

Josep Pla, como pretexto

Juan José Solozábal
martes 09 de enero de 2018, 20:11h

1- Convendría que la decisión sobre lo urgente no nos apartase de la reflexión sobre lo importante. Lo urgente puede ser la salida de la endiablada situación actual catalana; lo importante es echar luz sobre el problema nacional español. No se trata obviamente de un problema teórico: ver qué se puede hacer con el pluralismo territorial; sino de acertar con la cuestión clave de nuestra democracia. García de Enterría lo entendió muy bien en su momento al escribir que el sistema constitucional “se la jugaba” con la suerte del Estado autonómico. Francisco Rubio creía que, más allá de la distribución competencial o las decisiones sobre la organización institucional, el arreglo constitucional, lo que Pedro Cruz llamaría la constitución autonómica, tenía una base principal, a saber, un acuerdo entre los nacionalismos identitarios moderados y el nacionalismo español. Tal pacto, pensaba mi maestro, implícito en el momento constituyente, habría de ser renovado de manera explícita, confiriendo en esa reforma constitucional una parte de la iniciativa a las Comunidades Autónomas, quizás a través de la intervención de unas conferencias ad hoc o simultaneándose la puesta en marcha del proceso de reforma por las diversas Autonomías.

Pero ahora no me interesa entrar en detalles acerca de lo que habría que hacer en la renovación del pacto constitucional territorial, sino llamar la atención sobre su necesidad y sobre lo que debe constituir su médula, esto es, la idea de España como una comunidad plural, superior, integrada por elementos singularizados por sus características culturales, históricas o espirituales.

Se trata de reforzar el pluralismo que nuestro sistema constitucional hace posible. En la idea correcta del Estado autonómico cabe el nacionalismo no soberanista y no cabe el nacionalismo independentista, mientras no se reforme el sistema institucional. También son posibles compatibilidades nacionalistas formuladas en términos razonables, de modo que el vínculo nacional general, siempre que no se entienda en sentido exclusivista, es compatible con los vínculos nacionales territoriales, entendidos a su vez de manera no excluyente. Naturalmente no estoy situando fuera del sistema a las fuerzas independentistas, sino, solo, señalando que estas no se adecuan espiritual o ideológicamente al modelo, aunque respetando las reglas constitucionales pueden defender sus ideas e, incluso, a mi juicio, conseguir sus objetivos.

Si lo que antecede es correcto, es decir, que el modelo territorial, bien mirado, consiste antes en principios que en reglas, en símbolos más que en competencias, de ahí se sigue que el esfuerzo en la revisión constitucional ha de hacerse en el plano de la integración más que en el de la articulación. Y sucede que operar en el plano del reconocimiento es más difícil que hacerlo en el nivel de la organización: así la autonomía no es solo un espacio propio del que se dispone, esto es capacidades o competencias que se tienen, sino una cualidad que se aprecia y respeta, con valor para todos. De este modo, por ejemplo, cuando la Constitución reconoce y ampara la foralidad, en su disposición adicional primera, no solo establece la compatibilidad con la Norma Fundamental de una institución de autogobierno con legitimidad o arraigo histórico, sino que la dota del valor constitucional, confiriéndole un rango y unos instrumentos de protección generales de los que antes carecía.

Proponer que en la reforma constitucional se refuerce el reconocimiento del pluralismo, yendo más allá de lo que podría ser una opción equivocada, esto es, abrir la puerta a que los contornos de la autonomía se fijasen en los estatutos de autonomía, no es acentuar los rasgos centrífugos del sistema, sino al contrario, legitimar una amortiguación de los mismos, al aumentar la integración del conjunto asumiendo el significado común de los intereses de las partes, relevantes verdaderamente para todos. La seguridad constitucional de la garantía de la especificidad, puede hacer consentir con mayor facilidad, por ejemplo, el refuerzo de los instrumentos de dirección del Estado a través de competencias económicas del Gobierno de la Nación, de los que no hay porqué temer un designio asimilador o exorbitante que la protección constitucional del pluralismo hace imposible o inoperante, pues tales excesos serían imposibles por claramente inconstitucionales, u objetables mediante los correspondientes medios de impugnación si llegasen a producirse.

No es fácil en los tiempos que corren defender que la reforma constitucional debe moverse en el plano principal, lo que Levinson llamaba la constitución de la conversación, respecto de la cual habrá que solicitar la participación de los elementos significativos del arreglo constitucional, esto es, de los nacionalistas, para fijar los contornos razonables del pluralismo, o, si se quiere decir así, su perímetro correcto. No es fácil, en tiempos arduos, hablar de reformas ni, una vez que pueda aceptarse su procedencia, consentir que estas vayan más allá del nivel institucional o competencial, de lo que el autor mencionado llama frame u organización del Estado.

2- Vivimos momentos en los que casi nunca se evita la brocha gorda cuando se habla de nacionalismo. Es muy fácil, en las circunstancias actuales incurrir en la descalificación o el exabrupto, subrayando abusivamente el etnicismo final del nacionalismo territorial, su insolidaridad, su propensión a la intolerancia o su falta de respeto por las normas procedimentales cuando no le convienen, respondiendo a la simplificación o el dislate nacionalistas, que puede venir desde donde menos se espera, como cuando uno descubre la autorreferencialidad obsesiva de algún catalanismo. Estoy hablando de Josep Pla y su dietario recién aparecido Hacerse todas las ilusiones posibles, que seguramente es la publicación más desinhibida del gran escritor ampurdanés. Lo que este libro demuestra es la condición nacionalista de Pla, asumiendo no tanto que la plenitud nacional es la condición de la felicidad personal de los ciudadanos, que según Kedourie es la tesis fundamental del nacionalismo, como que el incumplimiento de tal plenitud es la causa de su desgracia, atribuible al dominio extranjero. La incorporación de Cataluña en España no ha sido posible y ha dejado al catalán sin patria, “haciéndole un hombre enfermizo, sombrío, desconfiado, tortuoso, escurridizo, nervioso, displicente, solitario, triste”. Pla concluye en un tono que no podría igualar Sabino Arana, “Se puede conquistar con un arrebato. Colonizar implica inteligencia, España”.

No he podido evitar, leyendo el libro del que hablo, pensar en la preocupación de la generación vasquista de los sesenta del siglo pasado de la que he hablado tantas veces, por el País o la situación general vasca. Pero, si se puede hablar de la radicalidad de la introspección en ambos casos, no cabe reconocer en el colectivo vasco el grado de frustración y la falta de empatía con la sociedad española que se encuentra en el caso de Pla. Azaola hablaba de Hispanoamérica para referirse a los pueblos colonizados por España en ultramar y asumía que la independencia del País Vasco supondría una gran desgracia. Arteche, en un pasaje del Abrazo de los muertos, se siente conmovido ante la desnudez del paisaje turolense. Michelena jamás fue independentista; y la obra antropológica de Caro consistió muchas veces en estudios sobre la historia general de España.

Veo que he hecho un excursus, posiblemente injusto, por otra parte, con el libro de Pla- véanse sus apuntes agudísimos sobre la capacidad narrativa de Berceo o sobre la fuerza descriptiva de Quevedo, eso sin hablar de su vena humorística o su talento como escritor moral-. Lo que quise decir es que el problema territorial es una muestra más de la actualidad del nacionalismo también en España. Como se señala en un interesante ensayo recientemente publicado en The Economist, en su Christmas double issue, “Se mire donde se mire el nacionalismo está en auge”. De la consistencia ideológica de este movimiento general, podemos tratar en otro momento.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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