El 8 de marzo, el mundo celebró el Día Internacional de la Mujer con escenas difíciles de olvidar. El presidente de los Estados Unidos apareció en una Rueda de Prensa para hablar de muros y tras él, tres o cuatro jovencitas rubias agitaban pancartas donde se leía:”Trump, con las mujeres”. Por la tarde, Pablo Iglesias, combinando los morados de Podemos con los violetas del día, se unió con entusiasmo a la multitudinaria manifestación que inundó Madrid. Poco después, Mariano Rajoy aparecía rodeado de ministros del Gobierno con un lazo violeta en la solapa. Son solo tres ejemplos de tres reconocidos feministas que no quisieron dejar de conmemorar día tan señalado.
El inteligente Hariri, cuenta en “Sapiens”, al describir el origen de la cultura y las costumbres de la Humanidad, que una realidad imaginada es algo en lo que todos creen en un momento determinado, una especie de conversión colectiva. Un ejemplo: en 1789, la población francesa pasó, casi de la noche a la mañana, de creer en el mito del derecho divino de los reyes a creer en el mito de la soberanía popular.
En España, tenemos un buen ejemplo. En 1974, Franco llenaba la Plaza de Oriente para ser ovacionado por una multitud viniera o no a cuento. Tres años después, la mayoría de los que vitoreaban al dictador votaba a UCD o al PSOE, muchos incluso ejercían como dirigentes. De pronto, todos eran demócratas.
Ahora, desde el día 8, en España la realidad imaginada se llama feminismo. De la noche a la mañana, como en la revolución francesa, todos se declaran feministas confesos. Quien no asistió a alguna de las cientos de manifestaciones multitudinarias, o, al menos, quien no defienda con ardor los principios del movimiento de moda es calificado, no ya de machista, sino de fascista, energúmeno y mentecato. Aquí, el más tonto ya hace relojes feministas. Y el más listo, se pone un lazo violeta en la solapa.
Son las cosas de la tribu. Hay que ponerse una etiqueta o un lacito para ser aceptado. Pero la libertad suele estar fuera de la tribu. Se pueden criticar las patochadas feministas radicales y defender la igualdad de derechos de la mujer y denunciar el siniestro acoso sexual que sufren muchas de ellas. También se puede reconocer el éxito de las manifestaciones del día 8 que, sin duda, han calado en la opinión pública.
Cualquier hombre civilizado, la gran mayoría de los españoles, defiende la igualdad de derechos, la igualdad de salarios por el mismo trabajo, el reparto de las tareas domésticas y repudia la violencia machista, entre otras muchas reivindicaciones del 8-O. Pero no es necesario proclamarse feminista ni colocarse un lacito violeta en la solapa. Las etiquetas sirven para los tarros de mermelada y para marcar el ganado.